Lo racional y lo experiencial

Autor: Sinesio Madrona Rodenas

Lo racional y lo experiencial,
la ciencia llega al espíritu

La fe es un carisma para quien la posee; pero no es un camino para quien necesita entender algo antes de creerlo.
C. G. Jung

Razón y experiencia

Tenía alrededor de 25-26 años cuando pasé por mi época de tratar de conciliar los opuestos.1 Me costó algún tiempo encontrar razones para encajar la dualidad bien-mal; pero la que verdaderamente me dio trabajo, más de dos años dando vueltas por mi cabeza, fue la dualidad determinismo-libertad. Mi experiencia y mis conversaciones posteriores con otras personas me dice que es una de las dualidades más difíciles de resolver para el pensamiento occidental. Quizá más difícil, en algunos aspectos, que la dualidad sujeto-objeto ya que a ésta ya la ha puesto en entredicho la física cuántica.2

Si bien el tema de este artículo no va específicamente sobre esta particular dualidad, diré simplemente para los curiosos que una respuesta sencilla que hoy doy al asunto (la de entonces fue más enrevesada, aunque esencialmente igual) es que la libertad es una experiencia que tiene el hemisferio derecho del cerebro acerca de la vida y de la realidad, y el determinismo procede de la experiencia que tiene acerca de la realidad el hemisferio izquierdo (o, según otros esquemas neurofisiológicos, las vías inferior y superior respectivamente). Como en nuestra cultura predomina el cerebro izquierdo los abogados de la libertad tienen pocos recursos dialécticos para defenderse; pero es que éste no es el camino, la vivencia tiene una realidad por sí misma; hay que trascender la polaridad razón-experiencia para llegar a entender que ambas posturas son correctas y forman parte de una dualidad operativa –como los polos positivo y negativo de la corriente eléctrica, sin ambos no hay flujo de energía–; pero que, más allá de esa dualidad, existe una unidad que hace irrelevante e inapropiada tal distinción o, como decían los filósofos griegos (término libertad en el Diccionario de filosofía de Ferrater Mora), el hombre libre es el que cumple su destino; aunque esto sea ininteligible para la mayoría de nosotros.

Lo importante aquí no es tanto la explicación de la dualidad, que cualquier filósofo empeñado puede rebatir sin esfuerzo hasta el aburrimiento, como la convicción que yo tenía por aquel entonces de que cualquier cosa que pudiera decir, pensar y/o hacer el ser humano tendría que tener su lugar y su explicación en un orden global de cosas. A esta convicción llegué, tras reflexiones posteriores, después de la lectura de un libro de tipología astral a los 18 ó 19 años, pues hasta ese entonces mantenía una postura rígida de rechazo de caracteres y comportamientos muy ajenos al mío.

A mis 25 años no había tenido aún ninguna experiencia cumbre, mística, inefable..., y casi tampoco ninguna experiencia afectiva humana normal. Y sin embargo, y a pesar de lo que digan Wilber (1989, 1990), las filosofías-religiones orientales y muchos de los filósofos presocráticos (Loy, D. 2000), había resuelto, vía racional, el nudo gordiano de la no dualidad. No quiero con esto decir que ya lo supiera todo.

Unos pocos años más tarde (28 ó 29) mi contacto con la G.F.U. (Gran Fraternidad Universal) y las prácticas que realice allí (yoga, meditación, tai chi...) me llevó a leer apresuradamente todo lo que caía en mis manos de Jung, tratando de encontrar una base racional que me protegiera de cierto “deslizamiento” que “sufría” mi espíritu hacia “terrenos peligrosos” (en un momento dado llegué a tener un principio de viaje astral).

Cómo verán a lo largo de este escrito mi punto de apoyo sólido siempre ha sido la ciencia y la razón. Durante mis lecturas de Jung estuve un tiempo anotando todos los sueños que tenía, aunque no saqué mucho de ellos pues nunca he sido bueno interpretando sueños (he acabado siendo terapeuta gestalt). Lo más significativo que me ocurrió es que en una madrugada tuve una visión eidética: una colonia de hormigas se me comían entero empezando por los pies y al llegar a la cabeza me convertía en luz. Sólo recientemente he llegado a comprender esa visión y la frase de Goethe que cito más adelante es una explicación y símbolo perfectos para esta visión.

También fue importante un curso sobre zen que dieron tres profesores en la G.F.U. Lo significativo de aquel curso, más que la meditación que era a lo que menos tiempo dedicaban, fue que nos sumergieron, sin revelarnos previamente nada al respecto, en un continuo ambiente de paradojas. Recuerdo que mientras mis compañeros de curso manifestaban su total extrañeza y despiste buscando las justificaciones más peregrinas, yo me sentía como un pez en el agua en ese ambiente. Sin embargo la meditación no es lo mío y en cursos posteriores de zen basados en esta técnica no he sacado nada en claro (aunque sí en otros con técnicas de tambor y con un gran gong).

Este asunto de la unidad última de todas las cosas tiene también mucho que ver con la unidad sentimiento-pensamiento que a niveles profundos se percibe como originada por un único flujo de conciencia previo a la distinción del mismo en pensamiento y sentimiento, pues en ese nivel uno se percata de la unidad originaria previa a cualquier distinción. Determinismo y libertad forman, pues, una de las más importantes distinciones polares de la realidad para los occidentales, y hay que trascender tanto las explicaciones de unos como las vivencias de otros para encontrar la respuesta y la conciencia que está más allá de esta división.

Como siempre he buscado una explicación racional, con 45 años, en mi publicación de El desarrollo de la conciencia (1994), aproximadamente un año después de haber tenido mi más intensa experiencia cumbre (si bien no la más sutil) expongo: “...Wilber [...] da la fecha del comienzo [...] (35 años), de un nivel de conciencia todavía superior al sutil que hemos visto en la etapa anterior. Si el nivel sutil de conciencia está dos etapas por encima de lo que es normal hoy en nuestra sociedad, seguir hablando de niveles superiores sería ya superfluo, además es un nivel [el que Wilber llama causal] que no conozco siquiera un poco y mal podría hablarles de él.” (pág. 254).

Repensando ahora esta declaración creo saber que, dado que yo buscaba una explicación racional, por lo que había leído de Wilber al respecto por aquel entonces (que confirmé con lecturas posteriores) la persona que estuviera en esos niveles superiores de conciencia tendría que ser poco menos que un dios milagrero, dado que este autor pone mucho énfasis, para definirlos, en una fenomenología paranormal. Estas aseveraciones de Wilber me confundían, pues yo comprendía básicamente el nudo gordiano de la no dualidad y los párrafos que se refieren a ello en sus libros, sin tener ninguna de las percepciones que cita en sus textos. Había conseguido explicar racionalmente el nivel sutil, pero pensaba que el causal superaba, en aquel entonces, mi capacidad para hacerlo; aunque algunas de las explicaciones que hay a continuación en el texto de ese libro las puedo suscribir ahora como apuntes para una explicación de ese nivel causal.

No obstante, la comprensión de ese nivel de conciencia, en coherencia con el resto de la teoría espiral que expongo en ese libro, no se ha abierto en mi hasta fechas muy recientes y es ahora cuando he llegado al punto de darme cuenta que todo el proceso ha sido hecho más por vía racional que experiencial; aunque ambas se han unido al final (soy pésimo meditando y el número de mis “experien¬cias místicas” no llenan los dedos de las dos manos, y he conocido a personas que, decían, tenían en una semana más experiencias inefables de las que yo he tenido en toda mi vida y no por ello he visto que tuvieran resuelta la cuestión de la no dualidad y otras, incluso, de mucha menor importancia).

En otro artículo que publico en esta página web (El desarrollo de la conciencia en un marco universal de leyes) ya había resuelto parte de aquellas carencias y la descripción de los niveles superiores de conciencia es más racional que fenoménica. Tal como digo más arriba, según la descripción de Wilber uno tendría que ser poco menos que un dios milagrero para tener acceso a esos niveles superiores de conciencia. Pero J. Ferrer (2003), mantiene que los caminos de acceso a la conciencia superior son múltiples y no jerárquicos, criticando la actitud cartesiano-kantiana de Wilber y de otros varios sistemas espirituales orientales. Y, dentro de el esquema de Ferrer, ¿porqué la vía racional no tendría que ser uno de esos caminos?

Para los orientales, los filósofos presocráticos y los espiritualistas de siempre esto es imposible (David Loy, 2000). Pero con ello abren la puerta a una dualidad, la de razón-experiencia, y se ponen a sí mismos en evidencia. Al fin y al cabo todos estos sistemas y personas han llegado a la unidad a través del camino experiencial. Entonces ¿por qué creen que no se puede hacer nada por el camino de la razón, de la mente, de la ciencia en definitiva, si ellos no lo han explorado nunca suficientemente?

Es verdad que el camino de la mente es esencialmente dual y, durante siglos, es ése el camino que ha predominado en la cultura occidental (hay, no obstante, una corriente subterránea que sustenta la unidad, tal como nos expone Fox Keller, 1989); pero ¿porqué no se puede llegar a la unidad a través de un camino dual?, ¿acaso el camino de la experiencia no es, en muchos casos –polaridad amor-odio por ejemplo–, también dual? La dualidad mente-experiencia no parece ser contemplada, de la manera que aquí se describe, por las filosofías orientales. Según éstas es, básicamente, la mente (la descripción de nuestra realidad) la que perturba el acceso a la unidad; pero la mente no está separada de la percepción, de la experiencia, del sentimiento (caeríamos de nuevo en la dualidad). Así que lo que hay que superar es la dualidad, no la mente. La mente es un mecanismo más en la dualidad. Hay que trascender la naturaleza dual de la mente; pero eso no nos dice que no podamos hacerlo a través de ella misma.

Goethe decía que se podía llegar al infinito recorriendo todos los caminos por lo finito. Eso es lo que hemos hecho los occidentales a través de un nuevo lenguaje, el de la ciencia. Y es ahora, en las últimas décadas, cuando empezamos a vislumbrar esa unidad última; aunque muchos de los que están en ese camino no se hayan percatado todavía del significado de lo que estamos haciendo y de que al final nuestro lenguaje coincidirá con el de las filosofías orientales.

La física cuántica describe a “Dios”

Desde que la física está buscando una teoría unificada y desde que descubrió la unidad sujeto-objeto en el nivel cuántico de la realidad no se ha dejado de andar camino. La Teoría Sistémica (Bertalanffy, 1979), las Ciencias de la Complejidad (Teoría del Caos, fractales, ), etc., sin olvidar la psicología junguiana y la transpersonal (y en un sentido más práctico que teórico, también la gestalt), todo está a punto para encontrar esa respuesta unitaria desde el camino racional.

Los nuevos avances de la ciencia apuntan en la dirección correcta; y, aunque aún están muy lejos de concebir un camino hacia la unidad, al menos se plantean la dualidad, cosa que hasta ahora era impensable. Por ejemplo en la Teoría del Caos se abre una puerta al concepto de libertad en la concepción científica de la realidad, cosa inimaginable hasta ahora, pues uno de los supuestos básicos de la ciencia era el postulado de determinismo. Si bien esto es un paso de gigante con respecto al anterior concepción científica, no obstante la libertad y el determinismo se presentan todavía como dos fuerzas polares irreductibles (Prigogine, 1988; Prigogine y Stengers, 1994; M. Almendro, 2002); pero la aparición de esta “cuña” en el edificio de la ciencia es simplemente fantástica. La Teoría del Caos abre la puerta a una “libertad” que niega la ciencia clásica y, en este sentido, es parte de un camino (junto con el resto de las llamadas Ciencias de la Complejidad) que, estoy convencido, acabará comprendiendo el concepto de no dualidad.

En general, todavía estamos muy lejos de alcanzar la comprensión necesaria para entender hacia dónde nos dirigimos; pero la puerta está abierta. Actualmente para una gran mayoría de personas son incomprensibles estos nuevos descubrimientos y tratan de dar una explicación reduccionista de los mismos retrotrayéndose a los parámetros clásicos. He descubierto personalmente hasta qué punto es intenso este conflicto en algunos individuos, empeñados en resolver, con los esquemas clásicos, la unidad sujeto-objeto de la física cuántica y la discontinuidad que se da en este nivel de la realidad (algo que es contrario al postulado de la ciencia clásica y que ésta no puede aceptar ni entender), dan vueltas y más vueltas de una manera obsesiva en torno al tema sin darse cuenta de que para resolver la cuestión tienen que romper su atadura con la noria; pero la intensidad con que se dedican a la tarea es tal que no me extrañaría que algún día tuvieran una “revelación” (insight psicoanalítico, “ahora me doy cuenta” gestáltico), lo cual, probablemente, sería muy malo para sus carreras profesionales, y esa es una no pequeña resistencia.

En este camino una respuesta a la cuestión de la unidad especialmente querida por mi está en los estudios y teorías que E. Laszlo (1997, 2007) da a través de la física cuántica. Se da la circunstancia de que cuando era joven, iluso e idealista empecé estudiando Físicas porque “quería seguir el curso de la energía desde sus bases materiales hasta sus manifestaciones psíquicas”. Tuve que cambiarme al extremo opuesto y estudiar Psicología porque circunstancias personales me impedían cursar una carrera tan dura. Así he encontrado que Laszlo ha hecho ese trabajo por mí, ha desarrollado la teoría que a mí me habría gustado hacer al respecto, por lo que se ha convertido en mi “biblia”. La cuestión no está tanto en el hecho de que la teoría de Laszlo sea correcta (que para mí sí lo es hasta donde soy capaz de entenderla) como en el hecho de que es una teoría que apunta en la dirección adecuada de todo lo que se ha dicho aquí hasta ahora. No importaría que esta teoría tuviera sus fallos, pues cualquier otra que la sustituyese tendría que andar por caminos semejantes.

Como aquí no se trata de darles un curso de física cuántica, ni soy quien para ello, intentaré explicar su postura de la manera más sencilla posible tal como yo la he entendido. Tengo, no obstante, que hablarles antes de dos fenómenos de la realidad que estudia la física, uno clásico y otro cuántico.

El concepto de campo es algo que acepta la física clásica pero que contradice la postura newtoniana de nuestra ciencia clásica de un punto sometido a una fuerza lineal; es decir, el desarrollo de la realidad según un proceso lineal causa-efecto. Un campo no se puede ver ni percibir en una observación simple, es algo de lo que ni siquiera se puede decir que tenga una existencia material (pues su naturaleza es ondulatoria). Por ejemplo, el campo magnético sólo se descubre cuando echamos unas limaduras de hierro sobre el papel que cubre un imán. Dense cuenta que la separación del papel (lo más sutil, quizá, de lo material) es esencial pues, de lo contrario, las limaduras se apegotonan en los polos del imán y no vemos nada. En fin, si pensamos en ello no me dirán que no es algo bastante misterioso, aunque estemos acostumbrados a verlo. Pues bien cualquier perturbación –cambio– en el campo se trasmite instantáneamente a toda su extensión (si movemos el imán se mueve –con las limitaciones del rozamiento– todo el campo de limaduras). No hay una transmisión lineal, sino un proceso global e instantáneo (dentro de los límites de la velocidad de la luz que es el confín de la realidad compuesta por materia-energía). ¿No les suena esto, un poco, en otro contexto, a una experiencia de nirvana? A estas alturas del escrito no creo que ya nadie dude que la dualidad espíritu-materia se contempla también aquí desde la unidad última.

En base a la visión de la realidad global como un campo y no como un proceso lineal causa-efecto actualmente el “diseño” del mundo se ve como una red o malla de interrelaciones en las que ningún aspecto del sistema está definido para siempre, pues toda la información posible existe en el campo y se puede mostrar y aparecer como cualquier contingencia cuando se muestra en el plano de la materia-energía. O, como digo en otro lado: “...una representación gráfica de las nuevas teorías ... [basa] la descripción de la realidad no en el “punto newtoniano”, sino en la malla de interrelaciones que existe entre todos los “puntos” del universo. Es decir, en estas concepciones no existen puntos aislados sometidos a una fuerza y velocidad vectoriales, sino un complejo campo de interrelaciones en las que cada “punto” está conectado por una información que comparte con todos los otros “puntos”, siendo, al mismo tiempo, cada uno de esos otros “puntos”. En realidad, hablar de “punto” en estas concepciones carece de sentido, pues en ellas no existe lo que en términos newtonianos entendemos por “punto” (El desarrollo de la conciencia en un marco universal de leyes, en esta misma página web).

Otro asunto es que en la física cuántica se habla de la existencia de un vacío cuántico que es algo así como un “lugar” que existe previo a la formación de materia-energía. La existencia de un substrato de esta naturaleza es necesaria para la explicación de ciertos fenómenos que tienen lugar en el nivel cuántico de la realidad y sólo se ha podido llegar a ella a través de desarrollos matemáticos que, no obstante, son incuestionables para la generalidad de la comunidad de físicos. Se ha podido incluso calcular la energía potencial de este vacío cuántico y es tal que no hay –presumiblemente– en todo el universo material conocido energía cinética suficiente para mover un solo centímetro cuadrado (cm²) de este vacío cuántico. Algo verdaderamente asombroso e impactante.

La energía potencial es algo también, en cierta medida, misterioso, por sí misma no hace nada y no es inmediatamente perceptible. Imagínense un objeto situado en lo alto de un armario. Sólo hará algo si lo empuja para que caiga (probablemente romperse si no ha organizado una cadena que trasmita el golpe para hacer algo, como por ejemplo en una caída de agua que mueve una dínamo que produce electricidad). La fuerza con la que ha empujado ese objeto es lo que se llama energía cinética.

Hay otra particularidad en los campos y es que son fenómenos ondulatorios (como lo que ocurre cuando lanzas una piedra al agua). La transmisión de información en un campo no se produce en su base material (partícula), sino que se sustenta en, o acompaña a, su naturaleza ondulatoria; es decir, es una información que no se transmite “materialmente”, aunque se apoya en la materia. Es esa dualidad onda-partícula que tan de cabeza trae a los físicos. Por otra parte, los fenómenos ondulatorios operan entre sí sumándose o restándose y formando nuevos conjuntos ondulatorios. En teoría sería posible seguir la trayectoria de un barco después de horas de que haya pasado por un lugar descomponiendo las sucesivas imágenes ondulatorias formadas a través del tiempo. Es decir, la información queda registrada en el campo a través de su naturaleza ondulatoria.

Pues bien, Laszlo postula la existencia, en el vacío cuántico, de lo que llama un campo j (1907), o campo akásico (2004, 2007). Dado que este campo existiría en un estado físico previo a la formación de materia-energía no estaría limitado por la velocidad de la luz, así la transmisión de información a través de él sería prácticamente infinita (mayor incluso en zonas de materia densa –cuerpos celestes– que en zonas vacías del universo). ). Esta no limitación hace que este campo se extienda a través de todo el universo.Y, tratándose de un medio “inmaterial” (en cualquier caso, anterior a la formación de lo que conocemos por “materia”) como el campo j esa información no desaparece con el tiempo (por el “desgaste” debido al rozamiento como en el anterior ejemplo marino) sino que permanece en él eternamente. Por eso Laszlo llama a este fenómeno en otro lugar campo akásico. La física estaría dando crédito, así, al llamado “registro akásico” del que se habla en algunos medios espirituales. Sería el concepto cristiano del “ojo de Dios” que lo ve y lo sabe todo.

La existencia de este campo explicaría el fenómeno, comprobado experimentalmente, de que una partícula se “entere” de lo que le están haciendo a otra asociada a ella al instante (vía campo j ), aunque se encuentre a miles o millones de kilómetros de distancia. Y, asimismo, explicaría los fenómenos paranormales de la mente humana (precognición, telepatía, clarividencia...). Laszlo nos cuenta que en nuestro cerebro se forma un campo bioeléctrico que puede conectar con la información que existe en el campo ? y conocer instantáneamente cualquier cosa que ocurra en el universo. Y es este tipo de conexión la que se realiza cuando se tiene una experiencia cumbre, mística, nirvana, satori, etc. De hecho una de las frases que describen este fenómeno: “ser uno con el universo”, sería completamente literal.

Para que la “ciencia” llegase algún día a poder “leer” esta información tendría que “volverse inmaterial”, cosa que suena a ciencia-ficción loca (aunque cosas “locas” ha dicho siempre la ciencia-ficción). Pero sí hay cerebros –personas– con la capacidad de “leer” esta información y, de hecho, es seguro, para mí, que ese tanto por ciento tan elevado de cerebro que no utilizamos está preparado para ello, sólo es cuestión de evolución y de tiempo. La evolución, por mor del desarrollo de la mente, ha hecho que perdamos la conexión con el campo j que existe en toda la naturaleza, en toda la realidad. Como sabemos son innumerables los casos que nos dicen que la capacidad perceptiva animal está más allá de las barreras espacio-temporales, que son barreras de la materia-energía; es decir, constantemente nos están mostrando la existencia de un fenómeno que el campo j explica coherentemente en base a los postulados de la física cuántica.

Hay otra particularidad en el campo j y es que su evolución no está absolutamente determinada como querría una visión científica clásica. Laszlo nos cuenta, y de ahí el título de su libro El cosmos creativo (1997), precisamente eso, que el cosmos no evoluciona de una manera absolutamente predecible. Viene a decir que “aprende sobre la marcha” y lo que aprende introduce variaciones y cambios en su desarrollo que no están programados previamente. La información que se va añadiendo al campo j (en la forma ondulatoria en que se urde toda la trama del universo) de todos los nuevos acontecimientos que van sucediendo en el universo y en la vida le permite acumular “sabiduría” y responder creativamente a los nuevos retos y relaciones que la realidad le plantea. Es posible que el universo esté buscando la perfección y en ese empeño nosotros seamos la punta de lanza que intuye, un poco en las sombras, la claridad de cada nuevo amanecer.

Por otra parte, esta información que acumula el universo hace que la evolución no sea completamente ciega como quería la primera teoría de Darwin. Laszlo afirma que el “conocimiento” que tiene el universo –la vida– tanto del pasado acumulado como del futuro al que apunta el previsible desarrollo de sus campos de ondas, le permite elecciones y cambios ajustados a las necesidades reales y no una experimentación al azar, pues se ha demostrado que el simple azar no habría sido capaz de guiar la evolución con la coherencia que podemos observar. Las mismas leyes básicas que rigen el universo condicionan su desarrollo según determinadas líneas (como condicionan las “órbitas” en las que pueden estar los electrones alrededor del átomo). Introduce coherencia en el proceso; es decir, la evolución no está definida por las rígidas leyes deterministas de la ciencia, pero tampoco ligada al puro azar. El proceso es mucho más complejo y eso lo está descubriendo actualmente el nuevo paradigma de la ciencia a través de lo que se llaman, precisamente, las ciencias de la complejidad.

Laszlo está “describiendo a Dios” o lo que para él es: el universo in-formado. Si la teoría de Laszlo no es llegar al concepto de unidad, de no dualidad (y todo lo que eso implica de apertura y posibilidades), a través de la mente, de la ciencia... “que venga Dios y lo vea” o, como dice Jung, “La fe es un carisma para quien la posee; pero no es un camino para quien necesita entender algo antes de creerlo” (1991, pág. 244). Psicología y religión.

Bibliografía

Ferrer, J. (2003). Espiritualidad creativa. Barcelona. Ed. Kairós.
Fox Keller, E. (1989). Reflexiones sobre género y ciencia. Valencia. Ed. Alfons el Magnànim.
Jung, C. G. (1991). Psicología y religión. Barcelona. Ed. Paidós
Laszlo, E. (1997). El cosmos creativo. Barcelona. Ed. Kairós.
Laszlo, E. (2004). La ciencia y el campo akásico. Madrid. Ed. Nowtilus.
Laszlo, E. (2007). El universo in-formado. Madrid. Ed. Nowtilus.
Loy, D. (2000). No dualidad. Barcelona. Ed. Kairós.
Madrona, S. (1994). El desarrollo de la conciencia. Madrid. Ed. Kepler.
Prigogine, I. (1983). ¿Tan sólo una ilusión?. Barcelona. Ed. Tusquets.
Prigogine, I. y Stengers I. (1990). La nueva alianza. Madrid. Ed. Alianza.
Wilber, K. (1989). El proyecto Atman. Barcelona. Ed. Kairós.
Wilber, K. (1990). El espectro de la conciencia. Barcelona. Ed. Kairós.



Sinesio Madrona
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1: Antes de esa fecha, incluso, había entrado en conocimiento de que había una “cosa” que se llamaba zen. Mi curiosidad natural me llevó a querer enterarme de qué iba el tema. Sé que la lectura –por aquellas fechas– de un par de libros sobre el asunto fue para mí una confirmación de lo que ya intuía; pero no recuerdo si esta lectura fue antes o después de los 25 años
2: No se me ocurrió, en aquel entonces, pensar especialmente en este aspecto de la dualidad, que es para la filosofía-religión oriental un asunto crucial; pero sí puedo decir que cuando pensé, años más tarde, en este aspecto específico, no me planteó ninguna dificultad, lo di ya por resuelto, como algo obvio; supongo que como consecuencia de esta primera toma de posición y también gracias a mis trabajos con la sombra y el ánima
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