El robo feroz
Autor: Enrique Galán Santamaría
Fecha publicación: 27.12.2007
La doctrina del shock
Naomi Klein. Varios traductores
Paidós Ed. Barcelona, 2007
708 páginas
La violencia se enseñorea del mundo, dejando su estela de destrucción y sufrimiento. La llamada globalización de la economía de mercado, nueva denominación para las prácticas del imperialismo capitalista, es la causa principal de esa violencia, expresada en las intensas crisis sociales que afectan de forma diversa a Norte y Sur, Este y Oeste.
Si en No logo (2000), su investigación sobre el poder de las marcas, N. Klein señalaba cómo asistimos a la destrucción del empleo, los espacios públicos y los derechos humanos por parte de las corporaciones multinacionales, en La doctrina del shock la periodista y activista canadiense estudia el fundamento de estas prácticas, el neoliberalismo encarnado en el Consenso de Washington. Elaborado en la década de 1950 por parte de F. von Hayek y M. Friedman —fundadores de la Sociedad Mont Pélerin en 1947 e impulsores de la Escuela de Chicago—, aplicado inauguralmente en el golpe de Estado contra Allende en el Chile de 1973, promovido durante la década de 1980 bajo el dominio de los EEUU de Reagan y la Inglaterra de Thatcher, a raíz del hundimiento del bloque comunista en la década de 1990 se extenderá universalmente.
La doctrina del shock consiste en el uso del terror político y económico para debilitar a las sociedades e instaurar los grandes principios económicos de la Escuela de Chicago: privatización, desregulación y descenso del gasto público. El efecto de estos planteamientos es una concentración acelerada de la riqueza y una pauperización mundial creciente (el 2% de la población es la propietaria del 50% de la riqueza mundial y prácticamente el 80% de la población del mundo vive en la pobreza).
La privatización afecta a todos los ámbitos, de las materias primas al Estado, y es un mecanismo que permite, mediante el sistema impositivo, socializar las pérdidas y privatizar las ganancias. La desregulación implica facilitar el saqueo de las economías nacionales por parte de las corporaciones multinacionales. El descenso del gasto público se consigue mediante la gestión de la deuda nacional por parte de la tríada institucional del Consenso de Washington: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y Organización Mundial del Comercio, en relación orgánica con la Reserva Federal de los EEUU.
La miríada de injusticias a que da lugar la aplicación de estos planteamientos genera turbulencias sociales que alimentan una floreciente industria de seguridad, para la cual todo ciudadano es sospechoso, desde la vigilancia pública sin cobertura legal a la tortura. Los derechos humanos recogidos en la flamante Carta de 1948 son así conculcados universalmente con total impunidad.
El libro de Klein ofrece información detallada de esta situación, demostrando la falacia de la tan cacareada relación entre capitalismo y democracia. La realidad es que el capitalismo actual, con su fundamentalismo del mercado, florece en las autocracias que limitan al máximo las libertades públicas y otorgan plena libertad de movimiento y acción al capital. Baste recordar las inenarrables condiciones de trabajo en las llamadas Zonas de Libre Comercio, la explotación sin límites de las materias primas, los acuerdos institucionales que consagran el intercambio desigual y la excesiva polarización económica que se produce en el seno de las naciones, incluso las poderosas.
Se trata, ciertamente, de un robo feroz, sin ninguna cortapisa, de la riqueza material y moral de los diversos países. Una riqueza que fluctúa con los vaivenes que experimenta el dinero, tan fácilmente volátil gracias a los mecanismos bursátiles y las prácticas bancarias. Las crisis financieras asiáticas y sudamericanas, las turbulencias económicas en Rusia y los antiguos países comunistas durante la década de los noventa del siglo pasado y la dependencia actual de los países desarrollados, con sus blindajes en forma de subsidios y aranceles, respecto de los inversores extranjeros son algunos datos de ese proceso de latrocinio general que la presión mediática no logra esconder bajo la exultante fraseología de la libertad individual… para aprovecharse del débil. Y débil es todo aquel, ciudadano o país, que sufre la “terapia de shock” que Milton Friedman, tomando prestada esta expresión psiquiátrica, recomendaba para resolver los problemas económicos.
Las terapias de choque —insulínico, cardiazólico y eléctrico— fueron, junto a las intervenciones quirúrgicas —leucotomía, lobotomía…—, los instrumentos de la psiquiatría biológica desde los años treinta a los cincuenta del siglo XX, el momento de los psicofármacos. N. Klein, que empieza el primer capítulo de este libro relatando su encuentro con una víctima del electrochoque, cita a Ugo Cerletti, el creador de este “tratamiento”, a quien se le ocurrió asistiendo a las labores propias de un matadero: “Durante este coma epiléptico [inducido eléctricamente], el carnicero mataba y sangraba a los animales sin dificultad alguna” . Un sistema perfecto para reducir mediante sacudidas cualquier resistencia.
Los efectos de dicho tratamiento –regresión y pérdida de memoria- fueron investigados experimentalmente durante los años cincuenta a ochenta en más de 80 instituciones norteamericanas, incluyendo 12 universidades y 12 hospitales, bajo la dirección de E. Cameron desde la canadiense Universidad McGill. Se trataba de una investigación financiada por la CIA —denominada progresivamente ‘Bluebird’, ‘Operación Alcachofa’ y ‘MKUltra— en busca de métodos efectivos de tortura. Cameron, psiquiatra escocés que actuó en 1945 en el peritaje del dirigente nazi R. Hess y presidente de las asociaciones psiquiátricas canadiense, estadounidense y mundial, no sólo era un gran impulsor del electrochoque sino un ferviente anticomunista en pleno maccarthysmo. Sus investigaciones, y las posteriores de su discípulo D. Hebb, el padre de la “privación sensorial”, se condensan en el manual de uso de la tortura Kuback Counterintelligence Information (1963), aumentado en cada edición y adaptación, como la versión de 1983 para uso en Latinoamérica.
La referencia de N. Klein a las técnicas de tortura basadas en el electrochoque y la deprivación sensorial no es baladí, pues su relación con la terapia de choque económico es no sólo conceptual —producir una desorientación espacial y temporal, provocar una crisis regresiva— sino instrumental —tortura masiva practicada por las dictaduras militares latinoamericanas y asiáticas de los años setenta, auspiciadas por los EEUU, las cuales implantaron con estos métodos las recetas de la Escuela de Chicago. No es extraño que F. von Hayek, para quien el Estado de Bienestar keynesiano no es más que servidumbre, estuviera encantado con el Chile de Pinochet, como hace saber en 1981 a M. Thatcher.
N. Klein habla de tres choques, militar, económico y tortura, y recuerda las palabras del economista A. Gunder Frank, un disidente temprano de la Escuela de Chicago, para quien la recetas de Friedman sólo pueden imponerse a través de la fuerza militar y el terror político. Pues su objetivo no es el desarrollo económico de los países, que suelen entrar en recesión a consecuencia de tal metodología, sino la concentración de riqueza. Sin embargo, esta es la economía política dominante actual, denominada “neoliberalismo”.
Los efectos psíquicos y psiquiátricos de esta estrategia económica son variados y abundantes, desde el incremento desorbitado de suicidios descrito en países que han sufrido su aplicación (Rusia, Corea del Sur, Argentina…) hasta el progresivo aumento de tasa de consumo de psicofármacos en las deprimidas y angustiadas sociedades opulentas.
Aunque la psicoterapia es un trabajo propio estas sociedades ricas, demandado por individuos que pueden permitirse ese gasto y centrado más bien en la problemática personal, no podemos olvidar que todo individuo vive en comunidad y que la injusticia general no puede dejar de afectar al aspecto moral de la conflictividad psíquica personal. Libros como el de N. Klein nos permiten establecer el contexto de esa consciencia colectiva que determina en gran manera la consciencia individual en su enfrentamiento con los conflictos anímicos personales.
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