La invención de Occidente
Autor: Enrique Galán Santamaría
Fecha publicación: 24.09.2007
Los orígenes orientales de la civilización de Occidente.
John M. Hobson, Trad. T. de Lozoya.
Crítica Ed., Barcelona, 2006. 491 páginas.
Es propio de los estudios junguianos la tendencia a la comparación antropológica e histórica para argumentar la existencia de un inconsciente colectivo, la psique de la especie. Jung se apoyó en los eruditos e historiadores de su tiempo, que llega hasta 1961, para llevar adelante esa tarea. La transformación experimentada desde entonces por las ciencias humanas ha influido notablemente en la historiografía, que se sirve de ellas como ciencias auxiliares. Esta influencia ha permitido aumentar la objetividad de los hechos históricos al delinear la subjetividad de los discursos acerca de ellos.
El libro de Hobson, un historiador de la economía, es un ejemplo claro de una historiografía liberada del “mito del Occidente primordial” que él se encarga de describir y desmontar. Construido entre 1700 y 1850, consolida la idea de un Occidente dinámico y racional frente a un Oriente inmutable e irracional al que llevar imperialmente la civilización, “la pesada carga del hombre blanco”, identificada con el capitalismo: “En el siglo XIX, los europeos se dibujaron a sí mismos como el sujeto progresivo de la historia universal pasada y presente, mientras los pueblos de Oriente fueron relegados al papel del objeto pasivo… los asiáticos como ‘pueblos sin historia’. Y al ver a los orientales como gentes incapaces de alcanzar el progreso, era axiomático que sólo Occidente podía llevar el don de la civilización a Oriente a través del imperialismo” . El paradigma de esa verdad se llamó Gran Bretaña. La realidad de los hechos es que “Oriente disfrutó del liderazgo del poder global intensivo y extensivo entre los años 500 y 1800, antes de que el péndulo se decantara definitivamente por el lado de Occidente en el transcurso del siglo XIX”.
En las casi 500 páginas de texto, Hobson va proporcionando los datos que justifican sus asertos. Desarticula una a una las tesis eurocéntricas que conforman la consciencia colectiva del Occidente actual y cuya fecha de expedición nos recuerda oportunamente el autor. Tales tesis se han levantado sobre la negación de todo aquello que Occidente ha recibido de Oriente para llevar a cabo su propia aventura civilizatoria, de la “cartera de recursos” que recibió gracias a la “globalización oriental” imperante desde el siglo VII por obra del Islam –“el Puente del Mundo a través del cual muchas carteras de recursos y mercancías orientales pasaron a Occidente entre 650 y 1800”– y centrada desde el XII en China, con el concurso de India a partir del XVI, para declinar en el XIX, cañoneras occidentales mediante.
Los “grandes descubrimientos” de Occidente quedan así situados en su justo lugar: “las únicas verdaderas innovaciones que introdujeron los europeos antes del siglo XVIII fueron el tornillo o rosca de Arquímedes y el cigüeñal o árbol de levas”. Técnicas agrícolas, industriales, científicas, económicas, jurídicas y políticas que se han presentado como creación de Occidente han tenido su origen en Oriente milenios, siglos o décadas antes, de donde fueron tomadas por unos pueblos subdesarrollados en continuas guerras desde el siglo IV.
El autor da noticia de las técnicas más importantes según los grandes periodos económicos. En cuanto a las “tecnologías agrícolas que permitieron la aparición del feudalismo europeo: molino de agua y molino de viento, arado de vertedera pesado, nuevos sistemas de aparejo de los animales y la herradura”, Hobson señala su origen oriental y sus vías de penetración en Occidente. Respecto al milagro industrial británico del XVIII, se ve la utilización de los medios puestos a punto en China entre veintitrés y siete siglos antes y desarrollados en Asia y África. Las instituciones económicas que se asocian al capitalismo italiano del XVI (contabilidad, letra de cambio, créditos, seguros y banca), estaban presente en los sumerios y persas sasánidas, aunque fue el Islam quien más los desarrolla, pues desde el IX hasta el XVIII asegura el mercado de China al Mediterráneo. Lo mismo ocurre con la navegación, las armas, los instrumentos científicos… Pero también la racionalidad que asociamos con la Ilustración europea: “Muchos de los grandes pensadores de la Ilustración (Malebranche, Leibniz, Voltaire, Quesnay, Wolff, Hume, Adam Smith) tomaron de China su preferencia por el ‘método racional’… Confuncio se convirtió en el santo patrono de la Ilustración”. Este “ciclo de Catay” dura desde finales del XVI a 1780.
Hobson se ocupa de los discursos denigratorios de Occidente contra Oriente, empezando por la “amenaza musulmana” para construir la identidad de Europa como “Cristiandad” , que santifica el feudalismo medieval, siguiendo por el pretendido “despotismo oriental” a finales del XVIII, que justifica la penetración militar imperialista, y terminado por el racismo científico europeo del XIX, que puesto el práctica en los genocidios colonialistas conduce directamente al Holocausto judío del XX.
El autor demuestra la falacia que se esconde tras el actual neoliberalismo económico basado en el libre cambio como dogma, cuando “la política comercial europea llama la atención sólo por el predominio del proteccionismo sobre el librecambio desde el XVII hasta la segunda mitad del siglo XX (la década de 1960)” y nos recuerda que “ningún estado occidental fue democrático antes del siglo XX”. Conviene señalarlo en este momento histórico, en el que “librecambio” y “democracia” son las consignas que permiten a los poderosos agredir a naciones y pueblos en nombre de una pretendida superioridad de la civilización de Occidente y cuando, una vez más, se define como enemigo a la “amenaza islamista”.
Un libro refrescante de factura académica que desmonta muchos tópicos que están dificultando la comprensión de la historia universal y de eso que llamamos Oriente, una construcción imaginaria para el “autobombo” de Occidente.
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