Pan y la pesadilla.

Autor: Pablo Romero
Fecha publicación: 27.06.2007

"Pan y pesadilla" James Hillman.
Ed. Atalanta

"Así, cuando estuvo frente a Palodes y no había ni viento ni oleaje, Tamún, desde la popa, mirando hacia la tierra, dijo, según había oído: "el Gran Pan ha muerto". Aún no había acabado y se produjo un gran gemido, no de una persona, sino de muchas, mezclado con gritos de sorpresa."
Plutarco

Portada del libro,

Suetonio dijo del mito que nunca ha sucedido porque siempre es. En Pan y la pesadilla James Hillman se sitúa en la estela de esa intuición: la vigencia radical del relato mítico. Los mitos y las leyendas no son recuerdos de otros modos y usos sociales, ni escapismos arcaizantes para distraernos de la vida moderna y envidiar con condescendencia a los hombres de otras épocas. El mito sigue teniendo relación con el drama humano, continúa sugiriendo el corazón de la realidad, y se sitúa, en pleno siglo XXI, en la encrucijada de la antropología, la psicología, la hermenéutica y la historia de las religiones. En Pan y la pesadilla James Hillman nos sugiere que hay un politeísmo de la conciencia, una región psíquica que podemos explorar tomando como referencia los mitos. Partiendo de la obra de Jung considerará que la psique es un modelo fragmentario, un mundo lleno de voces, de facciones y potencias con las que el hombre debe aprender a pactar. Y en la psique está Pan, una fuerza ebria que nunca desaparecerá.

El Gran Pan no ha muerto. James Hillman nos confirma que sigue vivo en la era del ciudadano responsable, el homo sociologicus que interioriza las normas sociales y las reproduce, aquello que Marcel Mauss denominó persona moral. En las calles animadas por la multitud, en el silencio de las oficinas, hay un camino escarpado que sigue llevando al bosque salvaje de los cuentos. A través del pánico, la masturbación, la pesadilla y la ninfolepsia es posible alcanzar todavía a Pan y contemplarle cara a cara. Y esos gestos, marcados por el escándalo, son las vías regias que algunas personas emplean para conquistar de nuevo el mundo y el alma. En Pan y la pesadilla James Hillman devuelve con valentía a ciertas experiencias extremas su valor numinoso. No hay nada pagano en los raptos. También hay temblor en la teología cristiana oficial. Cuando Rudolf Otto describe la experiencia de lo sagrado distingue entre un mysterium fascinans, que cautiva y embelesa, y un mysterium tremendum, que sobrecoge y provoca en la persona un estremecimiento. Pero Pan es más que una sombra que hace temblar al hombre, más que ese doble prodigioso que recorrió la literatura del siglo XIX, traicionando la fragilidad de la conciencia, y que se llamó doppelgänger, William Wilson o Mr. Hyde. Es también la función psíquica que enciende la naturaleza exterior, traspasándola de vida, dando a cada roca y a cada bestia una voz salvaje. Y es, al mismo tiempo, el brote primario y desordenado de la naturaleza en la propia psique del hombre. Y un sanador que cura en sueños, como demuestra Hillman.

Había un bosque y estaba animado. Había ninfas, y Pan bailaba con ellas, y al acariciarlas temblaban. Plutarco cantó el final de ese mundo. La ira de Pan ante la naturaleza profanada explica, según Hillman, la violencia de algunas acciones humanas. Podemos citar como ejemplo el caso del ecoterrorista Theodore John Kaczynski, más conocido como Unabomber, actualmente encarcelado, que escribió un manifiesto anarcoprimitivista y conoció el rostro de Pan cuando afirmó: "La Revolución Industrial y sus consecuencias han sido un desastre para la raza humana (...) abogamos por una revolución contra el sistema industrial. Esta revolución puede o no usar la violencia: puede ser súbita o puede ser un proceso relativamente gradual abarcando pocas décadas (...) Su objeto no será derribar gobiernos, sino las bases económicas y tecnológicas de la sociedad actual)". El deseo animal de revivir la naturaleza muerta corresponde a Pan. ¿Cual es la naturaleza de ese furor? Jung llamó enantiodromía al retorno violento de lo reprimido, al regreso de aquellas potencias de la psique que han sido encadenadas y olvidadas. La obra de James Hillman confirma que los dioses más viejos regresan con una fuerza terrorífica. Aunque en Pan y la pesadilla sólo se alude superficialmente al terrorismo ecológico estas anotaciones tienen el valor de una iluminación. Permite vislumbrar que la ciencia de los arquetipos acaba de empezar, que puede trascender lo psicológico y puede aplicarse a las sociedades, una intuición que Gilbert Durand desarrolló en sus mitoanálisis, y que sociólogos como Michel Maffesoli han intentado aplicar, aún de manera incompleta. Quizá es injusto exigir a James Hillman que dé ese paso, teniendo en cuenta su formación como psicólogo, pero es inevitable preguntarse cuándo tendrá lugar esa ampliación del campo de análisis que sugiere con tanta frecuencia en sus obras.

Pan y la pesadilla es también es un libro sobre los sueños, sobre la noción clásica de pesadilla. La psicopatología moderna aún no ha conseguido explicar este fenómeno, habitualmente etiquetado como parálisis del sueño, un estado intermedio en el que se producen con frecuencia alucinaciones, y que muestra las huellas del dios-cabra. James Hillman señala el valor superior y terapéutico de las pesadillas, su relación con la autoconciencia, pero no profundiza en el análisis imaginal ni ahonda en el caudal de imágenes que describen a lo largo de la historia este estado intermedio. Es comprensible y hay que disculparlo: la figura de Pan, huidiza, mercurial, visible siempre a medias entre los árboles, exige un paso apresurado, y Hillman dedica tanto tiempo a rastrearla en los raptos de los violadores, en la masturbación o en la persecución de ninfas como en los sueños. No obstante, Pan y la pesadilla incluye, además del ensayo de Hillman, un tratado brillante del siglo XIX sobre la pesadilla, Efialtes, de Wilhelm Roscher, injustamente olvidado, como hoy son olvidados y mal comprendidos (pero sobre todo envidiados) Bachofen, Frazer, Weber o Müller, por su vinculación con el evolucionismo y el esfuerzo titánico de su imaginación, reivindicado por Hillman.

En Arte y anarquía Edgar Wind afirma que el hombre ha desarrollado en nuestra época la habilidad de captar los aspectos exteriores de la obra de arte sin entrar en contacto con sus fuerzas imaginativas, llegando incluso a veces a evitarlas por completo. No se trata de un comentario aislado o de una crisis que afecte sólo al arte moderno o a la museología: la cuestión de la muerte de la imaginación trasciende la esfera del arte. El valor de la obra de Hillman está en su oposición firme a esta deriva, en su esfuerzo por devolver a la imaginación humana la dignidad que merece, su capacidad visionaria. Su recorrido por la psique es una preparación ritual para un encuentro directo con las fuerzas imaginativas. Y el dios Pan, si recuperamos la capacidad de temblar, puede convertirse en un guía a través de esos paisajes, del mismo modo que su padre, Hermes, guiaba como psicopompo las almas hasta los infiernos.

Cambiar tamaño
del texto
Reducir tamaño del texto Aumentar tamaño del texto