Invenciones y desafíos
Autor: Enrique Galán Santamaría
Héctor G. Pardo y Marino Pérez Álvarez, La invención de los trastornos mentales. Alianza Ed. 2007. 341 pp.
José Mª Álvarez, La invención de las enfermedades mentales. Gredos Ed., 2008. 615 pp.
Coinciden en las librerías dos libros de título casi idéntico. Diferentes en concepción y objeto de análisis, son perfectamente complementarios. El primero presenta el estado de la cuestión de la psiquiatría y la psicoterapia actuales, mientras el segundo describe la constitución de los conceptos psicopatológicos desde Pinel hasta hoy, centrándose en los grandes síndromes psicóticos: ciclotimia, esquizofrenia y paranoia. Ambos autores asumen desde sus títulos el carácter de invención de cualquiera de las categorías utilizadas para domar la locura.
Conviene no olvidar que la invención, la creatividad humana, es el modo evidente mediante la cual nuestra especie recorta realidades finitas sobre el fondo de lo real ilimitado. Estas realidades —formas de apercepción y acción materializadas en tecnologías— están marcadas necesariamente por su tiempo histórico, al cual dan forma en su correspondiente “espíritu de la época”. La historia de esa invención tecnológica denominada psiquiatría cubre doscientos años, con sus distintos espíritus epocales —ilustración, romanticismo, nihilismo, titanismo—, aunque en su desarrollo haya acabado concluyendo que es tan vieja como el tiempo atemporal del chamán y sus prácticas sugestivas. En la actualidad, sin embargo, parece ser más bien asunto de un peligroso titán: la industria farmacéutica.
Volvamos a los libros, cuya riqueza informativa y erudita sólo gozará quien los lea. Aquí sólo puedo señalar su existencia y alentar su lectura, recomendable no sólo a los profesionales, sino a todo aquel que quiera conocer las endebles bases sobre las que se asienta la noción de “enfermedad” mental y los efectos y dividendos que producen los tratamientos de esas “enfermedades” y de los “trastornos” que proliferan siguiendo su estela.
Empecemos por el espíritu de la época: “la industria farmacéutica dicta a su antojo comercial las vicisitudes y el modelo de sus síntomas, […] nos ha convertido en sus súbditos, y nos impone un modelo de conocimiento mediocre y fastidioso”, señala F. Colina en su prólogo al texto de J.M. Álvarez, un erudito trazado desde el rigor lacaniano que intenta salvar la psicopatología del reduccionismo neuroquímico.
El libro de H.G. Pardo y M. Pérez parte de la misma idea: “la industria farmacéutica […] es el mayor sistema de invención de trastornos mentales y de su tratamiento”, y lanza precisamente un desafío explícito a ese intento de subordinación. Su objetivo declarado es “el desenmascaramiento de las prácticas clínicas, tanto de la Psiquiatría como de la Psicología”, criticando el modelo médico, basado en la idea de síndrome, entendido como una entidad natural, a favor del modelo contextual, fundamentado en la biografía y en el convencimiento de que el trastorno es una construcción cultural. Construcción proliferativa, pues si en 1880 se hablaba de 8 categorías diagnósticas, en 1952, fecha del DSM-I, había 100, y en 2000 (DSM-IV-R) se describen casi 400.
J.M. Álvarez rastrea cómo la alienación pasional que investiga Pinel en 1800 se transforma en “enfermedad mental” con supuesta base biológica en 1822, la aracnoiditis crónica de Bayle, identificada con los efectos neurológicos de la sífilis en 1870 (A. Fournier), cuyo vector, el treponella pallidum, no se descubre hasta 1913 (H. Noguchi). El dogma psiquiátrico extrapola esos datos, que sólo dan fe de una psicosis orgánica, al trastorno funcional que es toda locura (ese “estar atrapado por una certeza”, como escribe Álvarez), y a partir de la década de 1950, con la aparición de los primeros psicofármacos de síntesis, instaura la idea de que las distintas formas y niveles de la locura —depresión, manía, ansiedad, angustia, esquizofrenia, paranoia en los términos más comunes— se debe a una alteración, de origen genético, del metabolismo de los neurotransmisores. Que los hechos contradigan este dogma no parece tener importancia.
En estos tiempos de marketing y publicidad, lo fundamental no son los hechos sino la información, construida de cara a la cuenta de resultados. Se determina el valor patológico de rasgos o estados naturales y se prescribe un tratamiento farmacológico pretendidamente específico, cosa que no es en absoluto, cuyos resultados tienden más bien al debilitamiento de quien lo sigue. Los efectos secundarios de los psicofármacos, más allá de la adicción que producen, pueden ser estremecedores, máxime si los pretendidos efectos terapéuticos consisten en aplacar el movimiento, enlentecer el pensamiento, embotar la emoción y dificultar la elaboración del sufrimiento.
Las actividades de la industria farmacéutica, que invierte el doble en publicidad que en investigación, cuyos documentos científicos están escritos por agencias de marketing (”escritura fantasma”), que controla congresos, cátedras e información general, que promueve asociaciones en enfermos y demás, están sobradamente descritas en el libro de G. Pardo y M. Pérez. Son espeluznantes. Pero sólo son posibles en la medida que el público cree a pie juntillas esa hipótesis química que se presenta como hecho indiscutible. O dicho de otro modo, “los pacientes están interesados, por lo general, en ser tratados como enfermos” en esta sociedad medicalizada. El aumento del consumo de psicofármacos desde la década de 1950, con una aceleración desde la de 1980, les hace ocupar el primer puesto en ventas respecto al resto de los fármacos. Dispensados en un 80% por médicos generales, son un signo de los tiempos: la inseguridad moral de la población se está tratando como una enfermedad mental.
Este modelo médico está desacreditado por la mayor parte de las más de 500 formas de psicoterapia, aunque las orientadas por la terapia cognitivo-conductual lo toman por ideal científico. Las otras formas, que Pardo y Pérez agrupan dentro de los paradigmas psicoanalítico, fenomenológico-existencial, experiencial y sistémico-familiar, permiten una aproximación a la locura que no colapsa la razón, sino que la reivindica. Como señala Álvarez, “la psiquiatría se ha elaborado para no hablar con los locos” y consiste en “un saber fraguado mediante la erradicación de esa parte de la razón que cohabita con la locura”. Así pues, siguiendo el subtítulo del libro de Pardo y Pérez, lo que todos estos autores reivindican es escuchar al paciente, no al fármaco.
Madrid, junio 2008
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