Apuntes sobre el mito y la tradición oral
Autor: Marc de Civrieux
La sociedad mitológica
El mito es la tradición oral de las sociedades ágrafas naturales o preurbanas de la antigüedad y de las muchas regiones todavía alejadas de las ciudades actuales. Se cuenta y se repite incansablemente cada vez que los miembros de una misma tribu se reúnen para el rito.
Estas sociedades, que aquí llamaremos naturales, tienen con la ecología del ambiente que los rodea contactos numerosos y mucho más estrechos que las sociedades urbanas de diversas épocas y, en particular, las de nuestra sociedad urbana industrial. Como se ha dicho -y vale recalcarlo- las sociedades naturales típicas son ágrafas, no utilizan la escritura para comunicarse entre sí, sino tan sólo para pintar pictografías de símbolos en las piedras de su ambiente ecológico. Por ser ágrafo, el mito debe repetirse oralmente con frecuencia durante la vida diaria de cada quien, bien sea informalmente o durante las fiestas colectivas especiales, llamadas ritos.
El mito constituye la raíz cultural natural -es decir, de toda cultura autóctona-, desde la época arcaica hasta la época actual, ya que sobrevive en las habitaciones humanas no urbanas de la actualidad y nada ha cambiado en su mensaje universal ni en sus episodios anecdóticos, desde el tiempo de los babilonios o de los egipcios. Sus héroes son los mismos arquetipos de cuerpo puramente mental, según se entiende de la obra del gran psicólogo moderno Carl Gustav Jung, la del filósofo contemporáneo Alan Watts o la del escritor Hermann Hesse, cuya infancia fue mágica. Estos entre muchos otros poetas y filósofos de nuestros tiempos.
El mito no usa conceptos para expresarse, sino que relata escenas concretamente vividas y sus personajes son arquetipos que nunca mueren ni envejecen. Comunica enseñanza fuera de los conceptos filosóficos de origen urbano, basadas en hechos objetivos sin juicios de valor. Esos son los símbolos.
Como se ha dicho, el mito ha sido desde la más remota antigüedad del hombre hasta el inicio de la era urbana y, recientemente, de nuestra era industrial, la única guía de la conducta colectiva de las sociedades naturales. En consecuencia, el mito es ancestro directo de lo que serían luego escuelas filosóficas dialécticas. Estas establecen su comunicación social a través de una escritura aprisionada en libros, cerrados y costosos, cuya lectura es el privilegio de minorías cultas, económicamente pudientes.
Las sociedades racionalistas urbanas e industriales progresaron como manchas cancerosas de contaminación ambiental y como enemigas del uso de la intuición simbólica de los mitos. Son intolerantes respecto al ambiente ecológico natural, quieren superar y suprimir a la naturaleza y a los hombres que viven en su seno. Estas quieren remplazar los mitos por teorías y mejorar lo natural con las producciones culturales de la hegemonía del cerebro sobre el corazón.
En nuestra época, las sociedades llamadas razonables se han desarrollado y predomina su gran poder material sobre las sociedades humildes que viven imitando, en muchos casos, la vida de los animales y de las plantas. El desarrollo racionalista de las nuevas formas de la filosofía gana terreno cada día y es intolerante con respecto al modo de vida y a las producciones literarias de las sociedades ágrafas. Nos referimos a la literatura y al mito. Las pretensiones hegemónicas de la nueva forma de la razón persiguen desterrar la sin-razón de los seres que insisten en pensar con símbolos, en lugar de conceptos. Como se puede entender de lo ya dicho, este grupo incluye a los artistas modernos, quienes se marginan y conforman grupos marginales retomando el pensamiento en símbolos.

La imposición o destrucción de una cultura por otra tiene su ejemplo más patente en la Conquista. Los conquistadores y los misioneros de la protoconquista estaban convencidos de su derecho al exterminio y a la esclavitud de los seres "irracionales" que, a su juicio, eran los indígenas precolombinos. Los misioneros creían ingenuamente que podían quitar a los autóctonos su libertad con la excusa de que iban a dar enseñanza religiosa, digna según su cultura. El mito cumplía las mismas funciones sociales, espirituales e incluso religiosas que las filosofías y la religión de los conquistadores, aun cuando utilizaban un lenguaje muy distinto. Los españoles conquistadores fueron incapaces de admitir esta verdad. Su intolerancia no tenía límite, así como tampoco su sed de poder temporal y espiritual.
El mito fue y es fuente principal de sabiduría arcaica o salvaje. Sin embargo, ha ido perdiendo la raíz de su mensaje, convirtiéndose en leyendas dedicadas a los niños. Esquema que continúa fundándose en el concepto racionalista del mito que lo desvirtúa y margina.
Mito y rito
Ni la lengua común ni la tradición mítica común bastan de por sí para cimentar una unidad cultural, espiritual y política entre las sociedades naturales o preurbanas. Para actualizar o lograr dicha unión es necesaria la conjunción de una trinidad de factores, no de una dualidad. La trilogía sagrada, base de toda sociedad preurbana, es la siguiente: lengua, mitología y ritual. Esta sociedad activa, unitaria, comprende un determinado número de casas comunales o aldeas vecinas aliadas, consanguíneas, las cuales constituyen la verdadera tribu.
Los antropólogos modernos, basándose en la unidad lingüística, consideran generalmente como una misma tribu a todos los individuos que hablan el mismo lenguaje. Sin embargo, el concepto moderno de tribu fundado en dicho criterio es puramente convencional. Cada casa comunal representa un verdadero estado. Cada grupo lingüístico consta de diversas casas comunales o grupos locales, a veces numerosos. Por su proximidad recíproca, algunas de ellas tienen nexos mutuos matrimoniales y de consanguinidad inmediata, por eso constituyen una unidad concreta, una alianza. El rito es el modo de transmisión del mito: solemne, colectivo, en lengua profana y sagrada, en cantos o "mitos cantados".
Para sellar la alianza que constituye una tribu y que se establece no sólo con la lengua sino también con la tradición mítica común, es indispensable compartir la vida ritual y celebrar en ciertas fechas, por ejemplo, la celebración de los ritos familiares relacionados con los matrimonios, la iniciación de los hijos de la alianza entre las casas que conforman la tribu y los ritos dedicados a los dioses comunes de las casas aliadas.
Los dioses de la tribu, o sea de la alianza entre varias casas-estados unidos entre sí por una sangre común, no son los héroes de la mitología. La mitología común es, como lo hemos visto, el patrimonio común de una unidad lingüística, llamada así según el concepto de la moderna etnología.
Los héroes míticos son arquetipos que, por su actuación en el mundo natural donde surgieron, al principio de los tiempos, deben servir de modelo a la acción de todos los hombres, pero sus enseñanzas no tienen por qué ser respetadas por los enemigos de la alianza que pueden estar incluidos en el mismo grupo lingüístico.
Los dioses de cada alianza son su propiedad exclusiva, antepasados directos, difuntos, debidamente recordados en los rituales de cada grupo local. Son los abuelos, los ancestros de la casa multifamiliar y de sus vecinos pertenecientes a la alianza. Los ancestros comunes dejaron en la tierra sus espíritus inmortales que siguen residiendo en los mismos sitios donde vivieron. Después de muertos siguen protegiendo la tribu y enseñando su sabiduría a los miembros supervivientes de la familia en cada casa.
Estos ancestros se honran y se consultan durante las ceremonias rituales que se celebran en cada casa-estado. Participan vecinos de las casas aliadas, portadores de la misma sangre, en cuyas venas sobrevive la sangre de los espíritus protectores del grupo. La celebración de los rituales es un llamado a los miembros dispersos, vivos y muertos, de la comunidad familiar. Tanto la parte viviente y la parte difunta de la familia, estado o tribu espiritual, se reúnen y celebran alegremente, con bailes simbólicos, cantos recordatorios, alegría y libertad inducidos por el consumo ritual de licores y de tabaco.
(…)Durante dichos rituales, los ancianos vivos son el escalón entre la sabiduría de los abuelos difuntos y los jóvenes que participan en el rito. La fiesta se lleva a cabo de una manera muy alegre, exenta de cohibiciones morales convencionales, es la iniciación formal de los jóvenes en la tradición mítica.
Infancia e iniciación
Durante su feliz infancia, los seres humanos de las sociedades naturales gozan de entera libertad. Los niños no están sometidos a ningún deber ni obligación y se dedican únicamente al juego y a la imitación ingenua, espontánea de los adultos hasta el día de su iniciación colectiva y ritual en la ley de la tribu. Su admisión es colectiva, jamás individual, aunque es diferente para hombres y mujeres. Este ambiente de libertad y alegría, al mismo tiempo, significa el fin de la libertad de la infancia, se inician cuando oyen los mitos, los cantos, la historia heroica.
En la fiesta iniciática de la pubertad, cada individuo se vuelve perfectamente consciente de sus obligaciones sociales. Las obligaciones en el día de la iniciación ritual se ejemplarizan mediante la recitación de los mitos y el acompañamiento musical y festivo. Los adolescentes aprenden con gran detalle y prestan gran atención a las historias de los héroes míticos, que en adelante guiarán en el "deber hacer" de cada una de las circunstancias cotidianas. Los arquetipos heroicos serán sus únicos maestros y sus únicos jueces.
El ritual, libre de dogmas y de autoridades, permite a cada miembro del grupo olvidarse de las convenciones de la vida comunitaria diaria para penetrar en la fantasía e improvisación de la naturaleza irracional o la razón de la naturaleza.
Los cultos y rituales funerarios poseen una importancia religiosa fundamental. Los ancestros difuntos de linajes comunes son los primeros invitados a las fiestas de recitación cantada del mito o historia mítica de guerras y alianzas. En éstas participan los miembros unidos por la sangre común, por el parentesco voluntario de los intermatrimonios y por la defensa común contra los enemigos. Las fiestas ayudan a recordar las guerras del pasado y sus causas, y las crónicas forman parte de la tradición mítica de los aliados.
La iniciación del joven equivale a lo que nosotros llamamos la Edad de la Razón. Los deficientes mentales en el grupo son considerados niños hasta el día de su muerte y son tratados con comprensión y cariño. En ciertos casos sus percepciones o consejos son escuchados y obedecidos porque tales "niños" eternos permanecen en contacto con el inconsciente colectivo. No es imposible que algunos de ellos puedan convertirse incluso en shamanes, viviendo en alguna casa aislada, donde los de la tribu acuden, les llevan de comer y beber. Todos acuden allí para oír las señales, los oráculos o beneficiarse de las curaciones mágicas del poderoso inocente.
El cacique
El dueño de los ritos es el cacique, jefe de cada grupo local. El no tiene nada que enseñar personalmente a nadie. Se limita a ser. El gobierno de la casa señala con actos mudos, ejemplares, las acciones comunitarias que deben ser cumplidas de acuerdo con la ley. Se trata de señales, sugerencias, invitaciones a sus compañeros para que ellos lo acompañen a realizar las labores necesarias para la vida común.
Pongamos un ejemplo recurrente en una tribu: un visitante urbano, llegado por primera vez a una casa comunitaria, que es a la vez una iglesia o templo natural, tiende a buscar el respaldo de la autoridad y la ayuda del venerable cacique para pedirle su intervención. Quiere que dé las órdenes en su favor para lograr ayuda y conseguir sus propios objetivos personales. Pretende obligar al jefe cacique, o sacerdote, para que le ayude a obtener servicios de un tal individuo súbdito. El cacique siempre se niega cortésmente a tales pretensiones y jamás desempeña ese papel, ya que no congenia con su dignidad jerárquica. Así que tranquilamente contesta: Si quiere algo de fulano, pídaselo a él, a ver si quiere hacerlo. El es libre de decidir.
Esta negativa refleja una organización social donde el cumplimiento de la ley tribal escapa a la responsabilidad del jefe. El papel del cacique no consiste en dar órdenes ni en obligar a nadie a cumplir algo que no quiere hacer. No es un policía, tan sólo vela por la buena marcha de la vida comunitaria, el armonioso cumplimiento de la ley del mito, que no es convención humana. Juzga, supervisa, enseña con sólo el ejemplo concreto de la acción, no de la teoría moral.
No obstante, si bien no da órdenes a nadie, transmite las señales de las acciones tradicionales cuando canta el mito. Nunca obligará a un flojo a participar de una faena que encabeza él mismo, ni lo obligará a acompañarlo para participar en las cayapas comunitarias. Por ejemplo, cuando llega el momento de cortar árboles, sea para sembrar el nuevo conuco, para iniciar la construcción de una nueva casa, para tejer nuevas cestas o construir curiaras, para ir a pescar o a navegar, cuando llegan dichos momentos de acción, el cacique se levanta y sin comentarios de repente declara: voy a iniciar tal tarea.
Empieza enseguida a caminar pausadamente y despreocupadamente, sin comentarios, hacia su objetivo. El semblante es importante. Los que quieren lo siguen, por lo general también silenciosamente. Todo se ejecuta de manera espontánea. Quien no sigue al cacique al verlo iniciar su tarea comunitaria, a menos que tenga algún motivo válido de enfermedad o ancianidad, se vería expulsado de la casa y convertido bruscamente en Kanaimá.
Los kanaimá y los cocina
Todas las tribus indígenas de Venezuela tienen kanaimá aun cuando este vocablo pertenezca específicamente a la lengua pemón de la Gran Sabana. Se ha escrito mucho sobre los misteriosos kanaimá, sin entender su verdadera naturaleza. No son hombres ni tampoco bestias salvajes ni espíritus de otros mundos, ni tampoco demonios, sino que son un peligro para el hombre social.
Expulsado de la casa o templo del hombre, el kanaimá se esconde en las profundidades de la selva y tiene contacto amistoso con los hombres que, como él, no han aceptado la ley mítica de los grupos donde nacieron. La expulsión es irremediable, jamás será recogido por ninguna otra casa. Y su condición de estar fuera de la ley se evidencia por la pérdida de su condición humana, ya que no le queda más remedio que vivir entre animales o tratar de encontrar otros kanaimá solitarios de otras comunidades. Llenos de odio y rencor hacia los hombres, los kanaimá se convierten en jaguares tanto por su estado anímico como por su aspecto físico.
Los guajiros utilizan en su propia lengua otra palabra para referirse en sus mitos históricos a los kanaimá. Los llaman cocina. Desde la época de la protoconquista, hasta la de los antropólogos modernos, se ha creído que los cocina son una tribu afín, pero distinta de los guajiros. Se caracterizan por vivir en los sitios retirados, poco accesibles y evitan todo contacto pacífico con los hombres. Los guajiros, al hablar de los cocina, destacan tan sólo su carácter salvaje y puramente animal, su marginal peligrosidad, su delincuencia. Los cocina fueron en realidad guajiros expulsados por no haberse sometido voluntariamente a la ley de los hombres. No pudieron hallar refugio en ninguna otra comunidad verdaderamente humana ni lograron ser aceptados por comunidades formales y normales de otras tribus. Nadie quizás quiera aceptarlos para no contaminar sus propias filas. Sólo pueden sobrevivir al margen de toda ley y sociedad humana.
También se ha creído, alguna vez, que los cocina eran como los kanaimá de la Gran Sabana, sus congéneres, una tribu sui generis de vándalos, pero al fin una tribu humana. En realidad, constituyen una asociación animal fuera de toda ley humana, una banda de delincuentes sociales definitivamente rechazados por todas las aldeas o casas humanas porque están viviendo fuera del mito. El anti-mito de los kanaimá es una realidad concreta, como los propios mitos de la gente verdadera.
El mito y la razón
En las sociedades naturales o preurbanas existe una asombrosa unidad cultural en el espacio y en el tiempo. Unidad de los valores y de las leyes arquetipales en las civilizaciones antiguas y en las sociedades naturales actuales. Unidad entre arte, tradición oral y normas de vida a través del mito, que se interpreta como conciencia e integración. Los arquetipos son modelos de acción, inmutables, perfectos, sagrados, son los "hombres del principio". Todas las sociedades naturales presentan normas implícitas de conducta y rasgos culturales idénticos y están desprovistas de enseñanza teórica. En nuestras sociedades urbanas el mito y sus símbolos se han diluido gradualmente en leyendas para niños o bien en filosofías abstractas para intelectuales. Dicha filosofía se subdivide en teorías personales que discrepan las unas de las otras. Cada una de ellas pretende reemplazar el primigenio lenguaje universal objetivo de los símbolos implícito e intuitivos por un nuevo lenguaje mejor adaptado a nuestros conceptos racionales que se fundan en la materia.
Como se ha dicho, el mito no era escrito sino que se cantaba, se acompañaba con música, danzas, alegría, libertad y libaciones de licores. Era la atracción central de las reuniones sociales exentas de cohibiciones e imperativos rígidos. En eso el mito, que todavía existe en las culturas marginales, se diferencia de la cohibición rígida de los tabúes convencionales, de la religión codificada y de la moral local de las sociedades urbanas. Las filosofías escritas suelen ser leídas en soledad, en algún libro, muchas veces en ausencia de cualquier posibilidad de discusión o comunicación. Un libro permite aislarse de los demás. Eso no sucede con el libro-no-escrito que se abre en la fiesta ritual.
El trabajo
Al contrario de nuestra sociedad urbana, en la rural la mujer tiene sus obligaciones inherentes a su naturaleza y no lucha por compartir las del hombre. Ella se concentra en el trabajo de la tierra, de la vegetación y todo lo relacionado con su naturaleza fértil. El trabajo de los hombres es la fuerza, la audacia: tumbar árboles, construir casas, ir a la guerra, etc. Como en muchas lecturas y explicaciones de mitos, no hay juicios de valores, es decir, no se juzga por más valiente o más responsable. No mandan los hombres, mandan las figuras imaginarias del mito.
El destierro moderno
La sociedad urbana industrial moderna se afana en el deterioro y el aniquilamiento progresivo del ambiente natural prehumanista y en el culto pretencioso del artificio y del artefacto humano. Para ver árboles y flores, los habitantes de las neo-babilonias verticales huyen de ellas con sus vehículos contaminantes en busca de campos lejanos. El rostro de la naturaleza se transforma en recuerdo gráfico del tiempo de los abuelos rurales.
A modo de reflexión, formularemos tres preguntas que se plantean numerosos grupos de jóvenes desamparados, artistas, poetas y filósofos, así como algunos especialistas: ecólogos, sociólogos y planificadores, debidamente graduados en las universidades progresistas de nuestra época:
1) ¿Podrá la tierra sobrevivir a este indefinido crecimiento de una tecnocracia urbanista e industrial, declarada antinatural?
2) ¿Qué clase de hombre logrará sobrevivir en una sociedad artificial, dividida, masificada, marginada de su propio ambiente vital?
3) ¿Es equilibrada una comunidad humana que adora el "dios" llamado progreso no siendo éste más que una abstracción mental, escondida en un cielo inexistente, lejano?
Debemos aclarar, aun cuando sea evidente, que en la etapa actual de la evolución cultural, no se puede pecar de ingenuo, soñando con un imposible retorno colectivo al modo de vida arcaico y a la sana filosofía de la vida natural. No obstante, se pueden estudiar planes razonables y prudentes, creando condiciones para facilitar a quienes así lo desean, un retorno a la vida natural, aprovechando los poderosos recursos de la técnica moderna.
Pudieran fundarse, al margen de las grandes ciudades, aldeas campestres, agrícolas, campamentos de nuevo estilo, modernos y cómodos, para ubicar a los disidentes del "dios" progreso, quienes conforman el conocido éxodo de la ciudad a la vida rural, especialmente en ciertos sectores de la juventud actual.
Se trata de un signo alentador para intentar un experimento en este sentido, por supuesto, eludiendo el prejuicio hacia tales intentos y afanes, desvirtuados y marginados como suelen hacerlo los periódicos y demás medios de comunicación, estrechamente controlados por el sistema urbano-industrial instalado en el poder de la gran mayoría de las naciones actuales. Este movimiento espontáneo, debería estar respaldado por el Estado para descongestionar las grandes urbes, dando opciones democráticas a una parte de la población que quiere adoptar nuevamente la vida natural de sus abuelos.
* El presente estudio de Marc de Civrieux ha sido editado por Jesús Argimiro Serna, quien especifica: "Este texto es resultado de una reorganización de conferencias reproducidas por escrito. El carácter oral, la tilde personal del discurso hablado hacia la comprensión de puntos específicos. La traslación no ha eliminado nada del texto original. Vale aclarar que el subtitulado cambió levemente, y lo que en principio fueron tres conferencias, resultó dividido en dos partes bien delimitadas. La primera, que aquí se publica, es una introducción a la segunda; sin embargo, ambas partes constan de la misma esencia. La segunda parte amplía con detalles lo ya expuesto en la primera, no con un orden sistemático sino más bien reiterativo, recurrente, repetitivo, vale decir, impregnado de la instancia del canto mítico.
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