Adolescencia y trastornos de la alimentación, el principio análitico de le enfermedad que cura
Autor: Mª Pilar Quiroga Méndez
Para la psicología analítica la enfermedad, el síntoma, es el resultado del esfuerzo que el sistema psíquico individual y colectivo está haciendo para curarse o equilibrarse a si mismo según principios inscritos en su naturaleza; aplíquese este punto de partida a la comprensión de cualquier enfermedad o síntoma psicopatológico y se encontrarán nuevos e interesantes significados. En otras publicaciones he señalado reiteradamente como ese descubrimiento es uno de los aspectos centrales de la psicología analítica para el campo de la psicoterapia y de la comprensión humana (Quiroga 2002). La búsqueda de este proceso en cualquiera de las enfermedades psíquicas, siempre nos sitúa en un lado absolutamente opuesto y radicalmente nuevo respecto al que se describe desde otros modelos psicológicos. La pregunta es ¿Qué puede estar buscando un sistema psíquico que se enferma hasta destruirse?, o ¿Qué puede haber de curativo en desarrollar una obsesión por la alimentación capaz de destruir la propia vida? ¿ A que está respondiendo esta salvaje forma de aniquilación física?. Efectivamente, el proceso parece una locura, y un absurdo este tipo de planteamiento. Sin embargo continuar en un esquema analítico, supone pensar que hay algún elemento de salud, de búsqueda de equilibrio o alguna finalidad necesaria para lo psíquico en esta aparente forma de locura autodestructiva. Seguir este esquema analítico nos lleva a entender este proceso y poder proponer soluciones y campos de intervención alternativos, que sin negar los actúales ni pretender ponerse en su lugar, puedan aportar elementos de discusión desde una visión y referente epistemológico diferente. La complejidad, multicausalidad y necesidad de intervención en este grave trastorno, nos faculta para intentar asumir distintas perspectivas, así como novedosos espacios de integración.
Pero ¿Qué es lo que desea curarse?, ¿Qué pretende reequilibrar la esta enfermedad?. Una tendencia social a comer desaforadamente en contra del objetivo estrictamente alimenticio del instinto inscrito en la naturaleza, una fuerte extraversión cultural y personal que niega los principios sanamente individuales e introspectivos, una tendencia a ignorar aspectos internos que se ven obligados a aparecer en el exterior para compensarse, la tendencia de las madres en un camino que les ha sido en una parte impuesto y ajeno, la tendencia a ignorar aspectos inscritos en la naturaleza como la procreación o aspectos no racionales como el mito y la intuición, la necesidad de vida espiritual, y el dominio de la razón frente a cualquier otro tipo de conocimiento, desconociendo hasta el extremo cuales son los elementos de los que se siempre se ha nutrido y se nutre el alma humana. Estos y otros serán los elementos que persigue equilibrar un sistema psíquico que se ve impelido a rebelarse o a ser aniquilado en su esencia y en su tendencia a la completud
Sociedad opulenta y sociedad emergente desnutrida
la respuesta rebelde del instinto saturado
Existen millones de personas que comen más de lo que necesitan y más de lo que pueden asimilar, estamos creando una sociedad de obesos (13, 8% de la población española mayor de 18 años), enfermedad que es ya denominada epidemia del siglo XXI por la OMS. En la actualidad, el 60% de los 285 millones de ciudadanos estadounidenses padece sobrepeso. En Latinoamérica las cifras de población con sobrepeso tienen especial relevancia en Uruguay con un 62,50%, Argentina con un 57,80%, Colombia con un 53,00% y Chile con un 46,90 %. en España un estudio sobre los costes económicos y sociales de la obesidad en nuestro país, así como sus patologías asociadas, realizado por el Gabinete de Estudios Sociológicos Bernard Krief. Según el citado estudio, algo más de dos millones de personas, entre 35 y 60 años, padecen esta enfermedad, afectando en un 58% a las mujeres, y en un 42% a los hombres. El porcentaje de adolescentes obesos se ha triplicado en los últimos 20 años.
Mientras, en la sociedad emergente de los adolescentes se acumula el riesgo de padecer un trastorno de la alimentación, enfermedad que ocupa ya el tercer puesto de incidencia en esta población (la primera es el asma, y la segunda, curiosamente la obesidad). Ahora, aproximadamente, una de cada 100 adolescentes de entre 14 y 18 años enferma de anorexia, mientras que un 2,4% desarrollará bulimia. Morandé comunicó en 1999 los resultados de estudios realizados a una población joven (edad media 15.05 años) de hombres y mujeres: sus cifras en el grupo de mujeres eran de 0.69% para Anorexia nerviosa y 1.24 % para Bulimia nerviosa; y una incidencia de Trastornos de comportamiento alimentario no específicos del 2.76% entre las mujeres. En el año 2000, Pérez Gaspar y colaboradores comunicaron la existencia de anorexia nerviosa en 0.31%, de bulimia en el 0.77% y de trastornos de comportamiento alimentario no específicos en el 3.07% en una muestra de mujeres con edad media de 15.48 años. Teniendo en cuenta estos últimos datos más optimistas que los anteriores, y extrapolándolos al total de la población femenina entre 10-18 años, en España (1.592.251 personas según datos del Ministerio Educación y Ciencia del Curso 1999-2000), posiblemente la población afecta superará las 66.000 adolescentes. Casi 5000 adolescentes femeninas padecen una anorexia nerviosa, más de 12.000 sufren bulimia y cerca de 49.000 presentan un trastorno de alimentación no especificado.
Esta realidad ya conocida esta sujeta a múltiples interpretaciones, y diferentes causalidades. Desde la psicología analítica y desde las ciencias naturales un instinto saturado creará automáticamente su contrario. No es una situación natural para el ser humano acceder a toda la comida que pueda consumir, sucediendo esto además en un acto absolutamente escindido del esfuerzo por conseguirla. Comer no es un proceso natural para el sujeto humano, en la actualidad, se ha convertido en un acto de compra totalmente mediatizado por mecanismos de producción que no tienen en cuenta el envenenamiento real que pueden estar produciendo en los individuos, así como el paralelo envenenamiento del planeta.
Un grupo social que come hasta matarse, provoca la existencia de un grupo de población que no come hasta matarse. En el medio de estos extremos millones de individuos participan de ambos lados, derivando hacia un extremo o hacía otro; en la bulimia observamos como en el cuerpo de una persona se escenifican estas dos realidades opuestas sin posibilidad de consenso
El instinto que no cumple su objetivo de nutrir, de hacer crecer, es un instinto equivocado que destruye en vez de dar vida. Lo externo confunde al instinto de forma que este no puede transitar relajadamente cumpliendo su objetivo de dar vida. Comer es un instinto que ya no puede permanecer en el silencio, de la función fisiológica, o cercano a ella. Quitándole su espacio natural, mediatizando la alimentación, saturándolo hasta el extremo o queriendo modificarlo para el ajuste capitalista de los modos de producción, hemos conseguido que se rebele. Como respuesta al envenenamiento social aparece el instinto contrariado de la deprivación alimenticia, un trozo de naturaleza que se equilibra en su contrario dejando víctimas, grandes grupos de población a ambos lados.
Este mundo nuestro extravertido,...
la compensación rebelde de la función impuesta
Estamos en un mundo en el que tiene un gran peso el componente extravertido, todo empuja hacía afuera y todo parece indicar que este movimiento forzado hasta el extremo tiene costes psíquicos importantes. La identidad es una identidad excesivamente social, los modelos de identificación son propuestas desde fuera, y el movimiento que se nos demanda es extravertido sin ninguna posibilidad de consenso con nuestro yo. Si no hay interioridad capaz de matizar lo social, si no hay espacio para lo colectivo interno, ni para los caminos de desarrollo individual, ese movimiento hacia fuera se verá compensado por una fuerza equivalente forzando la tendencia opuesta
"Ser para afuera", la valoración social de la delgadez.
En un momento donde los criterios de formación del yo pasan sin duda por la asunción de los patrones culturales, las adolescentes se encuentran en el difícil lugar en el que se juegan quienes son y que posibilidades tienen de ser (Josselson, 1980). Ser valoradas, la valoración femenina, implica como elemento fundamental lo corporal; poseer un cuerpo donde se puede colocar toda la iconografía de este tiempo, moda, glamour, y sus fetiches correspondientes. La industria de la moda, el vestido y las tendencias, hacen una apuesta sin paliativos por modelos de delgadez extrema. Los ideales estéticos que nunca han sido tan variados y aparentemente libres como ahora; solamente hay un aspecto común e innegociable para acceder a estos objetos y a esta entidad de culto de modificar la apariencia, y verse moderna o atractiva; para todo ello el requisito imprescindible es estar delgada. Cualquier mujer se da cuenta de cómo esta realidad influye muchos aspectos de su vida cotidiana. Cualquier mujer puede observar la distancia que existe entre la percepción objetiva de su cuerpo y la comparativa que se le devuelve desde las imágenes que se le exponen como modelos.
En un tiempo donde todo parece posible, la belleza se ha convertido en otro elemento capaz de crearse, por lo cual el mensaje es que no hay lugar para la resignación. Todo se soluciona con la voluntad, y la infinita flexibilidad de un ser humano. Ya nadie se pregunta cuales son las características básicas de la naturaleza humana, que es imposible violentar, o al menos violentar sin costes (Pinker, 2003). La negación moderna de estos principios se observa desde diferentes perspectivas: personal, fisiológica, social o ecológica. La era tecnológica que hemos inaugurado nos empuja lejos de nuestro mundo instintivo, nos lleva a no hacer caso a nuestros instintos ni a nuestro cuerpo; las adolescentes no pueden acceder a este conocimiento, porque sus madres tampoco lo poseen. Esto significa que el cuerpo, finalmente tomará su venganza, con síntomas que intenten guiar nuestra atención a algún problema sin resolver.
Toda mujer es susceptible de alcanzar la apariencia que desee, una apariencia que sospechosamente siempre se remite al elemento común de estar más delgada. Las demandas para conseguir estar mejor físicamente se han "democratizado peligrosamente" y los riesgos se han multiplicado. Por primera vez hablamos de riesgos vitales para las mujeres, y riesgos para el bienestar físico y psíquico para muchos millones de personas, que todavía no somos capaces de valorar, pero que intuimos. Ese cambio físico que está al alcance de todas, somete a las mujeres a una agotadora presión y a continuas demandas y ofertas para mejorar la apariencia. Esta mejoría supone fundamentalmente estar más delgada, en el caso de que esto no se consiga, la única opción para la mujer es la de sentirse culpable, negar la presión, esconderse en su familia, y asumir que ella es la única responsable de no poder estar como la sociedad le demanda, y como ella misma ha interiorizado que tiene que estar. Salirse del campo donde se dirime el atractivo físico, salirse de la actitud extravertida, hacía espacios vitales diferentes no siempre es posible ni aceptable para una mujer; significa sentirse vencida y no valorada, raramente se estará dispuesto a no luchar por la valoración en la época adolescente.
Los iconos que se proponen como figuras de identificación, muestran una delgadez extrema, contraria a la salud, a la normalidad fisiológica, y al bienestar. La unión que sistemáticamente aparece en los medios, de esas imágenes con todos los rasgos de deseabilidad social que puede necesitar una adolescente, hacen de este grupo de población, el más sensible a estos mensajes. Situados al margen de la vida adulta, y preparándose para ingresar en un mundo difícil y competitivo, constituyen uno de los grupos marginales más vulnerables. Necesitan una sobreimplicación con los valores sociales imperantes, para situarse en la cultura donde necesitan incorporarse; estar delgadas es sinónimo, o así aparece en los medios, de triunfo social. Las adolescentes son las primeras víctimas de este engaño, se trata de alejarse forzando la actitud extravertida, del personal e individual camino de individuación, se trata de polarizarse en un exterior que asegure el reconocimiento externo, aunque el precio será sin duda la desunión consigo mismo, el riesgo de no realizar la doble adaptación, volcarse hacía el exterior radicalmente supone que más tarde o más temprano lo interno se rebelará en forma de sabotaje haciendo que las sombras de lo interior aparezcan amenazantes, y forzando un camino de interiorización por medio de diferentes síntomas y complicaciones.
La rebelión de la ninfa y el modelo social.
¿A quien queremos parecernos?
Podemos ser lo que queramos, con desprecio absoluta por nuestra naturaleza, ahora bien: ¿Por qué lo que queremos es este modelo de mujer de tan extrema delgadez en vez de otro?, ¿De donde surge esta propuesta? ¿por qué se ha instaurado esta alternativa con semejante fuerza y poder de seducción?, ¿Donde radica la imagen en el corazón del hombre que ha sacado a la luz una mujer tan radicalmente delgada?¿A qué se parecen esas imágenes?,¿Qué significan?, ¿Qué nos tienen que decir?,¿Qué intentan compensar? Esas imágenes surgen del inconsciente de los hombres y prenden con fuerza en amplios grupos sociales que las asumen sin crítica, las interiorizan como si realmente fueran los únicos, validos, buenos, y correctos modelos posibles ¿Qué está encajando tan bien para que esas figuras de mujeres escuálidas se conviertan en los modelos de identificación, la meta hacía la cual hay que dirigirse?, ¿Cual es el mensaje que traen, para completar la consciencia?¿Que están intentando compensar?
Observando con atención las imágenes de la publicidad, vemos cual puede estar siendo la propuesta imaginaria del inconsciente: Mujeres, niñas, sin fuerza, desvitalizadas, pasivas, sin posibilidad de dar vida, mujeres ninfas, de mirada perdida, desmadejadas, evanescentes, vulnerables, desnutridas, sin posibilidad de imponerse, desvalidas, sin signos de feminidad adulta. Mujeres con características imposibles de poseer, y aparentemente poco recomendables porque representan modelos enfermos, e imposibles.
La demanda social actual para la mujer que nadie pone en absoluto en duda es que la que indica, sin ningún genero de dudas que las mujeres son fuertes, han e incorporarse a la vida laboral en igualdad de oportunidades, han de ser pequeñas ateneas conquistadoras del mundo y de la libertad sexual, de poder decidir por si mismas, es necesario que la mujer tenga más presencia social y en los grupos de poder y de decisión, mujeres que han de poder elegir y situarse con contundencia en el mundo. Sorprende que ante todas estas demandas, el inconsciente responda con figuras que significan exactamente lo contrario, parece que es ese otro aspecto, el de ninfa desvalida el que se ha quedado atrás, parece que el inconsciente intenta equilibrarlo, y parece que ha de ser necesaria esa compensación cuando prende con tanta fuerza entre la mayoría de las mujeres.
Una adolescente estudia y trabaja para ser independiente, sabe que puede ser difícil para ella triunfar y por eso se prepara para ser fuerte; paralelamente se ve seducida por la imagen de ninfa desvalida de los medios de comunicación, evanescente y desnutrida. Seguramente el yo debería llegar a algún acuerdo entre estas dos imágenes, sin embargo lo que ocurre es que utilizará la fuerza de voluntad, y la fortaleza de la primera (lo que le han dicho que ha de ser)para asemejarse a la segunda (lo que la publicidad le muestra que debe ser), con grave riesgo para la vida de ambas. El arquetipo se demostrará de nuevo más fuerte que la consciencia; aunque la demanda social es de fortaleza, la proyección del inconsciente haciéndole una trampa, le ganará la batalla. Si consigue adelgazar hasta donde la ninfa le propone, estará enferma; si no lo consigue seguirá intentándolo con su recién estrenada fuerza de voluntad. En medio el ser humano que tendría que crecer en armonía con ella misma y con su mundo se está viendo abocado a la destrucción, parece que este ser humano necesitaría llevar con ella a la ninfa hacia el mundo para no verse sorprendida por ella cuando los cantos de su cultura pretenden haberla dejado atrás. La imagen primordial, las ninfas siempre vencen, han aparecido para compensar la consciencia y tienen tanta fuerza al menos como ella. Aunque en la lucha de la enfermedad quien en realidad pierde es el yo, pierde la consciencia que ha perdido el automatismo del instinto de alimentarse y nutrirse, y que se ve abocado a una lucha sin cuartel entre dos lados en rebelión y en conflicto permanente
Creo que la propuesta de mujer ninfa infantil y desvalida, también surge o se acrecienta como una proyección masiva del anima masculina, esas figuras etéreas, que luego los hombres dicen no querer en la realidad, son imágenes de mujeres que no tienen poder frente a los hombres, no exhiben ni poseen ningún signo de feminidad, no dan "miedo", y además están perfectamente dominadas , controladas y desvitalizadas; no pueden crear vida y no suponen ninguna amenaza, para un hombre continuamente amenazado en la vida real. Aquí el hombre de este tiempo aparece a su vez como un hombre con un ánima infantil, es el encuentro entre dos serenen los que no se dirimen aspectos de fecundidad ni de creación, el hombre crea y acepta una proyección infantil que le protege de la amenaza de la exuberancia femenina y de ser devorado por ella. La imagen de la diosa niña, ninfa, escuálida, infantil, sin atributos, excepto los de los pechos falsamente nutricios o ni siquiera; es el modelo de anima proyectada, la mujer que no atemoriza, la mujer débil, sin deseo, muerta o moribunda, con mal color, con aspecto desmadejado, proyección de un ánima en franca recesión ante la mujer real.
Parece que desde el hombre y desde la mujer es una respuesta coherente para el sistema psíquico estas figuras ninfa desvitalizada y escuálida de proyección masiva. Nos indican que la mujer debería compensar su animus, para que las figuras de su alma no se rebelen contra el y lo destruyan. Es una enorme e interesante paradoja como el animus de la mujer (energía de conquista de metas, activo y fuerte) queda utilizado y pone toda su fuerza para conseguir la imagen (imagen de desvitalización, y adelgazamiento)que lo aniquila como ser activo y fuerte, convirtiéndolo en fuerte para no comer, paradójicamente fuerte para conseguir ser ninfa, fuerte para conseguir ser débil.
El movimiento extravertido y su contrario
Comer es nutrirse del afuera, otro más de los elemento extravertidos de nuestra sociedad, el obeso se nutre del afuera y se sitúa en un espacio cada vez mayor respecto al exterior, cada vez necesita y va invadiendo más el espacio, de forma minimamente real pero profundamente simbólica, va perdiendo el control de su cuerpo en cuanto una masa antes de comida externa se ha colocado sobre él. Comer es no rechazar ninguna oportunidad que nos venga de afuera, ningún aspecto "externo", comer es ir incorporando todo lo que llega de fuera para nutrirnos como si todo fuera bueno. Comer es no poner el filtro del yo que de forma natural permite dejar pasar lo que nos nutre y lo que nos hace crecer, impidiendo el paso a lo que nos perturba o es ajeno a nuestra naturaleza personal. Ese es el mensaje implícito en el exceso y el abuso alimenticio de nuestra sociedad desarrollada. Comer por placer, comer como espacio de satisfacción fácil y gratificante. Comer como rendirse y estar permanentemente abierto a
No comer es volver a la interioridad, abandonar los espacios externos, el cuerpo también los abandona, quiere desaparecer del exterior en la anorexia, controla, no admite nada que venga de fuera, es el control total, es la introversión total, como un mecanismo de cerrar las influencias que afectarán al cuerpo y también a la mente, la anoréxica se encierra en si misma, se blinda al exterior, tanto como el obeso está blindado al interior. Ahora el comer es pecado, está condenado tanto como en el obeso es placentero. Ambos movimientos denotan un querer existir una necesidad de existir luchando contra "el otro lado". En ninguno de ellos hay una figura intermedia, una estructura, una función capaz de metabolizar los dos movimientos que apresan cruelmente a la consciencia, no existe nadie que pueda tomar las riendas del proceso, que pueda llegar a un acuerdo con la naturaleza y que logre poner en su lugar al instinto dejando que este se autorregule sin imponerle siempre un movimiento cerrado introvertido o extravertido.
La venganza de la naturaleza y el desequilibrio psíquico
La psicología analítica contempla la estructura psíquica como un sistema complejo que ha de vivir y equilibrarse en un espacio que es el resultante de atender a las demandas externas y a las internas. Los seres humanos hemos de dar respuesta a lo que el mundo, lo social, las exigencias de lo que nos rodea en el momento actual de nuestra vida, ejercen sobre nosotros; pero ese solo es un lado. Hay demandas internas, a las que estamos tan sujetos como a las externas; son requerimientos que tienen relación con nuestra naturaleza, instintos, demandas evolutivas de desarrollo, y presencia de estructuras arquetipales que funcionan como redes esenciales de estructura psíquica interna. Ignorar alguno de estos lados o la polarización en uno u otro, descompensa la personalidad creando todo tipo de sintomatología psíquica. Es el espacio intermedio entre ambos mundos en el que los seres humanos han de dirimir su vida y han de descubrir el sentido y la vivencia única de su personal camino de individuación. Ese camino no está exento de peligros y dificultades, la observación de los trastornos de alimentación desde esta perspectiva nos ofrece una visión diferente, con matices característicos, a tomar en consideración.
En las mujeres enfermas con un trastorno de alimentación observamos una lucha sin cuartel, actualizada cada día, cada hora y cada minuto del día, con todo el sufrimiento correspondiente a las grandes batallas psíquicas. Es una obsesión, la que reina en el centro de estas personas. Pensamientos recurrentes, intrusos, que no permiten que la vida fluya con normalidad para un aspecto tan natural como la alimentación, sensaciones recurrentes de descontrol, y sentimientos de disociación y de angustia invaden continuamente la vida. En otros tiempos hubieran podido decir que un demonio se ha apoderado de ellas, porque lo que hacen, lo que piensan y la vorágine, el caos y el sufrimiento en el que viven, parece ajeno a la naturaleza, y también a su propia naturaleza. Además, no es algo elegido, y ni dedicándole todo el esfuerzo posible, pueden conseguir que remitan los síntomas. Ni con todo el esfuerzo parece que se pueda llevar a este demonio del descontrol a perder su poder, sumiéndose paulatinamente en la depresión y el desánimo. La perdida de las ganas de luchar contra un enemigo tan poderoso, aparece en todas las historias de enfermedad. La sensación de estar siendo dominado es común en este trastorno y podemos observar con claridad como efectivamente, el yo no es el dueño de su propia casa, ni de su propia vida; otras fuerzas toman el control. Desde fuera una demanda se impone, y desde dentro el impulso destructivo se hace presente. Aparece un maltrato desde ambos lados y la enfermedad se agudiza; entonces ya no hablamos de maltrato o de sufrimiento psíquico sino de un verdadero ejercicio de destrucción. ¿Qué está sucediendo para que ocurra tal batalla? ¿Qué ocurre para que ninguna fuerza personal sea suficiente para parar este proceso? ¿Dónde se sitúan los dos extremos interno y externo, en las personas aquejadas de un trastorno de alimentación?
El significante de esta polaridad, y por lo tanto los extremos de esta lucha residen en la respuesta a los patrones de perfección, patrones eminentemente masculinos que se están instalando en la sociedad industrial, presionando a las mujeres hacia su cumplimiento (Woodman 1982). La respuesta que las mujeres han de dar a las exigencias que las rodean, y la presión que ejercen los valores de la sociedad sobre ellas, tienen efectos negativos sobre su adaptación psíquica. Estos aspectos se configuran en torno a conceptos como el trabajo, el tesón, lo racional, y el éxito; a través de lo más tecnocrático, y todo desde una perspectiva de obtener una máxima perfección. Todo ello puede resumirse en la actualización obligatoria que impone nuestra cultura de vivir en torno a algunos delimitados patrones de perfección.
En el otro lado, en el lado interno y para escapar de esta alienación, se instala un polo instintivo, insaciable y adictivo, tanto como lo es el polo perfeccionista. Este polo instintivo, está tan lejano a lo que es un verdadero instinto, como está lejana la polarización en la perfección, respecto a lo que ha de ese un ser humano completo. Ambos son dos extremos enfermos que se dan respuesta entre si intentando compensarse, equilibrarse y por tanto curarse a si mismos, con resultados lamentables para el bienestar psíquico. Los instintos que de forma natural responden a un principio de saciedad, funcionan aquí de forma autónoma, no respondiendo al punto natural de saturación; parece como si quisieran llenar un vacío que no puede ser colmado. Es como seguir dos movimientos: de día, o desde el lado que las mujeres interpretan como sano o luminoso, responden a los mandatos de la perfección, (esto les parece normal, porque es el yo que está alienado con el exterior). De noche, o desde lo más oscuro, emergen poderes que destruyen todo mediante el demonio del caos (no se dan cuenta que comenzaron a hacerlo durante el día, y esta es solamente la respuesta). Es difícil renunciar a la senda de la perfección, una renuncia sería, en la fantasía del adicto, caer automáticamente en el otro lado que terminará destruyéndole. Si no hay una renuncia al extremo de la búsqueda maniaca de la perfección, no se desactivara el otro lado que esta respondiendo desde al naturaleza a la violencia que se le está infringiendo, y de la cual está siendo objeto. Mediante el control, rasgo esencial de la perfección, al menos tiene la sensación de poder dominar este fantasma. Dejar este control es arriesgarse a ser devorado por un instinto descontrolado, por el cual comerá desproporcionadamente hasta ser destruida; como si este camino disociado no estuviera destruyendo ya su vida.
Woodman señala como en su análisis de anoréxicas ha observado repetidamente esta estremecedora batalla entre la realidad interna y la externa, entre lo masculino y lo femenino, entre el ser y el hacer, entre lo inconsciente y lo consciente. La mayoría de las personas que sufren este problema son, mujeres jóvenes eficientes y sensibles cuya educación ha sido dedicada a obtener buenas calificaciones, y cuya sensibilidad ha sido agudizada hasta el punto que la vida ordinaria les parece desagradable, mezquina y burda. Esta autora expone un buen resumen de la batalla abierta en el interior de cada enferma:
"psicológicamente hablando, la energía esta encerrada dentro de un complejo, un área tabú que es a la vez prohibida y magnética, aterradora y divina. Ellas están obligadas a tomar contacto periódico con esta imponente energía, que hay en si mismas. Si al comida es el objeto tabú, comen hasta que el ego se rinde, se somete a la energía arquetípica con lo que esta puede liberarse. Si son sujetos anoréxicos, cumplen sus rituales con la comida y luego hacen gimnasia hasta que la "ligereza" toma posesión. Van hacía la luz y se sienten iluminadas por un resplandor interno (…), todos ellos se ajustan a un modelo totalmente esquizofrénico: un lado de la personalidad está en rebelión feroz contra la sociedad que los está privando de algo; el otro lado los está matando para conseguir la imagen de delgadez que la sociedad exige (Woodman, 1982) |
No hay confianza en lo instintivo, en que el apetito se regula de forma autónoma. Si no se controla al cuerpo y su loco instinto, este ingerirá toda la comida que pueda y nos destruirá. Al cuerpo hay que tenerlo sujeto, y acostumbrarlo, porque si no es así se convierte en un ser manejado por un perverso y continuo principio del placer. Este es un pensamiento habitual en las adolescentes con trastornos de alimentación; se acompaña de miedo, temor, inseguridad, y supone un alejamiento de la naturaleza, y de la sabiduría implícita en el sistema corporal. Estos pensamientos, proceden de un yo alienado con la perfección y el control, que exhibe una fundamental desconfianza de la naturaleza, desconfienza que no admite la homeostasis que implica una óptima regulación, donde lo placentero se vuelve displacentero cuando está colmada la necesidad, y al contrario. Este principio fundamental les es ajeno a las personas con trastornos de la alimentación, pero sería sin duda lo propio de un organismo vivo, autorregulado con el medio; como sistema de la naturaleza, el instinto no va a realizar acciones que lo destruyan, ningún animal come hasta destruirse.
Sin embargo este temor sí es una sensación emocionalmente cierta, y es innegable que la experiencia de las bulímicas corresponde a esta tendencia incontrolada a un apetito o apetencia devoradora sobre el que es imposible ejercer control. Es cierto, porque el polo instintivo no es ya un mero instinto natural que tiende a regularse y a respetar patrones naturales de saciedad. No, ahora el instinto es un trozo de naturaleza en rebelión; es el principio regulador de una experiencia de totalidad que está siendo atropellada. Es el garante de la completud que se está violando por exageración de un lado, su función es compensar la tendencia excesiva que gira hacia el lado opuesto. El riesgo de invasión del instinto sobre el yo es real, y así se vive y experimenta como angustia y temor. Efectivamente, la polarización en un lado ha preparado el péndulo para que se desplace con una fuerza equivalente, y de una manera equilibradora para la psique- naturaleza, hacia el lado contrario. Puede ser un movimiento equilibrador para lo psíquico, lo cual no significa que lo sea para el yo; que naufraga cada día entre dos fuerzas que terminan siéndole ambas igual de ajenas. La disociación que presentan estas pacientes, puede tener relación con esto, con la real poca participación que termina teniendo el yo en esta tragedia, tragedia que lo es por este motivo, de haber perdido el yo el lugar del consenso. El arquetipo de la gran madre representará este movimiento de venganza de la naturaleza, ahogando o destruyendo en un movimiento exagerado de compensación, las tendencias contrarias. Además, este cortar con la naturaleza básica, deja al individuo sin la base física para poder ser, con lo cual el temor no es solamente de ser invadido o aplastado o llenado hasta reventar; sino también un temor difuso, miedo básico, un vacío extremo, terror o deseo de desaparecer. En el sentimiento de una joven con trastorno de alimentación, el instinto es parte de la naturaleza y por ello es culpable de existir y de demostrar su presencia. Parece que para estas mujeres, ser naturaleza, ser parte de la naturaleza, es el problema. Solamente intentar ser perfectos nos redime de ser naturales, es decir imperfectos. Es evidente la rebelión del instinto que este comportamiento crea. Comen sin saborear, engordan o adelgazan sin sentido, y siguen presas de la continua e insoportable derrota cotidiana, que constituye este tipo de adicción. Viven la experiencia de un yo poseído por un demonio, y saben que están alienadas. La perspectiva jungiana nos indica que la adición no es solamente al alimento, la adicción es a la perfección.
Pero la proyección de lo perfecto es una trampa mortal para los hombres. La proyección de lo perfecto se hacía antaño sobre Dios. Solamente la religión y lo divino pueden aprehender la esencia de la perfección y de la plenitud. Esa proyección ha liberado siempre al ser humano de tener que cargar con más perfección de la que puede asumir, o de tener que proyectar este exceso en objetos que de ninguna manera pueden contenerla. Esta proyección en lo religioso, libera al hombre de promover una inflación del yo que pueda llegar a destruirlo; como afirma Jung, ocurrió con Nietzsche, y como ocurre con las mujeres poseídas por un trastorno de alimentación. La perfección, buscada y situada fuera de si mismo es sabia, le sitúa al hombre en el lugar correcto desde donde puede estar tranquilamente viviendo y trascendiendo en un camino regido por un principio de imitación de la figura divina. Pero ¿qué sucede cuando estas necesidades espirituales innatas no están estructuradas dentro de un sistema interpersonal, tal como podría ofrecer la iglesia? Seguramente, si el hambre espiritual no es alimentada por lo sagrado, es atrapada por cualquier objeto no preparado para ello.
Lo femenino y lo masculino, la fuerza del arquetipo
Cual es la razón por la cual las mujeres de este siglo se han alienado con los ideales de perfección. Cual es la razón por la cual las mujeres han perdido la conexión con los patrones de su propia naturaleza. La angustia de un cuerpo femenino deformado, es síntoma de un malestar común en la sociedad actual para una gran cantidad de mujeres; ellas buscan la perfección, ser como lo han decidido los patrones sociales imperantes. Pero con esta carrera se ha perdido el equilibrio que podría restaurar la calidad de vida. El principio del extremo racional, debe de ser equilibrado por el femenino.
Los principios masculino y femenino, según señala Jung, corresponden a la estructura arquetipal humana (CW, 9ii, 24), y fueron llamados por este autor creador de la psicología analítica, los arquetipos del anima y del animus. Cuando la mujer se sitúa en la búsqueda de objetivos masculinos, como pueden ser los de la perfección, el orden, el control, éxito, dominio, triunfo, se convierte en una mujer desposeida de su feminidad, una mujer alienada en su principio masculino. El principio femenino y masculino proviene de ambos arquetipos y aparecen, en respuesta y compensación a los elementos culturales colectivos, y también en una perspectiva personal. Lo masculino, cuando se separa de lo femenino, tiene una vida propia, y lo mismo sucede con lo femenino separado. Esta disociación produce daños. Los daños suponen la desconexión con la naturaleza y con la sabiduría de nuestros propios instintos. Este fondo humano, instintivo, vida psíquica interior, que se representa en una variada y rica simbología se conoce como el arquetipo de la gran madre. La ruptura con esta figura está en el centro de la desvitalización y del sacrificio del amor, la profundidad y lo principios saludables de la vida, a cambio del poder. Esta renuncia está en el centro de la adición a la comida, o trastornos de alimentación
Los principios femenino y masculino no tienen que estar encerrados en un cuerpo masculino o femenino. El principio masculino vive dentro de la mujer, al igual que el femenino lo hace dentro del hombre, es una diferenciación psíquica más que biológica. La masculinidad y la feminidad, funcionan como dos principios psicológicos, la vida es un continuo intento de equilibrar estas dos fuerzas. La maduración implica que el péndulo no se desplace fuertemente hacía un lado, porque después volverá con fuerza hacía el otro. Identificarse con uno de los polos, nos lleva automáticamente a sumergirnos en el opuesto, por esa ley de energía psíquica que apela al principio griego de la enantiodromia. Debemos ir, como seres humanos que somos por el espacio intermedio, apartando y asimilando el par de opuestos, y viviendo en el estrecho margen del centro, a salvo del canto de sirenas que nos seduzcan hacía algún lado. La finalidad es hacer ese margen cada vez más ancho, más transitable, y más propio, para nosotros mismos, con los opuestos siempre a cada lado. La historia de la anorexia y de los demás trastornos de alimentación, y la experiencia de quien lo sufre es exactamente la contraria; el margen se reduce al mínimo, no hay libertad de acción, ni de pensamiento, ni de opción. La vida se reduce al insoportable margen de la tentación y la culpa. Hay una alienación, con uno de los lados en un intento frenético de situarse al margen de lo imperfecto, mientras que del otro lado la venganza se cumple cada momento, la necesidad de no existir se va imponiendo al fin, en forma de destrucción.
Lo femenino está siempre afianzado en los instintos naturales, de modo que no importa cuan espirituales lleguen a ser, siempre estarán al lado de la vida. Las mujeres polarizadas en un principio masculino viven y trabajan seguramente con gran éxito, pero con unos costes físicos y psicológicos a veces enormes, y con el riesgo real de que su otro lado, reino de lo instintivo se sitúe en una franca oposición a su quehacer consciente. Así se ven abocadas a la perfección, pero luego no hay un yo que retorne a los ciclos naturales de los que también se nutre lo psíquico. Es muy difícil ser perfecto sin ser humano, ese parece ser el objetivo que niega los principios de la naturaleza y de la supervivencia. El yo solo puede ser suficientemente fuerte si tiene el apoyo de la sabiduría del cuerpo, si se empeña en saber más que el o de sustituir su función, entonces gastará más energía de la que tiene. Entonces obturará el lugar del que surge la energía, y terminara destruyendo la sabiduría innata de su cuerpo, por imponerle un conocimiento que le es ajeno por ser de la cabeza, de la ambición y del afuera. Ese conocimiento que no cuenta con la naturaleza de lo corporal no es nunca sabio, gracias a el llegamos a creer, en palabras de Perls, que es necesario "empujar el rio". La sabiduría del cuerpo está en contacto pleno con los instintos, sin ese intercambio el espíritu está siempre atrapado y perdido. Aunque tratamos de erradicar la naturaleza, esta se impone siempre. El drama de las personas con trastornos de alimentación es este, la destrucción del sustrato de su naturaleza por la necesidad imperiosa de la perfección, esta alienación hacia principios de falsa masculinidad, han dejado al espíritu perdido, socavado por el temor; no puede depender de su sustrato naturalmente instintivo ni siquiera para sobrevivir.
El cuerpo es considerado un enemigo, y ninguna persona puede sobrevivir sin la naturaleza que la sostiene. Lo realmente cierto, en cuanto es una experiencia real de estas jóvenes, es que viven permanentemente en un estado de guerra interna, donde habitualmente son derrotadas. Un lado esta posicionado en mantener el cuerpo de una determinada forma, y otro lucha por violar esa norma impuesta, la derrota está en todas las opciones que se le presentan: si no come sabe que morirá, si lo hace será derrotada, e incluso puede también morir de desesperación y miedo. Es necesario que aparezca una tercera instancia que sea capaz de hacerse cargo de estos dos lados en conflicto, una realidad de orden superior que pueda integrar emocional y vivencialmente estas dos realidades. Ese tercer lugar tendrá que ser el lugar de una nueva consciencia. Si permanecemos como terapeutas alienados en alguno de los dos lados donde ellas ya están, habrá un resultado de vencimiento o de derrota para alguna parte. Buscando la función trascendente nos situamos en un lugar de superación y real trasformación, lo cual no significa que no haya que hacer uso de todas las intervenciones y técnicas que han demostrado ser de utilidad. Lo único que cambia es la posición desde donde las miramos, y como las integramos con la evolución de cada paciente.
El reino de las madres
Todas las madres hacen lo mejor para sus hijos, las madres de personas con trastornos de alimentación también. Estamos lejos de esa corriente destructiva que intentó culpabilizar a las madres de las enfermedades psíquicas de sus hijos. Hoy sabemos que las madres tienden a cuidar a sus hijos y a hacer todo lo posible para procurar su bienestar. Aun cuando podamos observar casos que no respondan a este principio, lo más razonable es contemplarlos como excepciones. Sin embrago las madres de esta generación, en nuestro mundo aparentemente desarrollado, han sido probablemente distintas a las de generaciones anteriores.
Estas madres han vivido en un mundo diferente, un nuevo orden social que ha despertado en ellas la posibilidad de pertenecer a él activamente, con un modelo que hasta entonces se les había negado y les había sido ajeno. En este nuevo mundo se produce un dominio de los ideales masculinos de orden, racionalismo, ambición y éxito vital. Este modelo de triunfo masculino siempre ha existido en la historia, pero ahora por primera vez las mujeres pueden y deben, sumarse a esta demanda de acción, poder, éxito, riqueza y progreso. Muchas mujeres siguieron, este ideal, y muchas se volcaron sobre su lado masculino, sintiendo que habían descuidado hasta ese momento esas posibilidades que ahora por fin se les ponían a su alcance. Con ello se fueron perdiendo otros elementos en el seno de la vivencia familiar, elementos que tenían relación con la confianza en la vida, los instintos, la alegría de vivir, y la espontaneidad. La asunción de este modelo tecnócratico proclamado socialmente, aleja a las mujeres de la conexión con la naturaleza, que siempre les ha pertenecido y de la vivencia positiva de su cuerpo, como ese aspecto que encarna lo que escapa a la posibilidad de control. Esto no permite a su vez, relacionarse con comodidad con el cuerpo de sus propios hijos, que necesitan de este contacto para sobrevivir. Así, las madres de esta generación no han tenido una matriz de feminidad que fuera capaz de contener a su vez la estructura femenina de sus hijas.
Señala Woodman que por razón de esta alienación de madres e hijas a la polaridad de lo masculino, se producen respuestas confusas que crean incertidumbre. La lealtad a este principio masculino hace que los sentimientos hacia las madres sean tremendamente ambivalentes: hay una buena identificación de ambas con los ideales masculinos, junto con un rechazo de estos; existe una identificación inconsciente con una madre protectora y cuidadora de su hija, junto con un rechazo total de esta dinámica. Esta grave desvinculación con el elemento materno femenino, y con el arquetipo de la gran madre, ocasiona un sufrimiento psíquico en forma de indefensión, son mujeres que "no tienen los brazos protectores que las sostengan durante las crisis de la vida, no esta en ellas la primera matriz con la madre, sus existencias son precarias pues carecen de la sensación de la continuidad diaria (…)…buscarán esposos que les muestren un cariño continuo, con lo cual se casan para quedarse encerradas en al madre de la que querrían escapar. (Woodman 1982)
Con este aspecto inauguramos una perspectiva que desde lo social, se integra en lo personal mediante introyección de patrones externos, que influyen en las adolescentes. Pero en esta necesidad de perfección, violentando aspectos genuinos de la naturaleza porque no hay perfección humana sin control, solo es cuestión de tiempo que aparezca su revancha o los síntomas asociados a la alienación psíquica. La perspectiva analítica centra el origen de este fenómeno en toda la generación que nos precede, y en su asunción de aspectos ligados a la dejación de elementos femeninos. De nuevo es una pretensión de burlar la naturaleza, mediante la bipolaridad, lo que tarde o temprano demuestra su poder de destrucción al volver a su contrario. El yo en el centro ha perdido toda posibilidad de manejar su vida, fuerzas más poderosas han tomado el control, demonios que no son otra cosa que la perfección como deseo, y la naturaleza como negación. Los principios de lo femenino y de lo masculino luchando, mientras que el yo va desapareciendo en medio de esta batalla. Muchos somos adictos, señala M. Woodman, porque nuestra cultura patriarcal resalta la importancia de la especialización y la perfección. Haciendo lo mejor, tratamos de hacer de nosotros una obra de arte, trabajar duramente para crear nuestra perfección. Somos la disciplinada atenea, y nos vemos arrastrados por la voraz medusa, ambas están encadenadas, y nosotras en medio, entre diosas. En medio, la olvidada Andrómeda, encadenada y con peligro de ser ofrecida en sacrificio por el inconsciente.
Cuando la vida es dura, cuando las frustraciones cotidianas se acumulan, y el precio por haber salido al mundo, a la lucha, y a lo perfecto es un precio alto; se activa el otro polo que necesita ser cuidado o ser nutrido, descansar o alimentarse. Los excesos alimentarios, funcionan a veces como invocaciones a una madre positiva, una madre que asegura, nutre, vivifica, ama y da seguridad. Estas son vivencias habituales, trágicamente cotidianas que relatan las pacientes con estos trastornos: antes de procurarse la comida, la sensación de que "me merezco ser tratada bien", la comida parece una promesa de aparición de una madre positiva, y así sucede durante un breve espacio de tiempo, parece un ritual dirigido por el permiso para que un cuerpo, dañado y famélico pueda ser nutrido, se le pueda dar la seguridad y el placer de estar en un lugar bien contenido y bien cuidado. Pero esta sensación se convierte en lo contrario en cuanto se comienza el acto de comer. De la vida a la muerte en un rápido paso, lo que se fantaseaba como merecimiento, libertad, cuidado, fortalecimiento y seguridad, se convierte ahora en exactamente todo lo contrario. Para la psicología analítica podemos hablar de la alimentación de una madre que se convierte en la alimentación de una bruja. Mientras que esta mujer no comprenda que su madre introyectada no la puede alimentar, mientras que no se separe de esa madre interna que persigue aniquilarla, estará poseída por la bruja; una se convertirá en su contraria como si fuera una vivencia mágica. Solamente mediante la diferenciación de una y de otra podrá conseguir vivir su propia vida. Es necesario que nazca la consciencia, una función simbólica capaz de crear una nueva forma de nutrirse y de ese modo convertir un ritual de muerte en uno de vida
Espíritu y sacrificio en los trastornos de alimentación
Se habla comúnmente de la estructura obsesiva que sustenta el rasgo clínico dominante en al anorexia restrictiva, nos hemos referido también a la perfección; pero nada se ha señalado del factor de no conformarse, o de conseguir lo más, de ser lo mejor, o lo más difícil, elevándose sobre uno mismo. El rasgo obsesivo solo es el procedimiento, la forma característica y favorita de poder conseguir metas. La interpretación más profunda puede indicar la necesidad de lo perfecto, no solamente entendido como una nefasta necesidad de control, sino también de una profunda necesidad de renacimiento, espiritualidad y trascendencia. Se ha señalado que las mujeres con un fuerte trastorno de la alimentación pudieran ser las gnósticas modernas, en relación con la necesidad de elevación traducida erróneamente desde su cuerpo, como una verdadera muerte física. ¿Qué alimento espiritual está faltando o cual se está negando para poder conseguir ese estado de ascetismo y trascendencia? El alimento que mata, y la falta de alimento que también lo hace; crea un espacio donde la comida se hace símbolo de muerte, de negación, de envenenamiento; la comida como veneno que hay que expulsar o no hay que introducir. Todo ello, esta evitación de lo temido, puede ser que no explique del todo un fenómeno. Puede ser que no solamente se actúa por evitar lo malo, si no también por conseguir lo mejor. La finalidad, la meta, aparentemente consciente o no es formulada por muchas pacientes anoréxicas como la necesidad de hacer desaparecer un cuerpo que es materia, la necesidad es trascender hacia un realidad que no tenga ningún asomo de cuerpo material, esa motivación que se formula a veces de una manera muy cercana a lo religioso, no ha de quedar sin atención por parte del clínico.
Las adolescentes que caen víctimas de esta enfermedad, cuando no es claramente inducida por un medio social o laboral específico que presiona sin control sobre mujeres muy jóvenes, corresponden también con esas niñas que no se conforman. Niñas que no se quieren negar la posibilidad de ser lo mejor que puedan llegar a conseguir, niñas perfeccionistas, y voluntariosas, niñas que no solamente se acercan a los modelos sociales de referencia dejando de comer, sino que hacen de ese dejar de comer un camino que, con esos peldaños de referente social, se dirige mucho más arriba, a la búsqueda de un "ser distinta", y "ser mejor". El final no se ve con claridad cuando comienza el primer reto de ascetismo, las primeras veces lo único que existe es un espejo al cual no parecerse, pero conforme avanza la enfermedad pierde influencia el factor de la comparación, y da la impresión que existe una motivación más fuerte dirigiendo con pericia dramática este proceso. ¿Cuál es esa motivación que lleva a sacrificar la vida? Es difícil negarse a trasformarse cuando hay una fuerza que te empuja a ello, es difícil a veces para una adolescente no llegar a ser lo mejor que puede llegar a ser. Son las niñas que creen que todo puede ser posible, las más imaginativas, las más voluntariosas, las que tienen más riesgo de caer en esta terrible enfermedad. Ver la motivación, o las fuerzas que las lleva desde esta perspectiva, nos ayuda a entender mejor un proceso que ellas viven como liberador camino de desasimiento y altruismo extremo, pura accesis, y puro camino de trasformación y renacimiento.
Cuando situamos el problema de los trastornos de alimentación en la superficialidad de un trastorno que se ceba con las personas vulnerables, y con las mujeres que tienen mas riesgo de ser influidas por los medios de comunicación social, probablemente no estamos viendo la realidad de estas niñas, condenándolas y percibiéndolas como superficiales, cuando muchas veces sus rasgos de personalidad y sus trayectorias niegan completamente este extremo. No, no es la anorexia un síntoma de superficialidad, no lo es e incluso puede ser que sea todo lo contrario, pensar que todo es posible, atreverse a no conformarse, a cambiar, con la sola herramienta de su voluntad, y tender hacia la elevación, o desaparición del cuerpo mediante el ascetismo más radical, no es propio de personalidades superficiales.
Por eso considero que los planteamientos terapéuticos que no contemplan además esta realidad se pierde un elemento crucial para la comprensión de la enfermedad. Uno de ellos es la valoración del enfermo, al cual podemos mirar como el que quiere conseguir lo más noble, pero se ha equivocado en el camino, y quizás haya otras maneras de poder encontrar eso que con tanto afán busca, pero sin destruirse. La comprensión del movimiento que las lleva hacia una realización del ser en la cual pueden dejar su vida, nos permite poder entablar un diálogo con esa fuerza que las empuja, como en las conversiones más radicales, y con esa necesidad de no ser vencidas, ni corrompidas por lo desagradable, contaminado, mezquino y burdo en que se convierte el cuerpo. El comportamiento de un anoréxica, tiene parecido con el de esas vírgenes pétreas de las sectas que se inmolan serenas y confiadas en la seguridad de que se están salvando con su sacrificio, es ese elemento salvífico y de inmolación un aspecto sobre el que podemos tratar y salvar para la vida, porque contiene la semilla de la necesidad de renacimiento.
Las adolescentes que están muy enfermas, pierden los referentes sociales de comparación, apenas los utilizan; ellas mismas, y su propio proceso se convierte en el único elemento comparativo. La comparación es la desaparición, la posibilidad fantaseada de la desaparición del cuerpo. Efectivamente lo cultural propone, pero cuando las chicas enfermas de anorexia restrictiva están francamente enfermas y se dejan morir, no están aparentemente influidas por un icono social, no tienen ya ese tipo de referentes, no se acuerdan de ellos. En el caso de que en algún momento hubieran tenido influencia, los únicos patrones de comparación ahora son ellas mismas, de una forma delirante, extrema y totalmente distorsionada. Seguramente si todo de repente cambiara, si de forma mágica el prototipo fuera el de personas obesas, estas niñas-mujeres continuarían en una lucha hacía su propia desaparición. Parece como a partir de un momento, cuando la enfermedad está instaurada, hubiera pasado un periodo crítico en el cual ni siquiera lo externo actúa ya reforzando la enfermedad o lo patrones de imagen corporal. Da la impresión que es el proceso destructivo el que ha tomado las riendas, como si hubiera alcanzado vida propia y ya no estuviera ni siquiera en las manos de la enferma poder cambiar. Si realmente el único proceso fuera el de la comparación externa, tenderían a exhibirse, y sin embargo se tapan, tenderían a mostrar como un triunfo lo conseguido, y sin embargo se esconden. Parece que la delgadez, ya ha dejado de ser un asunto social, de percepción y valoración y se ha convertido, más bien en una lucha intrapsíquica, un tema personal, intimo, sin más utilidad que una espiral hacía la autodestrucción.
A favor de este argumento que va más allá de la interpretación que fácilmente se desliza en términos de superficialidad o influencia social, y por integrar en un discurso que no niega en absoluto los síntomas físicos y psíquicos y la eficacia de este tipo de intervenciones, quizás esta interpretación más holística, nos puede acercar a la comprensión real de los famosos diarios de las niñas, y a utilizarlos para reenfocar los aspectos que es necesario comprender y modificar. Es más importante ampliar el discurso explicativo sobre todos los elementos que poseemos, que reducirlos dejando en el camino muchos aspectos que podrían ser interesantes o útiles.
Pero, ¿cuales son los síntomas que intentan guiar nuestra atención a algún problema sin resolver?, y sobre todo ¿cual es el problema que pueden estar resolviendo las mujeres aquejadas de esta enfermedad? Un principio de evolución de la psicología analítica, indica que los seres humanos tienden a la completud según patrones inscritos en su propia naturaleza. El modelo jungiano es un modelo organicista, y teleológico que se mueve hacía un fin que contempla lo psíquico. Este movimiento es regulado y movido desde un inconsciente que ha estado siempre ahí como un sistema de funcionamiento psíquico heredado, en donde la consciencia solamente es el último descendiente de esta psique inconsciente. El desarrollo del hombre desde esta perspectiva es, esencialmente un natural despliegue de la vida humana y la energía psíquica un caso natural de energía vital. Desde la perspectiva vital, donde lo psíquico es un natural despliegue de naturaleza, los componentes de esas psique tienen autonomía y pugnan hacia el desarrollo como originalmente están prefigurados. La enfermedad sigue este mismo camino, y la labor terapéutica se sitúa en el manejo de los mecanismos de autorregulación. Para la psicología analítica los fenómenos psíquicos son fenómenos vitales con su propia autonomía y realidad (Quiroga, 1997), y la enfermedad y los síntomas solo se comprenden desde este mismo principio de naturaleza. En este esquema, y teniendo en cuenta la dirección del sistema psíquico hacia el desarrollo, en la enfermedad psícológica se encuentra un pedazo de psique sin desarrollar, pero que contiene todas las potencialidades necesarias para su desarrollo.
En ningún caso la enfermedad psíquica es gratuita o carece de sentido, es otra parte de nosotros mismos, que desde lo infantil o desde el pánico estamos queriendo excluir de la vida. En la disociación neurótica del paciente se encuentra una extraña e irreconocible parte de la personalidad que busca su reconocimiento; si es negada, obstinadamente insistirá en su presencia (Quiroga, 1997). Desde este punto de partida la pregunta puede ser más concreta ¿Cuál es el sentido de esta enfermedad?¿ Qué es lo que esta enfermedad esta queriendo excluir de la vida? La enfermedad de los trastornos de alimentación, es una batalla por la consciencia. En el cuerpo y en la psique de una adolescente con este trastorno, se dirime la consciencia que esta época esta empeñada en negar. Desde esta perspectiva más general, el síntoma anoréxico, que aumenta sin cesar en países industrializados, supone la paradoja de morir de hambre en la sociedad de la abundancia. La comida mata y envenena a las personas, el alimento se ha convertido en un factor que fascina e esta sociedad, un aspecto que funciona como catalizador de emociones, y que ha trascendido al valor de puro instinto. Alimentarse, para las adolescentes con trastornos de alimentación es envenenarse, su cuerpo no quiere asimilar la comida como veneno. Al otro lado de la psique de estas mujeres se sitúan las ansias por ser un ser humano tan limpio, y tan puro que no tenga que contaminarse con ese alimento envenenado. Según señalan algunos autores de la psicología analítica la fascinación irresistible sobre la gran mayoría de nuestra sociedad, que ejerce la comida, bien podría el símbolo que refleje la crisis central de la cultura del siglo XX. La crisis de fe, la carencia espiritual, sería el símbolo de una sensación genuina de hambre y de sed. Woodman explica lo que sucede en esta cultura con la comida y la bebida, como una manera de la gran madre de activar un nuevo patrón arquetípico, de generar una nueva constelación para compensar los engañosos ideales masculinos, y la perdida de los ideales espirituales divinos de nuestra cultura. Sería una activación desde el polo instintivo que equilibrara la enorme polarización, y la alienación consciente que sufrimos en nuestro mundo hacia el materialismo y la negación de lo espiritual en el hombre, negación, según Jung, que lo es de la propia y genuina naturaleza humana.
En una cultura como la actual, el aumento de las adicciones tiene relación directa con la pérdida de nuestro referente espiritual, así ocurre en muchos pueblos colonizados, que aumentan exponencialmente su población de adictos, en proporción directa con la pérdida de sus tradiciones. Nuestra cultura patriarcal resalta la importancia de la especialización y la perfección, somos adictos por reacción a unos mandatos ajenos a una parte importantísima de nuestra naturaleza que estamos luchando por expulsar de la vida. Cada día las mujeres se empeñan en hacer todo lo mejor, hay un mandato implícito de ser perfectas en sus vidas, una imposición que se convierte, en hacer de nosotros una obra de arte, y trabajar duramente para crear nuestra perfección. Pero la perfección de la mujer según está escrita en nuestra cultura no tiene relación directa con nuestro desarrollo psíquico, aparece como dificultad real, en los problemas para compatibilizar la vida familiar, en las trabas para tener hijos o para acceder al mundo laboral. Pero eso es solamente lo visible, de un problema más profundo en el cual los individuos son obligados conscientemente a ser mejores dentro de una rígida estructura, esa estructura va en contra de nuestro genuino desarrollo como seres humanos, y más agudamente en contra de las formas femeninas de desarrollo psíquico.
Muchas personas son impulsadas hacia las adicciones porque no hay un receptor colectivo de las necesidades espirituales, este es un pensamiento que la psicología analítica sostiene desde la creación de alcohólicos anónimos, su cofundador Bill Wilson escribió en 1961, una carta a Jung, de agradecimiento. Ya en este momento Jung había afirmado que la solución a esta adicción pasaba por la vivencia de una experiencia espiritual o religiosa: en resumen, una conversión genuina. Jung deslizó en su carta la recomendación de que situase en una atmósfera religiosa su curación y que tuviera esperanza. Para la psicología analítica, en un nivel de interpretación, la propensión natural hacia la experiencia religiosa es tergiversada por una adicción. Comienza para las mujeres con este trastorno, desde el inicio de la enfermedad una singular batalla por la comida. La necesidad de ser valorada existe, pero también el deseo de trascendencia entendido sin credo, como una difusa sensación, casi gnóstica, puesto que hay una negación de cualquier rasgo de encarnación. La sublimación que pretenden las anoréxicas es una batalla sin fin en la lucha por la consciencia. El complejo de la comida, parece una neurosis que empuja a las mujeres inteligentes a la consciencia, donde la comida es un fuerte catalizador emocional. La comida encierra todos los valores que se requiere sean negados, la comida se desprecia, significa contaminación y niega el camino hacía un indescriptible estado de pureza. La adolescente intenta modelar y crear un objeto, su cuerpo, que sea totalmente aceptable para una sociedad que paradójicamente desprecian, la comida les sirve como objeto negado, despreciado, contaminador, aspecto demoníaco que como tentación está siempre presente. La necesidad de cambiarse en pos de un objetivo de perfección, se convierte en la negación más radical de lo femenino, la naturaleza hace su venganza, que no es más que una búsqueda natural, que sin tener en cuenta a yo dirige lo psíquico hacía el equilibrio. El esfuerzo del yo para no ser desbancado es titánico, pero también inútil, la experiencia de estas pacientes lo afirma. Este yo está alienado con criterios de perfección, aspectos masculinos tan exagerados que es imposible pretender que vayan a ser asimilados por un sistema psíquico que se siente traicionado y destruido en su esencia por estas tendencias.
La negación a ser asimilados es el complejo, es la reacción por la cual los valores de lo femenino se niegan a ser contaminados por valores masculinos en el inconsciente, el cuerpo rechaza la asimilación de comida, como el alma se niega a integrar un impulso que es ajeno a su desarrollo psíquico. Es la reacción al opulento mundo que la rodea, la reacción a la alienación con un sistema parental, de iluminación, belleza, pureza, disciplina y control y la enemistad consecuente, hacia un cuerpo que por su naturaleza esta llamado a significar lo contrario, a crecer, a dar vida y a imponer sus propios ciclos. Ellas quieren que ese cuerpo se reduzca a lo mínimo o desaparezca, pues les recuerda continuamente lo sucio y grotesco de la materia. La comida encarna los falsos valores que sus propios cuerpos rechazan asimilar, el cuerpo inconsciente no tolerará la madre negativa, y tampoco lo hará el consciente. En palabras de Woodman, el "propósito creativo de la neurosis es conducir a la mujer a un enfrentamiento dentro de si misma con la madre negativa que su cuerpo femenino rechaza de modo natural. La madre negativa es una sustancia extraña, ajena, como el kilo de chocolates que se come antes de cenar, su cuerpo está exigiendo que se distinga a si misma de aquello para que pueda descubrir quien es ella como mujer madura, en esto consiste la curación y la llegada una nueva vida a la cual se la invita a incorporarse" (Woodman 1982). La finalidad del síntoma se comprende desde la presencia de una consciencia más integrada que lucha por hacerse un lugar en la estructura psíquica. En una sociedad moderna vemos encarnaciones de Atenea, mujeres liberadas aparentemente, que han dejado en el camino detrás de su aparente perfección muchos de los elementos de su naturaleza, que necesitan imperiosamente para su crecimiento. A menudo detrás de esas diosas modernas, nacidas de la cabeza de su padre, palpita algún tipo de adicción. Detrás vive, sin ninguna posibilidad de que desaparezca, la revancha de la gran madre, madre de naturaleza destructiva y telúrica, madre que destruye la vida invadiendo la consciencia. Ella está en realidad, compensando la perfección, la técnica, el racionalismo, y la búsqueda tecnocrática y desvitalizada de toda una generación. El camino hacia la perfección que las mujeres han desarrollado en nuestra cultura, es un camino con riesgo de destruirlas. Como Jung afirma en su obra, Respuesta a Job, tanto como la completud es siempre imperfecta la perfección es siempre incompleta, y representa un estado final desesperanzadamente estéril (11.620). La búsqueda radical de la perfección, que aparece en la adolescencia, destruye, con su esterilidad el camino hacia el desarrollo pleno, el camino a la totalidad que es el único que es afín a la naturaleza humana excluye la perfección, o más bien la incluye asimilándola como elemento esencial para dirimirse entre los contrarios, en un sentido que lleva hacia la imperfección del desarrollo completo (14, 610). Ir hacia lo máximo, negar la naturaleza es el trastorno de alimentación, la espiritualización extrema lleva la semilla de la destrucción. El progreso debiera hacer posible, no ir hacía un exaltado estado de espiritualización, sino más bien a una sabia autolimitación y modestia que equilibren las desventajas de ser menos Dios, con las ventajas de ser menos demonio (14, 610).
Las adolescentes se enfrentan a su propio desarrollo psíquico, en un mundo que no les ofrece valores reales de lo femenino compatibles con la psique, en su lugar le ofrece aspectos de feminidad, sin atributos y sin vida, perfección capaz de obtenerse mediante la voluntad, la lucha, el tesón y la batalla sin cuartel de la voluntad férrea. El sistema psíquico se rebela, las madres, no supieron dar a sus hijas, un modelo de feminidad con un cuerpo para sentir y trasmitir optimismo, felicidad y confianza en los ciclos naturales que siempre han estado ligados a lo femenino. En lugar de ello ellas mismas empezaban a estar presas de un modelo en el cual lo instintivo, lo no controlable, o no susceptible de ser perfeccionado era en esencia malo. Esas madres nutritivas no pudieron nutrir, y las hijas expulsan la necesidad de ser alimentadas y cuidadas, en forma de alimento, porque ese alimento se convierte automáticamente en un veneno. Es necesario que las adolescentes recuperen la conexión con su fondo natural y nutricio, para que separándose de esta madre alimenticia/madre bruja puedan hacerse con una forma nueva de renacer, crecer y transformarse. Es esa alma femenina enterrada, y dejada a un lado por el entronizamiento de los ideales masculinos la que se queda sin vida, y la que impone su reacción desproporcionada, elevando aspectos instintivos, a un nivel extraño a lo instintivo, dando energía para que un pedazo de pan se convierta sobreinvestido en un verdadero demonio de tentación. La gran madre se rebela, y los resultados no pueden ser más destructivos para la psique. La gran madre es un arquetipo de la naturaleza y por tanto no responde a ningún mandato del yo, inviste la comida, e impele en una búsqueda de equilibrio a las adolescentes a una negación radical de todo lo que es el alimento, lo que es lo material, lo que es lo corruptible. Las sensaciones de ascetismo radical, y necesidad de trascendencia negando el cuerpo, suponen un tipo de "conversión",que solamente puede ser comprendida desde la activación de algún arquetipo de totalidad. La lucha encarnizada entre la perfección y la rebelión en el cuerpo de una adolescente abocan a la destrucción, esa es la batalla por la consciencia y la búsqueda de totalidad de un sistema psíquico al que se le esta negando su posibilidad de evolución más genuina.
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