Del oráculo al diván

Autor: Javier Castillo
Fecha publicación: 26.11.2006

El mundo de la antiguedad fue proclive a establecer teorías sobre los sueños y su significado. En un principio, el arte de la oniromancia se encontraba estrechamente vinculado a las prácticas adivinatorias, a las que en primera instancia se acudía para inquirir sobre asuntos corrientes y ordinarios, como la fortuna en el amor, la salud o la suerte económica. Los adivinos buscaban sus señales en el mundo natural (el vuelo de los pájaros), en el espacio cósmico (la disposición de las estrellas) y, por supuesto, en las figuras procedentes del universo onírico. Realidad ordinaria de la adivinación que, en el seno de un mundo magicizado, volvía susceptible de interpretación (y, a la inversa, suponía enigmáticamente codificada) hasta una frase pronunciada al azar por un desconocido, como pone de manifiesto esta historia de Pausanias:
"El recinto de! ágora en Faras es grande a la manera antigua. En medio de! ágora hay una imagen de Hermes hecha de piedra y con barba. En pie sobre la misma tierra, es de forma cuadrangular y de pequeño tamaño. Sobre él hay una inscripción que dice que la ofrendó Símilo de Mesene. Se llama Agoreo ("Protector del ágora") y en él hay un oráculo. Delante de la imagen hay un hogar, también de piedra, y a él están sujetas unas lámparas de bronce con plomo. El que consulta al dios va por la tarde, quema incienso sobre e! altar y llena las lámparas de aceite, las enciende y pone sobre e! altar a la derecha de la imagen una moneda del país --se llama "de bronce"- y pregunta al oído del dios lo que desea consultar. Después se tapa los oídos y sale del ágora. Cuando ha salido afuera, retira las manos de los oídos, y cualquier frase que escucha la toma por la respuesta del oráculo".

Siguiendo a Ken Wilber, uno de los grandes representantes de la psicología transpersonal, estas artes podrían calificarse de pre-racionales si se las toma al pie de la letra; pero si afinamos el oído y vemos en estos intentos de prever el futuro una manifestación proyectiva de la psique, nos encontramos ante una categoría complementaria del esquema cartesiano binario de lógico e ilógico, racional o irracional, que cabría definir como "imaginal".
Aunque el intento de objetivación de la psique y de exploración del complejo mundo de interacciones entre ésta y la materia corresponde en propiedad al desarrollo de la psicología analítica, podríamos decir, con Patricia Cox, que la adivinación por medio de los sueños tal y como se practicaba en la Antiguedad no era un intento supersticioso de controlar el curso de los acontecimientos. Más bien, se trataba de un método de formular un lenguaje de autocomprensión y de articular una semiótica de la interioridad, de un medio de explorar los temores y angustias que laten bajo la superficie de la conciencia ordinaria. Cuando se nombra, el miedo pierde algo de su tiranía. No es casual que, muchos siglos después, Victor Frankl (19051997), uno de los más importantes inspiradores de la corriente terapéutica denominada análisis existencial, introdujera el concepto de neurosis noógena, que cabe definir como la incapacidad del paciente para encontrar significado a su propia existencia. También el pretendido hombre civilizado tiene necesidad de encontrar sentido a su sufrimiento.

LOS SUEÑOS EN LA ANTIGUEDAD

"Y le contestó la prudente Penélope : Forastero, sin duda se producen sueños inescrutables y de oscuro lenguaje y no todos se cumplen para los hombres. Porque dos son las puertas de los débiles sueños: una construida con cuerno, la otra con marfil. De estos, unos llegan A través del bruñido marfil, los que engañan portando palabras irrealizables, otros llegan a través de la puerta de pulimentados cuernos, los que anuncian cosas verdaderas cuando llega a verlos uno de los mortales".

En la Odisea de Hornero, los sueños están situados en un espacio imaginal de estrecha proximidad con el reino de los muertos. Lugar ubicado más allá de Océano, el río mitológico que rodea el mundo real, y que se configura como un verdadero "pueblo de los sueños".

Tal y como se desprende del fragmento homérico, el pueblo de los sueños tiene puertas: por una de ellas salen los sueños que tienen poder de realización, por la otra los que son equívocos y peligrosos. Según Eustacio, autor del siglo XII, posiblemente el cuerno constituye una metáfora de lo transparente, de lo que puede captarse con los ojos, a diferencia del marfil, que es turbio u opaco y por tanto dificulta la visión. Sea cual fuere la interpretación del uso del cuerno y del marfil, hay un hecho evidente: como señala el gran historiador del mundo antiguo E. R. Dodds, la figura que se presenta en el sueño puede ser un dios, un fantasma o un mensajero, pero en cualquier caso existe objetivamente en el espacio y es independiente del que sueña. De ahí que, como apunta Patricia Cox, en los textos homéricos los sujetos que sueñan hablen de ver un sueño, no de tener un sueño. La reflexión sobre la procedencia y la veracidad de los sueños del hombre antiguo también puede aplicarse al sujeto moderno. Parece claro que los sueños no son construcciones del yo, sino que provienen de sustratos de la psique que pueden tener vida propia (material reprimido y/o arquetípico). En consecuencia, cabe hablar, como hace Jung, de una psique objetiva, en la que el inconsciente sería el vehículo de esos mensajeros que nos transmiten información sobre nuestro complejo mundo interior y sobre su relación con la realidad externa.

Hace algunos años, tuve el siguiente sueño:

Llego a un pueblo de la costa. No lo conozco, pero me parece muy agradable. Voy en bicicleta y pienso que quizá debería continuar el viaje por autopista para ir más rápido. Aparece un señor mayor, con apariencia de ser un hombre de la tierra y un profundo conocedor de los caminos. Me aconseja ir por carreteras secundarias, disfrutar del paisaje y aprender de él. Me sugiere que pase la noche en el pueblo y que mañana temprano recoja mi bicicleta y continúe mi camino. Me descubro al lado de mi bicicleta y veo mi libreta y un lápiz en el suelo.

Probablemente este sueño haga referencia a una cierta tendencia existencial que adopté durante una época de mi vida, la actitud de moverme a excesiva velocidad ante situaciones que, quizás, requerían ~ cierto tiempo y reposo, fuera la adquisición de conocimientos, el ejercicio de mi práctica profesional o la toma de decisiones que comprometían mi mundo emocional y afectivo. En el sueño aparece un mensajero que me aconseja lo contrario: "ve por carreteras secundarias, disfruta del paisaje y aprende de él". El mundo grecorromano, sin duda alguna, hubiera reconocido al mensajero como Hermes, el dios de los caminos, que nos orienta en las encrucijadas y nos trasmite el deseo de los dioses. Y así como Hermes sirvió de intermediario ante la ninfa Calipso para que dejara volver a Odiseo a casa, lo mismo puede hacer con el hombre moderno, orientándole sobre cómo abandonar los hábitos que le convierten en esclavo, y permitiéndole regreso a su hogar.

A partir de la metáfora homérica de las puertas, el poeta Virgilio (70-19 a. C.) estableció una distinción entre sueños falsos y sueños verdaderos que se convirtió en la base de la hermenéutica onírica aplicada por pensadores grecorromanos posteriores, como Artemidoro y Silesio. En el marco del trabajo analítico, la distinción virgiliana resulta insostenible, pero en cambio se habla de sueños menores, que simplemente reflejan la satisfacción de deseos básicos o de intentos ficticios de resolver problemas cotidianos, y de grandes sueños, donde en momentos vitales de cambio se activan determinadas realidades arquetípicas, haciendo que el inconsciente se convierta en un auténtico "mensajero de los dioses". Jung lo expresa de la siguiente forma:

"No todos los sueños tienen la misma importancia. Los primitivos hicieron la diferencia entre los "pequeños" y los "grandes" sueños, según su significación sea banal o de una importancia considerable. Si se les examina de más cerca, los pequeños sueños son fragmentos de la imaginación corriente de cada noche; provienen de la esfera subjetiva y personal y encuentran una explicación suficiente en los hechos de la vida cotidiana. Es por esto que se les olvida fácilmente, pues su validez no va más allá de las variaciones cotidianas del equilibrio psíquico. Los sueños importantes, por el contrario, quedan toda la vida en el recuerdo y no es raro que sean la gemas más preciosas del tesoro donde el alma guarda las joyas de sus experiencias".

TEORIA PSICOBIOLOGlCA

En la Antiguedad tardía aparecieron dos grandes teorías sobre los sueños: la teoría teológica, según la cual el alma soñadora se relacionaba con un reino real de ángeles, démones y dioses, de la que hablaré más adelante; y la teoría psicobiológica, que trataba de naturalizar el fenómeno del dormir y su manifestación onírica, y que constituye el objeto del presente epígrafe.
Aristóteles (384-322 a.e.) no aceptaba la visión homérica según la cual los sueños son mensajeros de los dioses o se encuentran relacionados de alguna manera con ese pueblo del que surge la presencia divina. Por el contrario, los consideraba productos de la interconexión de los procesos fisiológicos y psicológicos. Para Aristóteles, el sueño y los sueños son esencialmente productos del proceso digestivo, durante el cual el calor sube y baja a través del cuerpo. Al dormir, las capacidades primarias del alma se enfrían y dejan de funcionar, pero algún tipo de percepción sigue en marcha. Lo que el alma ve durante el sueño son movimientos residuales que se derivan de las impresiones de los sentidos percibidas previamente cuando el alma y el cuerpo estaban despiertos.
En nuestra época también han aparecido teorías psicobiológicas acerca de la función de los sueños, desprovistas sin duda de la ingenuidad de las teorías aristotélicas, pero que no aclaran mucho acerca del sentido o significado específico de cada sueño. Juan José Imbernón y Francisca Barbudo señalan algunas de estas funciones:
a) El sueño podría servir para garantizar la adaptación y supervivencia del sujeto, pues la activación de las funciones corporales durante la fase REM puede dar lugar a situaciones de alerta que preparan al animal para el enfrentamiento o la huida.
b) La función onírica podría contribuir a la maduración cerebral, puesto que en los primeros años de vida sirve como un estímulo interno. El neurobiólogo Michel Jouvet hablaría de un refuerzo para la programación genética. c) Otra posible función adscrita al sueño sería la de consolidar la memoria. Durante el sueño tendría lugar un proceso de desaprendizaje, basado en una supuesta limpieza del cerebro para eliminar conexiones espúreas entre neuronas, que permitiría prescindir de materiales inútiles.

Por su parte, un autor como el psiquiatra Allan Hobson trata de dar cuenta de la coherencia narrativa de muchos sueños desde una base fisiológica . Su teoría de la "activación-síntesis" argumenta que una de las funciones del cerebro consiste en dar un cierto sentido y una cierta coherencia a las señales de origen interno. Ese esfuerzo de síntesis dota al sueño de un argumento con sentido aparente. La génesis de los sueños se concibe como una respuesta del cerebro-mente a las señales sensorio-matrices que surgen del interior de la persona cuando se rompe todo lazo con el mundo externo. Sin embargo, esta teoría tampoco nos explica por qué las imágenes oníricas se conforman con unos determinados materiales y no con otros. En el mundo romano, el defensor más explícito de la teoría arisrotélica fue Cicerón (106-43 a.c.). Partiendo de la visión psicobiológica, el político y filósofo latino llegó a la conclusión de que la adivinación de los sueños era una pseudociencia inexacta que se aprovecha de la credulidad humana y de falsas creencias acerca de los dioses. Sin embargo, junto con la idea de que las divinidades no pierden el tiempo hablando a los hombres en sueños, Cicerón contempla la posibilidad de que el mundo onírico pueda servir para diagnosticar y tratar diversas afecciones somáticas. Esta idea parecer se basa en una tradición hipocrática, según la cual los sueños eran indicadores facilitados por el alma que reflejan el estado de salud del cuerpo.
Galeno (129-216 d.C.), médico del emperador romano Marco Aurelio, añadió a la idea del importante papel diagnóstico de los sueños la creencia de que proporcionaban prescripciones para la curación de las enfermedades:

" Algunas personas desprecian los sueños, presagios y portentos. Pero yo sé que con frecuencia he establecido un diagnóstico a partir de los sueños y, guiado por dos sueños muy daros, realicé una incisión en la arteria que está entre los dedos pulgar e índice de la mano derecha, y esto permitió que la sangre fluyera hasta que dejó de hacerla por sí misma, tal como el sueño había anunciado. He salvado a muchas personas aplicando una cura prescrita en un sueño"

Por mi parte, puedo apuntar que en la práctica clínica me he encontrado con sueños que han servido como diagnóstico de problemas somáticos de mis pacientes, aunque evidentemente su exactitud siempre ha sido relativa. Tal fue el caso de una paciente que soñaba insistentemente con "el nacimiento de un niño muy enfermo" y a la que al poco tiempo le fue diagnosticado un tumor cancerígeno en el pecho. El sueño no tendría que haber apuntado necesariamente a la existencia de un problema físico, pues podría haber hecho referencia a cualquier aspecto que la paciente estuviese "gestando" o "pariendo> de "forma enfermiza", fuese de orden emocional, caracterial, conductual o somático, y que acaso condicionase de forma negativa su futuro. Sin embargo, por la situación particular de la analizada, cabía pensar que existía el riesgo de que sufriera una dolencia, y le recomendé que se hiciera un examen médico.
La idea de la función pronosticadora del sueño es defendida por el propio Jung:

"El sueño trata realmente de la salud y la enfermedad. En virtud de su procedencia inconsciente posee el tesoro de percepciones subliminales. Es por esto por lo que puede hacer indicaciones precisas. Yo he podido constatar a menudo su valor en los casos donde el diagnóstico diferencial entre síntomas orgánicos y síndromes psicógenos era difícil. Ciertos sueños son de mucha importancia para el pronóstico".

Según Patricia Cox, la teoría psicobiológica de los sueños no fue objeto de un análisis amplio hasta el siglo IV, cuando Gregorio de Nisa (335-395 d.C.) escribió su tratado "De hominis orificio". Para éste, lo mismo que para Aristóteles, la vinculación entre el dormir y la digestión resultaban evidentes: los movimientos digestivos se acompañan de vapores que suben y bajan a través del cuerpo condicionando la actividad onírica. En el sueño, el soñador está perdido en la imaginación, vagando entre alucinaciones confusas. Sin embargo, Gregorio diverge de la tradición psicobiológica en el hecho de que llega a aceptar la posibilidad de que los sueños puedan contener una presciencia de las cosas futuras, un cierto sentido premonitorio. Pese a que un gran número de sueños son fantásticos sinsentidos, otros resultan muy significativos, por enigmáticas que sean sus construcciones iconográficas. Entre estos últimos se situarían los de soñadores bíblicos como Daniel y José, instruidos por el poder divino.

Por mi parte, fuera del ámbito religioso, he podido constatar que algunos sueños contienen fragmentos del acontecer futuro en el sentido planteado por Gregorio. Hace algunos años, soñé lo siguiente:

Me encuentro en una oficina bancaria donde vaya firmar un crédito para una operación financiera. Estoy con el director de la oficina y el apoderado. El primero me dice que la operación plantea problemas y que muy a su pesar, aunque se daba por segura, no podía realizarse.

El problema bancario que aparecía en el sueño surgió dos días después en la realidad, pese a contar con todas las garantías de que la operación se llevaría a cabo y se me antojaba imposible que surgiera ninguna clase de contratiempo. Sin duda, mi inconsciente no era de mi mismo parecer.

TEORIA TEOLOGICA

Como señala Dodds, en el siglo II d.C., paganos, judíos, cristianos y gnósticos creían en la existencia de unos mediadores que se dieron en llamar démones, ángeles o, simplemente, espíritus. Cuando una persona dormía y los sentidos corporales quedaban apaciguados, se abría la frontera que le separaba de los dioses, y aquellos seres hacían acto de presencia. Los principales portavoces de la procedencia demónica de los sueños son dos autores platónicos, Plutarco (46-119 d.C.) y Apuleyo (25-180 d.C.). Según Patricia Cox, el término "démon" se utilizaba para designar el carácter de esas presencias latentes en el espacio etéreo que nos rodea, y por lo tanto se trataba antes de una categoría situacional mas que sustantiva. Por su parte, el estudioso de la cultura antigua John Holland Smith define lo demónico como un término relacional o clasificatorio, cuya función consiste en poner en contacto a lo humano con lo divino.

Una de las funciones más importantes de los démones era la de modelar diestramente los sueños. Tanto para Plutarco como para Apuleyo, la demonización de los sueños se basa en la visión de un lenguaje de signos promotores del bien que alientan una percepción meditativa y selectiva.

En un famoso relato de Apuleyo, El asno de oro, se lee: "Este genio es un centinela, un guía personal, un censor íntimo, un curador especial, un observador asiduo, un testigo inseparable, un juez familiar que desaprueba el mal, que aplaude el bien y que debe ser estudiado, conocido y honrado con un cuidado religioso ( ... ) Porque en la incertidumbre de los acontecimientos prevé por nosotros, en la duda nos aconseja, en el peligro nos protege, en la miseria nos socorre. En su poder está a veces por los sueños, a veces por los signos" Tanto en el ámbito del politeísmo como en el judaísmo y el cristianismo, otros mensajeros que podían aparecer en los sueños o como sueños, eran los ángeles. Para el filósofo judio Filón de Alejandría (25 a.C.-50 d.C.), los ángeles eran palabras divinas, enviadas a los hombres a través de los sueños para manifestar el Logos divino:

"Son llamados "démones" por otros fIlósofos, pero el registro sagrado (La Escritura) los llama habitualmente "ángeles" empleando un título más conveniente, pues llevan las órdenes del padre a sus hijos y refieren las necesidades de los hijos a su padre. De acuerdo con esto, son representados por el legislador subiendo y bajando: no es que Dios, que está ya presente en todas direcciones, necesite informadores, sino que era una bendición para nosotros en nuestra triste situación disponer de los servicios de las palabras (logoi) que actúan en nuestro nombre como mediadores".

Filón utiliza la imagen del sueño de Jacob para describir el movimiento cósmico de los ángeles, mediando entre lo divino y lo humano. Los ángeles curan y permiten concebir la existencia terrena como el escenario de un viaje celestial. Estos mensajeros, "los ojos y los oídos de dios", conducen al alma en ese viaje, una de cuyas formas es la de los sueños. Aunque parezca sorprendente, en la actualidad seguimos soñando con ángeles. He aquí el sueño que me relató una joven:

"Un Lama conocido me lleva a una cueva, soy una niña pero me voy convirtiendo en una mujer, estoy desnuda. Al fondo de la cueva veo muchos tesoros. De repente me encuentro tumbada, como en una cierta crucifixión, con sensación de paz, y doy a luz a tres tortugas pequeñas que acaban uniéndose y formando una grande. Aparecen los arcángeles Miguel y Gabriel, me coge cada uno de un brazo y me llevan hacia el sol, me tumban en una camilla y el arcángel Miguel me regala amor".

Sin duda, se trata de un sueño complejo, en el que desempeñan un papel clave los dos ángeles que elevan a la soñante hacia el sol, hacia la luz, en definitiva hacia la conciencia, permitiendo que la gestación del instinto, representado por un animal prehistórico, la tortuga, pueda humanizarse.
Para finalizar, resulta importante destacar que en el mundo de la Antiguedad tardía el lenguaje de los sueños no era siempre angelical. Lane Fox señala que la tradición judía consideraba que en los sueños podía aparecer el lenguaje del mal, agentes declarados del Maligno, fuerzas de mismísimo Satán. En esos casos, los sueños constituían una invitación a la maldad y hablaban falsamente. En el seno de las primeras comunidades cristianas se apeló a la misma dicotomía: Justino, mártir, advirtió a los lectores de su primera apología que debían estar en guardia contra los demonios que intentasen nublar su comprensión verdadera del cristianismo apareciéndose en sueños. De hecho, las polémicas teológicas surgidas en la tradición cristiana constituyeron un importante estímulo para el establecimiento de la relación entre sueños y demonios, un arma que a menudo fue martillo de herejes, acusados de entregarse a prácticas mágico-demoníacas, como en el caso del predicador gnóstico Simón el Mago (siglo I d.C.). Ya se sabe: cuando se trata de asuntos de herejía, mi ángel es tu demonio y mi revelación, verdadera, convierte en falsa la tuya.

Texto extraído del libro :
"Los sueños en la vida, la enfermedad y la muerte. Claves para una hermenéutica".
Javier Castillo Colomer
Ed. Biblioteca Nueva
Reproducción permitida por el autor: http://www.cop.es/colegiados/PV01185/index2.htm


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