Carl Gustav Jung
PRÓXIMOS al año 2.005, surge de modo natural la necesidad de realizar un balance. Balance de un siglo XX, que ha promovido la casi total humanización del planeta y generado el enorme desarrollo de las técnicas científicas, con su doble faz luminosa y oscura.
A pesar de las tensiones económicas, sociales y culturales que sufrimos hoy es difícil no admirarse de los logros alcanzados durante este siglo en las diferentes dimensiones del hombre. Las ciencias, forma de conocimiento dominante durante el periodo, ofrecen actualmente imágenes del cosmos y sus fenómenos que ahondan aún más el misterio. Las artes se han difundido en la vida cotidiana. La ilustrada visión optimista de la especie humana y sus capacidades, aun obligada a levantar acta de la evidencia de su crueldad, ha roto con prejuicios morales e ideológicos de centurias. La democracia política se extiende por el mundo y, al menos en el orden jurídico los derechos humanos son reconocidos internacionalmente. La información y consciencia de los individuos son mayores que en el inicio del siglo, con posibilidades de crecimiento personal y social inimaginables entonces.
Junto a esta realidad se levanta como contrapartida la injusticia, la crueldad y la creación de miseria, aumentadas y generalizadas respecto al pasado dada la interdependencia planetaria o conocidas con mayor facilidad gracias a los medios actuales de comunicación de masas. La desmesura del hombre en este siglo se ha concretado en dos guerras mundiales durante su primera mitad y múltiples guerras parciales, con efectos destructivos semejantes, si no mayores, a lo largo de la segunda. Estamos comprobando que el crecimiento económico de las últimas décadas pone en peligro la vida general del planeta, degradándose por ello la vida cotidiana de la mayoría de la población, que se siente desorientada y temerosa. El individuo, glorificado en la ideología del individualismo económico, por lo general es tratado como un dato estadístico, haciendo de él un ser atomizado y receloso. Las sociedades se tambalean, sin más ley que la jurisprudencia. En esta situación de inseguridad no es extraño que las necesidades psicológicas se incrementen.
Hablar de cordura y locura se hace difícil en tales sociedades movidas por el temor. Aumentan las muertes gratuitas y las vidas sin sentido, en condiciones de existencia que se tornan insalubres con demasiada frecuencia. Los objetivos públicos, tan faraónicos como endebles, componen un escenario cotidiano donde la desmesura no es metáfora sino realidad. El torbellino que afecta a los valores morales constituidos, el pesimismo filosófico de nuestros días y la ceguera tecnológica no parece que puedan ayudarnos a encontrar la serenidad y claridad necesarias para tomar decisiones responsables. Es complicado en tales circunstancias captar el sentido de nuestra vida personal, transformada en una multiplicidad banal víctima de las modas.
Como en otros muchos momentos históricos, preguntarse hoy por el sentido no es un mero ejercicio retórico, sino una necesidad. El sentido es aquello que da direccionalidad e intensidad a nuestra existencia personal. Si perdemos de vista el significado y las consecuencias de nuestros actos, la desesperación y la ansiedad, la resignación y el abandono pueden apresarnos hasta convertirnos en personajes de dramas que no nos corresponden.