Breve reflexión ante la vivencia de la disolución: Plutón y Eros
Autor: Silvia Tarragó Garrido
Breve reflexión ante la vivencia de la disolución: Plutón y Eros
Cuando la corporalidad se hunde, cuando acontece la muerte, el Yo se desmorona y nos vemos enfrentamos a la matriz de la tierra . Viajamos hacia el túnel por el cual fluímos, necesariamente como pérdida. La identidad debe morir y, cuando eso ocurre, todo lo que abarcaba el concepto "mío", todo lo que refería al "tiempo", todo lo que sostenía lo corporal, es entregado a Plutón. La materia cae muerta en la tierra y, por tanto, volvemos a casa. Retornamos sus dones a su verdadero, y hasta ahora escondido, dueño. Estos son los tesoros de Plutón, y sus fuentes.
Atendamos al mito. Lo que sabemos de este negado dios es que era hijo de Crono y Rea, y hermano, a su vez, de Zeus y Posidón. Tras haber destronado a su padre, los tres hermanos triunfantes, Zeus, Posidón y Hades, tuvieron el problema de repartirse el mundo; pusieron en el interior de un yelmo tres símbolos y confiaron en su suerte. Al primero le correspondió el cielo, al segundo el mar y al tercero los Infiernos. Tierra y Olimpo, en cambio, los consideraron común a los tres. En una antigua ánfora griega se puede ver a los tres hermanos en el momento del sorteo: Zeus tiene en sus manos el rayo, Posidón el tridente y Hades el yelmo o casco que lo vuelve invisible. Al no poder representar la invisibilidad, nos lo muestran con el rostro vuelto hacia la parte opuesta, hacia "el otro lado". Efectivamente, la palabra hais, haides o hades significa "invisible", y también "aquel que vuelve invisibles a los demás". En los Infiernos, o Hades (el vocablo le nombra a él mismo y al lugar en donde reside) estaba prohibido mirar la cara de Hades o de su esposa Perséfone. Si alguien transgredía esa prohibición se volvía, a su vez, invisible.En alguna parte, en medio de la oscuridad del mundo inferior, estaba situado su palacio. Se representaba como un sitio de muchas puertas, oscuro y tenebroso, repleto de espectros, situado en medio de campos sombríos, en un paisaje desolado. Nunca se concretó dónde se encontraba su entrada. Los que lo nombran, es decir, Homero, Virgilio, Heráclito, o Dante… nunca fueron demasiado explícitos al respecto. Hay quien habla de "una profunda caverna de vasta abertura, protegida por un lago negro y las tinieblas de los bosques" (Virgilio, Eneida, VI, 236), o, de "una selva oscura" (Dante, "Infierno", 1, 2). El Hades estaba dividido en dos regiones: El Erebo, donde las almas de los muertos entraban en cuanto morían, y el Tártaro, región más profunda, en donde estaban los Titanes. Era un lugar oscuro y funesto, habitado por formas y sombras incorpóreas y custodiado por el can Cerbero, perro de tres cabezas y cola de dragón. El anciano barquero Carón, Flegias o Caronte conducía a las almas de los muertos a través del fluir del Aqueronte, Estigia o Lete ( rios del dolor) y las depositaba, tras cobrarles una moneda de plata, en la puerta de entrada del Hades. En la mitología romana, Hades se nombró Plutón, señor de la riqueza, porque tanto la fertilidad como los metales preciosos provenían de su reino bajo tierra.
Era aborrecido por todos, incluso por los mismos inmortales, a pesar de no ser un dios malévolo ni injusto, por su implacabilidad. Su nombre era de mal augurio, de ahí que para nombrarlo se recurriera frecuentemente a diversos eufemismos, como Plutón, el rico. Su atributo principal es un casco que confiere invisibilidad a su portador, regalo de los Cíclopes. Otros dioses o héroes, como Atenea, Hermes o Perseo, utilizaron en varias ocasiones ese objeto mágico.
Hades aparece raras veces en los mitos, excepto en el de Deméter, cuya hija, Perséfone, raptó para convertirla en reina del Inframundo.
Si la mitología es la psicología de la Antigüedad, recorrer el camino de entrada o de salida del mundo de Hades explica necesariamente un movimiento hacia la profundidad, un contacto seguro con las transformaciones de la psique.
El encuentro con lo "plutónico" describe una experiencia de renuncia, de posibilidad radical de renovación, de abandono del control racional de la vida. Es, por tanto, un contacto seguro con la disolución, con los límites del poder, con la creatividad e inclusive con la sombra.
La impotencia y la incertidumbre ante la muerte y "lo que muere" es una de las experiencias que ha generado mayor angustia en el ser humano. La muerte física es un misterio, que nos coloca en el final del camino de individuación. Misterio incapaz de ser compartido en su totalidad. Tan sólo se despliega en toda su grandeza en el momento crucial del proceso y sólo se vuelve inteligible para aquel que está literalmente pasando al "Otro lado".
Un aspecto importante es que la experiencia de temor y angustia ante el misterio es diferente a la del terror instintivo hacia la muerte, cuando se refiere a una amenaza ante la vida del individuo. La vida lucha por la vida y su supervivencia. La vida está presidida por Eros.
Cuando el ser humano se acerca, sin remedio, a lo plutónico, se aleja ya del mundo conocido, y su usual existencia queda amenazada en un sentido profundo; por eso la vivencia psíquica y religiosa ante "lo que muere" es sentirse "inundado" por lo "Otro", por el inquietante mundo de "Lo inconsciente". Este lema, grabado en la puerta del infierno de Dante, explica la amenaza :
"Por mi se va a la ciudad doliente,
por mi se ingresa en el dolor eterno,
por mi se va con la perdida gente.
La justicia movió a mi alto hacedor:
Hízome la divina potestad,
la suma sabiduría y el primer amor.
Antes de mí ninguna cosa fue creada
sólo las eternas, y yo eternamente duro:
¡ Perded toda esperanza los que entráis!"
Si este es el camino inefable ante Hades, no sólo es la descripción de lo que, seguramente, ocurre en lo transpersonal, sino que resume aquella "experiencia psíquica" que los místicos denominan " vía purgativa" y que en la actualidad, bajo los auspicios de una psiquiatría que medicaliza al alma, llamamos "depresión".
Plutón ama lo que está predestinado a desaparecer. Aunque, y por la misma posición de dios "del Otro lado" también está referido a Eros.
La experiencia de la pasión y, por tanto, la experiencia de "renuncia", de disolución yoica en el amor profundo, también tienen mucho que ver con Hades. " Estar como un alma en pena" es una frase que describe el sufrimiento que nos inflige el amor que no puede fructificar. Los espectros del Hades vagaban tal cual por el mundo del Tártaro, tal vez con menor desespero.
Toda experiencia de profundidad, y el amor-pasión es una vía regia, nos acerca al mundo de Plutón. El amante, como el dios de las almas, es un ser solitario que baja a las profundidades de lo desconocido del "Otro". Viviéndonos incompletos, e intuyendo claramente que poseemos una psique escindida, los humanos anhelamos la totalidad. La emoción de esa posibilidad de totalidad, llamada "estar enamorado", es portadora de una confianza y vitalidad, que proviene de algún sitio profundo, de la necesidad de un aspecto arquetípico: " El si-mismo".
Plutón nos muestra que esta necesidad profunda es la que da a luz a Eros. Necesidad que emerge como un volcán de las entrañas mismas de la tierra: La riqueza y los peligros de "lo plutónico". El amor es una experiencia sísmica, un asimiento del deseo, que trae a la superficie tanto un fuego abrasador que arrasa, matando y petrificando, como inmensa fertilidad, mutación del paisaje o metales preciosos.
Plutón es un dios poderosamente sexual, muy cercano a Dioniso; también llamado "el depredador"; pero a diferencia de éste, Plutón arrastra, al modo sadomasoquista, a una experiencia profundamente dolorosa del Eros.
Es común en muchos mitos hacer una aproximación a la imagen de la muerte bajo la figura de un "ladrón o "raptor". En otras palabras, la irrupción de una experiencia o un ser extraño que irrumpe en nuestra vida para cambiar radicalmente nuestra posición.
Volvamos a la narración del mito. Algunas versiones ( no olvidemos a la inconsistente "Caperucita" y al ladino lobo ) del famoso "rapto de Perséfone" interpretan el legendario hecho desde perspectivas diferentes . Deméter, una vez supo por boca del porquero Eubuleo los pormenores del secuestro de su hija, se quejó al poderoso Zeus, dejando la tierra estéril.
Preocupado por la falta de alimento de los humanos, Zeus decidió solucionar tan delicado asunto. Reconvino a Plutón que devolviera a Perséfone a su madre. Éste, antes de devolverla, le dio a comer una granada y así, a partir de entonces, ya no pudo Perséfone permanecer eternamente con su madre. Tendría que vivir seis meses con su marido, y la tierra no produciría externamente, y otros seis con su madre Deméter, llamada adefágos "la voraz", dando en este tiempo la tierra los frutos que los seres humanos necesitaban para vivir.
En primer lugar, aparece la debilidad de Plutón puesto que, debido a su desagradable aspecto, ninguna diosa, ninfa o musa quería ser su esposa. Quiso procurarse una compañera a la fuerza y, por esto mismo, decidió raptar a la joven Perséfone. Es cierto también que Plutón logró que Perséfone se emancipara de su madre, ofreciéndole inmediatamente el trono del inframundo ; convirtiendo a la infantilizada doncella en la reina del Tártaro.
Aunque la unión de Plutón y Perséfone comience con el rapto, sería interesante considerar la fuerza en la posición de ella y la constante y patética vulnerabilidad de él. Encontramos cada día en la prensa restos de ese eros plutónico en los asesinatos, antes mal llamados pasionales y ahora descritos como "violencia de género". Plutón señala otra vez, con profundidad, lo abandonado que está Apolo actualmente en la vida de los varones.
La literatura amorosa también describe con sumo detalle este legado masoquista de la exaltación del deseo frustrado y la permeabiliad de ambas experiencias. Amor y muerte son mundos paralelos en cuanto a la profundidad a la que nos arrastran, a la conciencia de la ingenuidad de la sobrevaloración de la voluntad yoica . Ambas son experiencias de disolución y por tanto, de profunda transformación.
Quevedo describe con maestría:
"Amor constante mas allá de la muerte"
Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;
Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.
Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,
Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.
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