Apolo contra Saturno

Autor: Enrique Galán Santamaría
Fecha publicación: 01.09.2006

Carlos Castilla del Pino
Pretérito imperfecto. Autobiografía (1922-1949).
543 páginas. Tusquets Ed. (Barcelona, 1997).
Casa del Olivo. Autobiografía (1949-2003).
508 páginas. Tusquets Ed. (Barcelona, 2004)

La autobiografía es (…) autoengaño, en primer lugar, porque es autocensura; en segundo lugar, porque se escribe para la exhibición de sí mismo. Para los lectores es, sencilla y llanamente, mentira, o, todo lo más, una media verdad. (Castilla del Pino, "Autobiografías", 1987)

Para quienes nos formamos en Psicología y Psiquiatría durante la década de 1970, la obra de Castilla del Pino sirvió de falúa para cruzar el pantano mefítico en que consistía el discurso de los psiquiatras instalados académicamente en nuestro país. Los grandes nombres, autores de tratados afamados, eran pequeños hombres, muy pequeños, desde el punto de vista profesional y cultural, escondidos tras sus éxitos sociales, políticos y económicos. Dentro de los estudios de Medicina, la Psiquiatría quedaba como una especialidad relegada y de incierto futuro laboral, que sólo vocacionales o ineptos para la organicidad podrían elegir. En cuanto a la carrera de Psicología, la Psiquiatría, completamente marginal e inexistente como asignatura, estaba representada por docentes psiquiatras no especialmente dotados. Un escenario desértico en el que la solidez de la obra de Castilla resplandecía cegadora.

No es mi intención celebrar aquí la Psico(pato)logía propuesta por Castilla desde la práctica de quien ha tratado a 100.000 pacientes, una teoría sólidamente fundamentada que permite objetivar el hecho psico(pato)lógico en su aspecto discursivo. Y menos referirme a aquella parte de su obra que excede a la estricta Psiquiatría, sean sus ensayos o novelas. Sólo me ocuparé de los dos libros que componen su autobiografía, en los que Castilla nos hace partícipes de su identidad. Identidad muy anclada en lo profesional, ciertamente, sin quedar, naturalmente, subsumida en ella.

A lo largo de las más de mil páginas que las conforman, estas memorias sirven a su autor para relatar, en un vibrante estilo sin pretensiones, aquellos acontecimientos que pertenecen en muchas ocasiones a la vida privada y que a partir de ahora adquieren un carácter público. Ofrece así a sus muchos lectores (la mayor parte de los libros de Castilla están reeditados varias veces) el contexto vital en el que ha nacido su obra. Un contexto que se revela duro, inmisericorde, amedrentado, inculto, como lo fueron esos años de la historia de España que le tocó vivir -inicio de la Guerra Civil a sus trece años, dictadura franquista a partir de sus diecisiete y democracia por fin desde los cincuenta y tres.

Una vida, como se desprende de estas páginas, esforzada, voluntariosa, vigilante, arriesgada y valiente, con objetivos nítidos y muy clara consciencia de las fuerzas propias y la calidad de los amigos, compañeros, camaradas tantas veces, para transitar por el páramo cultural y científico en el que se convirtió este país a raíz del exilio de gran parte de nuestra elite cultural y científica tras la Guerra Civil. Otra expulsión en nuestra historia de los más formados -moros, judíos, moriscos, liberales, republicanos. Una nueva amputación.

Años, pues, de plomo, que Castilla deberá mutar en oro, trabajando su massa ... confusa -el sufrimiento personal y social- para conseguir ese lapis philosophorum que supone, profesionalmente, su muy útil teoría del sujeto y su antropología dentro del ambiente cultural nacional y, personalmente, el reconocimiento social y la tranquilidad de espíritu. Tal vez choque a sus lectores esta referencia alquímica en Castilla, tan extemporánea a su discurso, aunque conviene saber que desde muy pronto usó como ex libris una de la Figuras del Hexasticon (1503) de Sebastián Brant, que aparece en la fig. 227 del libro de Jung Psicología y alquimia ilustrando la coniunctio. Hoy constituye el logotipo de la Fundación Carlos Castilla del Pino.

La cuidada y alimentada memoria de Carlos Castilla, quien confiesa no tirar nada, ha dado a luz estos dos gruesos volúmenes que atrapan como una novela. Sus excelentes dotes de narrador estaban ya presentes en Castilla niño, cuando con no mucho más de cuatro años relataba a sus amigos historias de fantasmas, apariciones y casas deshabitadas a la caída de la tarde de aquel gaditano San Roque, donde nació en 1922, manteniéndolos embobados: "narrar, narrar (…) mi única forma de afirmarme a mí mismo frente a los demás". Talento que ejercerá tenazmente en sus obras científicas y de creación, en los que expresión justa y descripción precisa están al servicio de un pensamiento claro en sus objetivos antropológicos.

Castilla publica el primer tomo de su autobiografía en 1997, con setenta y cinco años, y el segundo en 2004. Es la narración de ochenta y dos años de vida en noventa y un capítulos, agrupados en los grandes apartados que componen los dos tomos: formación, hasta los 27 años, y profesión consolidada a partir de entonces. Según sus propias palabras, "en Pretérito imperfecto se hallan las bases de mi personalidad. Allí se constituyeron los núcleos morales, estéticos, sentimentales y hasta profesionales que dan soporte a mi identidad (…) Casa del Olivo es la historia que se desarrolla, reconstruyo y evoco". El primer tomo tiende pues a la introversión y el segundo es más extravertido, pero a lo largo de todas sus páginas late una determinación que puede calificarse de heroica y ascensional: "Mi vida me aparece como una formación singular en la que las etapas anteriores de mi existencia son peldaños que me conducen al que ahora soy" .

Comenta Castilla que sus juegos infantiles más frecuentes consistían en hacer de médico, ejercer de director de orquesta, torear un toro de cartón y verse al volante de un coche. Tras la lectura de su autobiografía puede comprobarse que, con las variantes obvias, es lo que ha estado haciendo durante toda su vida: tratar pacientes psiquiátricos y neurológicos, dirigir grupos de trabajo y encandilar al público en conferencias, a veces multitudinarias, enfrentar situaciones personales enormemente difíciles. Y viajar, vivir en diferentes ciudades, apreciar paisajes y arquitecturas.

En su teoría del sujeto, Castilla del Pino diferencia cuatro dimensiones fundamentales (intelectual, actitudinal, erótica y corporal) y tres ámbitos de experiencia (íntimo, privado, público). En las memorias dosificará cuidadosamente estos ingredientes. Hay más intimidad que privacidad, y el ámbito público se hace progresivamente con la autobiografía. A fin de cuentas, según Castilla la identidad se da en el ámbito público. Dominan, consecuentemente, los aspectos intelectual y actitudinal en los hechos relatados, con algunas referencias importantes al cuerpo, el descubrimiento de la sexualidad y el enamoramiento. Complementa el conjunto el relato de once sueños. Un adalid de la objetividad como es Castilla no podía dejar de ejercerla en su propia historia. La descripción de personas, lugares y situaciones es ajustada, barojiana en los retratos personales y muy atenta a los ejes centrales y los detalles significativos en general. Utilizaré libremente estas categorías para presentar su autobiografía, evitando en lo posible la tentación de citar con profusión su tan sugerente texto.

Intelectual

La vida intelectual de Carlos Castilla está centrada en su profesión de psiquiatra, pero se extiende al ámbito de la literatura, como investigador y creador. Desde pequeño quería ser médico, en contra de la opinión de su padre, que veía en él a un futuro arquitecto. Interesado en la biología y tomando a Cajal como modelo, con 11 años se dedica a cazar pequeños animales para estudiar su anatomía. Al año siguiente acompaña a uno de los médicos de su pueblo, que le deja estar presente en las curas que lleva a cabo en el hospital y asistir, heroicamente, a las autopsias que realiza en el cementerio. Gracias a sus visitas al matadero aprende a usar un microscopio profesional. En breve poseerá uno adaptado a sus necesidades y montará su particular "Instituto de Biología Animal"

Con 18 años inicia en Madrid sus estudios universitarios de Medicina. Los grandes catedráticos han sido depurados, sustituidos en su mayoría por arribistas. Pasa nueve años en esa ciudad donde se palpa la miseria y el miedo de la inmediata posguerra. Desde tercer curso puede dedicarse a la Psiquiatría -"mi sueño desde la adolescencia (…); nada podía apartarme de ese proyecto"-, al presentarse como asistente voluntario de la cátedra de López Ibor, lo que le permite acceder al hospital universitario. Trabajará en él durante siete años. Allí conoce a neuropsiquiatras formados en la magnífica Psiquiatría de la II República (Llopis y Olivares, discípulos de los represaliados Lafora y J.M. Sacristán), quienes le presentarán posteriormente a otros colegas (Valenciano, Germain, Escardó, incluso a Lafora y Sacristán). Todos ellos ven en Castilla, por su dedicación, interés y estudio, el digno discípulo de una enseñanza ya inexistente en las cátedras.

En 1946 termina la carrera de Medicina y consigue un empleo, por la mera manutención, en el anteriormente prestigioso Sanatorio del Dr. Esquerdo, donde toma contacto con los enfermos crónicos y muchos otros tipos de pacientes. Permanecerá allí hasta 1949, sin abandonar su trabajo asistencial no remunerado en el Hospital Provincial -universitario- ni sus investigaciones en el abandonado Instituto Cajal. Su proyecto es optar a una cátedra de Psiquiatría, donde formar un grupo de investigadores docentes. Con ese ánimo, prepara su tesis doctoral, terminada en 1947 y leída en 1949, ganando las oposiciones para hacerse cargo como director del Dispensario de Higiene Mental y Toxicomanías de Córdoba, que bautiza inmediatamente como Dispensario de Neurología, Psiquiatría e Higiene Mental. Ese Dispensario, que a su llegada es una habitación destartalada y sin instrumental de ningún tipo, se transformará en una escuela de Psiquiatría a lo largo de los treinta y siete años que estuvo a su cargo: "El dispensario ha sido 'mi vida'"

Durante la década de 1950 Castilla va consolidándose en la profesión. Con una gran experiencia ya a sus espaldas, asiste al nacimiento de los primeros psicofármacos a partir de 1952, y amplía desde la sanidad pública su esfera de influencia como perito psiquiatra en el campo del Derecho, asesora a religiosos y abre una consulta privada, donde practica la psicoterapia dinámica desde 1954. Su tiempo libre lo dedica a viajar en coche por España y a estudiar e investigar, con el resultado de varias publicaciones de carácter neurológico y psiquiátrico, con la mira puesta siempre en la consecución de una cátedra. En las cuatro oposiciones a las que se presentará durante ese tiempo comprueba las continuas irregularidades en la promoción de candidatos por razones políticas. Finalmente, su sueño se desvanece: "Mi proyecto de cátedra, el proyecto que había orientado mi vida intelectual, quedaba definitivamente roto tras la ruptura con López Ibor (…) Trabajé en una situación de aislamiento total de la psiquiatría 'oficial'(…) La gente me rehuía (…) Me recluí en mi casa".

Si bien 1960 se inicia con una gran decepción ante la imposibilidad de realizar ese proyecto, en esta década su vida tomará otro rumbo. Y para bien. Instalado profesionalmente en Córdoba, donde desde 1955 ya tiene a su alrededor un equipo y cuya presencia en toda actividad cultural de carácter progresista es notoria, mantiene además relaciones con los dinámicos grupos culturales de Madrid, ligados a las Editoriales Alianza y Taurus, y Barcelona, sobre todo los autores de la Editorial Península. Es en esta última donde aparece el libro que le lanzará a la fama, Un estudio sobre la depresión, escrito en tres meses de jornadas de doce horas y publicado en 1966. Tiene cuarenta y cuatro años.

A partir de esa fecha, Castilla empieza a recibir invitaciones para dictar conferencias y dirigir cursos, colabora en revistas y publica sus libros. Aumentan los contactos con profesionales extranjeros y el Dispensario se convierte en el destino de muchos jóvenes estudiantes o profesionales que quieren trabajar con él. Seguirán a ese libro inaugural otros también de éxito. En 1968 publica Dialéctica de la persona, dialéctica de la situación, La culpa, La alienación de la mujer y El humanismo imposible. En 1969, La incomunicación y Psicoanálisis y marxismo.

A lo largo de la década de 1970 Carlos Castilla va convirtiéndose en una celebridad dentro de los ambientes universitarios e intelectuales españoles más inquietos culturalmente. Se multiplican las invitaciones y los viajes. De sus publicaciones de entonces merece citarse Introducción a la hermenéutica del lenguaje (1972), donde presenta el instrumento analítico que le ayudará a levantar el edificio de su Psico(pato)logía, el único intento de una Psiquiatría científica en este país. Esa especialidad médica que consistía, bajo el poder omnímodo de López Ibor, en un discurso pretendidamente filosófico -fenomenológico y existencialista- de carácter religioso, que amparaba una práctica farmacológica y neuroquirúrgica irresponsable.

Muerto Franco en 1975, en 1977 le ofrecen al fin un puesto docente en la Universidad de Córdoba, y, en 1982, con sesenta y un años, llega la ansiada cátedra, que ocupará hasta 1987. De esa época deben resaltarse los dos volúmenes de su Introducción a la Psiquiatría (1979 y 1980) y Teoría de la alucinación (1984) como parte de su obra estrictamente psiquiátrica. Se jubila en 1987.

Una vez jubilado de sus puestos institucionales no deja de estudiar, escribir, publicar, impartir cursos y dictar conferencias. Para dar una idea de su producción, cedo la palabra a Anna Caballé, quien en su larga entrevista titulada Carlos Castilla del Pino (Península Ed., 2005) señala que "Carlos Castilla ha dictado más de mil setecientas conferencias (…), ha escrito treinta libros de psiquiatría y alrededor de trescientas monografías sobre temas esenciales; dos novelas, los dos volúmenes de su autobiografía, unos diez libros de ensayo". De esta última época señalaré simplemente El delirio, un error necesario (1998) y Teoría de los sentimientos (2000) como parte de su corpus psico(pato)lógico, sin olvidar empero su dirección y edición de las actas de numerosos cursos monográficos de carácter multidisciplinar en torno a temas como el odio, la mentira, el personaje, la intimidad… Corona merecidamente esta escalada profesional su elección como miembro de la Real Academia Española de la Lengua en 2004.

Actitudinal

Si la dimensión intelectual es dominante en la vida de Castilla del Pino, sus actitudes, sobre todo las públicas, forman una parte sustancial de su identidad. Comenzando por las actitudes individuales, puede citarse en primer lugar la búsqueda de la soledad, de un espacio para su intimidad, un "compartimento estanco" donde guardar sentimientos y fantasías. En segundo, no perder el tiempo y ser un "hombre de provecho". Tercero, la independencia de juicio moral e intelectual. Cuarto, la determinación en seguir su camino y conseguir ser feliz.

Respecto a las actitudes públicas, Castilla ha subrayado siempre su agnosticismo, su antimilitarismo y un rechazo de la mediocridad intelectual, lo cual le hizo chocar frontalmente con el franquismo, que ejerció contra él toda la represión que pudo: conferencias y cursos prohibidos, acceso imposible a la Universidad, trabas a sus viajes reteniéndole el pasaporte, control de su teléfono o vigilancia de su consulta, cuando no registros policiales en ésta o en su casa. Todo ello le llevó a un protagonismo político que "no entraba en mi proyecto biográfico". Él se siente más un agitador cultural que político y rechazó los puestos políticos que le ofrecieron en la España democrática.

Todas estas actitudes pueden entenderse por las características de su biografía en el contexto social que le ha tocado vivir. En cuanto a su deseo de soledad, conviene saber que desde que nació dormía en la misma habitación de su padre, enfermo crónico que falleció cuando Carlos Castilla tenía 11 años. A raíz de esa muerte, la familia abandona una casa donde no entraba nunca el sol y se traslada a un piso luminoso en donde consigue al fin su primera habitación propia. Comenzó el bachillerato como interno en los salesianos de Ronda, que le hicieron anhelar más que nunca la soledad. En esa edad temprana se imaginaba con fruición aislado en una biblioteca subterránea con las paredes forradas de libros, en la cual se veía escribiendo en una mesa alejada de la entrada, y vestido con hábitos, a la manera de Erasmo. Realizaría esta fantasía, algo modificada, treinta años después, en 1960.

Los acontecimientos sociales que vivió Castilla son espeluznantes: el 27 de julio de 1936 los milicianos tirotean a tres tíos y un primo suyos, monárquicos, recibiendo la última mirada de quien era su tutor. Su familia, mártir de las derechas, se traslada a Gibraltar durante casi un año, pero él vuelve pronto a San Roque como requeté, algo que dejó de ser en cuanto el Requeté se fusionó con la Falange. No podrá dejar de asistir a la violencia de la guerra civil: "el terror se mantenía no sólo por las detenciones y fusilamientos, sino por las denuncias, a veces públicas" . Carlos Castilla tiene quince años. Si por su experiencia como interno en Ronda mutó una religiosidad sincera en anticlericalismo, declarándose agnóstico ya en su adolescencia, saldrá de la guerra civil antimilitarista y antifalangista, sin querer saber nada de la política. Él se veía más bien como un "eremita laico".

Su antimilitarismo se intensificará cuando es obligado a rendir un servicio militar. Estamos en el verano de 1941. Ha estallado la II Guerra Mundial. Carlos Castilla, que intenta salvarse sin éxito ("estrecho de pecho"), se ve formando parte de la primera promoción de las Milicias Universitarias, sufriendo con el "máximo temple" posible la penosa vida militar en el seno de un ejército vencedor en esa España destruida, cuyas autoridades se miraban en el espejo de la Alemania nazi. A partir de ese momento su antimilitarismo "era un odio total, irreprimible, absolutamente irracional". Volverá a sufrir durante el verano siguiente, el de 1942, otros tres meses de ese mundo cuartelario, que no volverá a pisar hasta 1947, cuando como teniente vive en La Coruña durante seis meses, muy diferentes de aquellos otros.

Será en Córdoba, que sufrió una represión atroz en la posguerra, donde se radicalizaría hasta convertirse en un "antifranquista rabioso". En 1959, por "radicalmente antifranquista y convencido demócrata", ya está adherido al clandestino Partido Comunista, "el mejor organizado y el que mostraba más coherencia y entrega", impulsor en España de " las formas democráticas occidentales". Sin embargo, Castilla sabe que tiene de político "lo mismo que de alpinista o titiritero". Entiende su actividad política durante el franquismo más bien "una respuesta moral ante la indignidad de la dictadura". Dictadura que no dejaba de entorpecer su actividad cultural y profesional: "fue el franquismo el que me empujó a asumir actitudes y comportamientos que a veces me parecían ajenos a mí".

La década de 1960 comienza para Castilla con el aislamiento en su profesión, se ve como"un paria vencido y acabado". Un estudio sobre la depresión supone un punto de ruptura. A partir de 1968 el Dispensario es en la práctica una escuela de psiquiatría con muchos colaboradores, y proliferan sus conferencias en distintos puntos del país, invitado por aulas de cultura universitarias o extrauniversitarias. El esfuerzo que supone responder a esa demanda es clara muestra de la tenacidad y seriedad de Castilla. Y signo de valentía en aquella España en la que lo más importante era no señalarse por nada y donde todo acababa politizándose. En particular, si los contenidos de las conferencias de Castilla subrayaban la influencia social en el individuo, y cómo éste sufre más desequilibrio interno cuanto más le constriñe el exterior. Por el lado intelectual, dejaba en evidencia a sus famosos pares profesionales, de escasa cuando no nula obra científica.

Con su mayor relevancia pública aumentan los viajes por Europa, Latinoamérica y los EEUU, sobre todo desde 1970, con apretadísimas jornadas de trabajo organizadas por la Universidades y Asociaciones que le reclaman. Desde 1977 y su acceso a la Universidad se rebajaron un tanto esas constricciones con las que Castilla hubo de bregar toda su vida, pero aún se retrasaría seis años más su nombramiento como catedrático, después de tres décadas publicando sus investigaciones, algunas de ellas esenciales en Psiquiatría. Incluso su elección como miembro de número de la Real Academia estuvo plagada de obstáculos.

Por una coincidencia fatal, los años en los que por fin Castilla veía realizado su sueño de enseñar Psiquiatría en la Universidad, acompañado por un buen equipo de profesionales formados en un "estilo", la tragedia se ceba en su casa. Entre 1978 y 1987 mueren cinco de sus siete hijos por diversas razones. Carlos Castilla se refugia en el trabajo para sobrellevar ese sufrimiento, que atesora en su intimidad y evita hacer público: "Aprendí a guardar dentro de mí la angustia y sobrecogimiento que me atenazaban (…) Reivindiqué el derecho a no sucumbir (…), a buscar el resquicio por el cual salir de la desgracia y construirme un lugar donde ser feliz". Ese lugar, geográfico y espiritual, tendrá un nombre: Casa del Olivo.

Erótica

La dimensión erótica en la autobiografía de Castilla queda reflejada en los momentos de iniciación sexual y sus primeros enamoramientos platónicos, seguidos por un primer matrimonio que dura treinta años y otra relación posterior a sus sesenta y siete. Extendiendo al entero ámbito de la relación afectiva el contenido que la dimensión erótica tiene en su teoría del sujeto, podemos situar aquí también las relaciones familiares y amistosas (En la teoría de Castilla, corresponderían a la función pática de la dimensión actitudinal).

En lo que respecta a su familia de origen, Castilla dice de su padre, a quien sólo conoció enfermo, que le daba "miedo y respeto", y su más preciado recuerdo lo constituye el ejemplar que le regaló del Apolo de S. Reinach, con el que Carlos Castilla formó su juicio estético. Con la madre, a quien caracteriza de "desabrida", no pudo, a su pesar, tener nunca una conducta afectuosa. A sus hermanas las consideraba bastante mandonas y beatas. Por vivir fuera de San Roque, apenas se veían, aunque durante los años de sus estudios en Madrid sólo contaba con el apoyo económico familiar.

Algunos de sus primeros recuerdos, previos a los diez años, hacen referencia a su pene -tumescencia, contemplado en el baño por sus hermanas, comparación con otro niño-. De una edad poco más avanzada, se refiere a un pedófilo de San Roque y a los "predilectos" de los curas. Descubre la masturbación a sus trece años, en grupo. De ella y la culpa sentida Castilla dice que "esa experiencia fue decisiva en la adquisición de mi intimidad [… y de] mi escisión entre el yo observado y el yo observador". Hasta sus veinte años, en su periodo inicial de las Milicias Universitarias, no tiene sus primeras relaciones sexuales, con prostitutas: "a partir de entonces pude aunar afecto y atracción sexual hacia una misma mujer".

Por el lado de los enamoramientos, de las figuras que moverán esos sentimientos en las distintas edades, el autor cita el agrado que le producía una prima suya mayor que le admiraba, la atracción no correspondida por un compañero de segundo curso de bachillerato, la mirada de una dama inglesa por esas mismas fechas y, sobre todo, el trato con algunas jóvenes que conoció en Sevilla en sus últimos años de bachillerato, cuyo recuerdo le sugiere "cuánto ha significado el amor en mi vida". Durante su época madrileña, mantendrá algún contacto esporádico y un noviazgo que no llega muy lejos.

A los veinte años conoce a su primera mujer, Encar, hermana de un compañero de estudios y unos años menor que él. Cinco años después son novios y tres más tarde, en 1950, se casan. Cómplice en ideas y gustos, "de una belleza excepcional (…), elegancia y estatura moral", consolidará con ella su vida en Córdoba y tendrán siete hijos, nacidos prácticamente cada año a lo largo de la década de 1950, a pesar de la idea previa de no tenerlos. Castilla considera su paternidad como "el primero y mayor de los errores que he cometido en mi vida y el que más sinsabores me ha deparado". En Encar encontrará estabilidad y apoyo, pero también se aislarán socialmente y sus hijos sufrirán en parte por ello.

Aunque para Carlos Castilla la soledad es fundamental, y el primer tomo de su autobiografía le muestra como un hombre más bien solitario, en el segundo dedica bastante espacio a sus amigos y conocidos. En los primeros años de formación, su relación más importante es la mantenida con Federico Ruíz Castilla, "el hombre más culto de San Roque", ya en su sesentena y su mentor desde entonces, a quien conoce el mismo año de la muerte de su padre. Castilla habla con gratitud de los colegas mayores que vieron en él a quien ha demostrado finalmente ser, y ofrece retratos esclarecedores de compañeros, profesores, colegas, gente de la cultura y de todo tipo con quienes se ha cruzado para bien y para mal en su vida. Antes de instalarse en Córdoba mantiene una sólida amistad con contadas personas, y en esta ciudad le acogerán los poetas que giran alrededor de la revista Cántico. Su progresiva vida pública le hará relacionarse con muchas personas conocidas del mundo cultural y profesional.

En 1983 conocerá a Celia, "Tch", "la última oportunidad de poder ser feliz", junto a quien ha renacido y con la que vivirá desde 1989 en un "hondo sentimiento de sosiego, confianza y complicidad".

Corporal

Los datos que sobre esta dimensión nos ofrece la autobiografía se refieren en varias ocasiones a la extrema delgadez, consecutiva a las muchas horas de actividad febril y a la tendencia más bien melindrosa de Castilla hacia la comida durante su infancia y juventud, a pesar de tener buen apetito. Como botón de muestra, véase su comentario al respecto recién terminada la carrera: "Tenía veintitrés años, pesaba cincuenta y cinco kilos, medía un metro setenta y cuatro: o sea, un esqueleto". Dejó de fumar con cincuenta y tres años, aprovechando la muerte de Franco.

En el libro se relatan algunas experiencias médicas importantes. Con quince años, en 1938, Castilla se rompe la nariz en una caída: "desde entonces, noto cada inspiración que hago (…) y que el aire inspirado es insuficiente". Unos meses después se le diagnostica una pleuresía tuberculosa. Momento de obligado reposo en el que "leí más que nunca", entre otros libros las Obras completas de Freud editadas hasta 1936, resumiéndolas en unos cuadernos. Descubre también entonces en qué consiste escribir, redactando un texto firmado en septiembre de 1938 y titulado El yoísmo y el ente yoísta. En él se autodescribe: "el ente yoísta era alguien vuelto hacia sí mismo entregado a la soledad (…) para la tarea a la que uno se sentía llamado (en mí, la investigación científica, el leer y escribir)".

Casi cincuenta años después, 1997 es también otro año médico. En junio se le diagnostica una cardiopatía tras el esfuerzo físico intenso realizado al ascender a un castillo cátaro. Será tratada quirúrgicamente con cierta urgencia en julio. Un mes después, un esfuerzo semejante, subiendo las escaleras de Ronda, produce un derrame pleural. Tiene setenta y cinco años. Piensa en la muerte, piensa en su vida: "Miro hacia atrás y reconozco el privilegio de haber vivido una vida en la que me ha sido posible sobreponerme a tremendos sinsabores, y superar esos cuarenta años de la etapa más dramática de la historia contemporánea de España, una etapa oscura, cruel, opresiva, de una mediocridad sin límites impuesta a la fuerza".

Público, privado, íntimo

En su faceta de hombre público, Castilla nos ofrece jugosos comentarios sobre sus conocidos y amigos, entre quienes se encuentran personas relevantes en la España que le ha tocado vivir. Inicia la serie J. Benavente, a quien saludó en representación del colegio siendo un niño de diez años. De su etapa madrileña, además de un encuentro algo desconcertante con Baroja, hablará sobre todo de sus profesores y colegas. Los retratos inmisericordes de los cargos universitarios franquistas están a todas luces justificados. La cercana relación con López Ibor, de quien era discípulo predilecto, le permite tener un juicio fundamentado sobre su personalidad y el papel que tuvo en el desarrollo de la Psiquiatría bajo el franquismo. No olvida a los primeros psicoanalistas de posguerra -Rof Carballo, Corominas, Rallo, M.L. Herreros, Feduchi..- Las páginas dedicadas a Laín Entralgo no tienen desperdicio. Como tampoco su imagen, despectiva con razón, de R. Sarró. Su testimonio sobre el estado de la profesión en España desde la década de 1940 en adelante tiene así un valor historiográfico. Coincidirá en las Milicias Universitarias con Fraga y otros futuros ministros franquistas. Acaba esa época conociendo en La Coruña a G. Torrente Ballester, a quien le unirá una amistad de por vida.

A su llegada a Córdoba es acogido por los poetas y pintores de Cántico (García Baena, los Aumente, Molina…) en su mayoría homosexuales, y participará en las actividades de la revista Praxis (1956) y del grupo de artistas Equipo 57, "una premonición de lo que luego se llamaría posmodernidad". En Córdoba servirá de cicerone a Dámaso Alonso, a intelectuales marginados como J. Marías o Lafuente Ferrari. Recibirá a colegas extranjeros de la talla de I. Caruso, H. Kranz, Van der Horst, A. Meyer, J. Bleger o G. Berman, o el historiador Fraser. En el Congreso Internacional de Psiquiatría en Zúrich (1957), cuando "la industria farmacéutica todavía no había entrado a saco en los congresos para adueñarse de todo", pudo conocer, al menos de vista, a "las grandes figuras de la psiquiatría de la generación de entreguerras: Schneider, Kretschmer, Jung, Minkowski, Arieti, Delay, Binswanger, Mira y López…". Más adelante, un congreso de neurología celebrado en Viena en 1965, le ofreció la oportunidad de asistir junto a Rof Carballo a las proverbiables "charlacanerías" de J. Lacan, "un personaje al que yo detestaba por lo que tenía de impostor".

Durante la década de 1960 inicia su amistad con editores y escritores madrileños (J.L. Cano, J. Pradera, J. Aguirre, J. Benet, R. Tamames…) y catalanes (J.M. Castellet, J.A. Bofill, M. Sacristán…), todos ellos ligados por afinidad ideológica y compromiso político en muchos casos. En este orden de cosas, en 1966 conoce en Moscú a Pasionaria. Ese mismo año, en París, tiene una entrevista con S. Carrillo, a quien tratará más en la época de la transición, y le presentan a Líster e I. Gallego, que no le inspiran ninguna confianza. Coincide dos veces con un depresivo y silencioso D. Ridruejo en los primeros años de esa década. Su actividad intelectual le pone en contacto con mucha gente, con quien mantendrá amistad en algunos casos (Aranguren, J.L. Sampedro, J. Caro Baroja, G. Brenan, R. Carande, Muguerza, Alberti, Bergamín…). En el ámbito más privado de la amistad, destaca su colega F. Guera Miralles, el único psiquiatra junguiano español de los años 40 y con quien intentó psicoanalizarse, su amigo de Córdoba "Anankas" y su colega y escritor L. Martín Santos, entre tantos otros citados y recordados con hondura en estas páginas.

Pero Castilla es más bien introvertido y, según él mismo nos dice, ha "jugado siempre, desde niño hasta ahora mismo, a la soledad". Esa soledad en la que trabaja únicamente con luz eléctrica, para que no le distraiga la luz natural. En esa soledad y silencio ha podido concentrarse ahora, bajo la paz de la Casa del Olivo, en sus recuerdos y volver a releer sus diarios alimentados desde 1946 para traer a la luz mucha -imposible toda- de su intimidad. A pesar de considerarla un compartimento estanco donde nadie tiene cabida, sus memorias son buena prueba de ella. En las páginas que hablan exclusivamente de sí mismo, de sus ideas, anhelos, fantasías, estados anímicos, etcétera, se manifiesta una libertad mayor, por no concernir sus apreciaciones a nadie más que a él.

Ha debido ser duro para Castilla escribir sobre su fracaso como padre, la muerte de sus hijos, la sensación de incomunicación, impotencia, culpa, incapacidad… El desmoronamiento de su matrimonio, la frialdad de relación con su madre y sus hermanas… Tal vez más duro que comentar sus momentos depresivos. Aunque a A. Caballé, en la obra citada, pueda decirle "yo no he sufrido nunca una depresión", tuvo que vérselas con ella en sus comienzos madrileños ("los primeros días del curso tuve lo que, años más tarde, reconocería como una depresión") y cordobeses ("decepcionado y profundamente deprimido"), cuando sacrifica su proyecto universitario ("pasé unos meses desasosegado", "pesadumbre") , tras la muerte de su hija María, que inicia el rosario del horror ("vivíamos sobrecogidos"), en el momento de la jubilación ("depresión ex vacuo") o ante el hundimiento de su matrimonio ("depresión encubierta").

Llega la jubilación en una época en cual la industria farmacéutica ya "ha pervertido la práctica psiquiátrica", donde "no hay ya sitio para los 'estilos', y la función del maestro se ha desdibujado". El Dispensario, el núcleo de su vida profesional no encajaba en la nueva administración sanitaria del país. Sus discípulos más cercanos constituyen en 1993 la Fundación Carlos Castilla del Pino para dar continuidad a su escuela psiquiátrica. Él no ha dejado de escribir y trabajar. Y "mientras la vida importa, mientras se es capaz de mirar y admirar el contenido de cada día (…), aún no es el momento de dejar este mundo".

Sueños

La psico(pato)logía puesta a punto por Castilla del Pino tiene un importante núcleo dinámico en el que el psicoanálisis freudiano se complementa con el enfoque sociológico de los revisionistas norteamericanos (Horney y Stack Sullivan ante todo). No es extraño que preste importancia a los sueños oníricos, aún tomándolos más como signo que atendiendo a su contenido simbólico y prefiriendo su análisis formal más que el material.

En su autobiografía, Carlos Castilla nos relata once sueños, presentados en ocho bloques. Los sueños elegidos, correspondientes a la infancia, 1950, 1951, 1960 y 1972, son casi todos pesadillas y muchos de ellos están caracterizados por su repetición. El lugar del texto en el que sitúa su relato les provee de su contexto de asociaciones, aunque lógicamente Castilla no entra a fondo en sus interpretaciones posibles.

Sin ánimo de ir más allá, sí quisiera señalar algunos de los motivos centrales de cada uno de ellos en su progresión y momento de aparición. Los sueños infantiles relatados son repetitivos:

(1) Teme caerse en el pozo que su padre ha encargado excavar junto a su fábrica y que nadie escuche sus gritos de auxilio. Desde entonces, dice Castilla, experimenta terror y respeto ante todo "lo oscuro, profundo, ignoto, y, sobre todo, intranquilizadoramente inmóvil".


(2) El colchón de la cama de su madre avanza amenazadoramente hacia él por el pasillo de la casa, aumentando de tamaño y velocidad. Teme ser aplastado por su peso. Sin poder huir, la única solución es encogerse más y más.

El siguiente sueño que relata ya le sitúa en Córdoba, como tantos otros de la serie, como se verá.

(3) Entra en una casa con la idea de atravesarla para salir a otra calle. Se interesa por su interior y se dirige a la habitación del fondo, excavada en la roca. Para entrar debe arrastrarse por una hendidura. Salir de ella resulta más difícil, pues además de arrastrarse tiene que espirar el aire para reducir el tórax, sin conseguirlo. "Temía quedarme definitivamente atrapado por la hinchazón cada vez mayor de mi tórax". Además de recordar la existencia de ese tipo de casas en Córdoba, Castilla habla de un amigo suyo al que ve menos desde que se ha casado, y asocia esa situación claustrobófica con la de un hombre que se escondió en un tejado al estallar la Guerra Civil y luego no podía salir.


(4) Un nuevo rico apellidado Crespo ha comprado en Córdoba una iglesia y una pequeña fortaleza, ambas en ruinas. El Castilla onírico envidia a este señor que no conoce, pero también le desdeña por no valorar debidamente lo adquirido. Las asociaciones se refieren a los nuevos ricos que compraban las propiedades de la aristocracia cordobesa en decadencia o establecían con ella alianzas matrimoniales.


(5) Relata sueños de 1950 que tratan de caída de dientes y caídas en el vacío -desde cornisas o ventanas de edificios altísimos. En el último de esa serie, debe mantener la boca cerrada y cubrirla con la mano para ocultar que se le han caído, sin dolor, dos dientes; "aparezco como un viejo". Un desconocido mayor que él señala que con la mano en la boca no se entiende lo que dice. Unos niños a su alrededor intentan hacerle reír, "pero yo hago como que no los advierto para no tener que quitarme la mano de la boca". En el sueño concluye que "el disimulo tiene un costo muy alto, porque me obliga a atender ante todo a la dentadura, fingiendo sin embargo que me importan aquellos con los que estoy". Castilla entiende que este sueño se refiere a su matrimonio y lo que supuso como "limitación y transformación de mis relaciones"


(6) En este sueño, correspondiente a 1951, Castilla se ve en una especie de patio con columnas al fondo. En una esquina hay "un árbol solitario, viejo, añoso". De algún modo se siente invitado y obligado a franquear un gran portalón, y una vez en el interior sigue un pasillo hasta el fondo, llegando a "un salón enorme de techos altísimos en donde no hay nadie", con bancos corridos, mesas de comedor y púlpito, hechos todos ellos de piedra. Allí en medio, sin saber qué hacer, "noto que me voy como arrugando, achicándome, y, cuando me siento pequeño, me arrastro a cuatro patas, me voy hacia un rincón y me agazapo". Al cabo del tiempo aparece una mujer con hábitos extraños que se acerca y le dice, "muy bajito, algo que yo no entiendo, pero su mirada es de compasión, como si yo fuera digno de lástima". Castilla ha tenido el privilegio de haber entrado por diferentes razones en conventos femeninos de clausura. Habla elogiosamente y, a veces, con cariño, de varias monjas con las que se ha cruzado en su vida. En el sueño, la presencia de esa monja compasiva "me alivió sobremanera"


(7) El siguiente sueño es de 1960 y Castilla lo relaciona con el fin de su proyecto de cátedra. Sentado en el tendido de una plaza de toros, "pequeña, muy pequeña" , se dirige a alguien que cree a su lado y ve que está solo : "¿Cómo es que se han ido y me han dejado solo sin darme yo cuenta? (…) Algo ha pasado y no sé qué es". Decide irse, y lo hace sigilosamente, subiendo unas gradas hasta esconderse en un hueco. Aparece entonces su niñera de antaño y le toma de la mano. Experimenta afecto pero también irritación porque no quiere reconocer su desvalimiento.


(8) Los dos últimos sueños corresponden a 1972. En el primero, se encuentra en una ciudad desconocida, solo. Se introduce en una especie de túnel, inquieto porque en caso de peligro nadie escucharía sus gritos de auxilio, y respira aliviado al salir. Descubre entonces una serie de palacios de Córdoba que están siendo reducidos a escombros. Alarmado, avisa a unas monjas de clausura: "les digo casi a gritos si no saben lo que pasa, que corren peligro, que yo también corro peligro, pero que ellas, metidas allí, no se enteran de nada (…) que quiero que se salven". Castilla se despierta con una gran angustia. Por otra parte, eso era lo que estaba pasando en realidad con la especulación urbanística en toda España.


(9) El último sueño de la serie habla también de la destrucción de Córdoba, poniendo en escena onírica a un Castilla solitario que corre por callejas estrechas, sin saber si huye o tiene prisa. Ve que un edificio y un convento están siendo derruidos. Se sienta bajo la estatua del Gran Capitán."Estoy solo, es muy tarde, de noche oscura, hay luz, pero escasa. Cuando me levanto, grito como pidiendo socorro, pero no me sale la voz, y, después de intentarlo repetidas veces y no emitir sonido alguno, me echo a llorar y me despierto".


Independientemente de la razón de elegir esos precisos sueños para que figuren en su autobiografía, en todos ellos Castilla está solo ante una situación peligrosa: el horror al pozo y al colchón amenazador, preso en una hendidura, cayendo en el vacío o perdiendo la seguridad, abandonado, encerrado en el refrectorio de piedra, solo ante la destrucción de la ciudad. Las únicas figuras humanas que aparecen tienen por fortuna una función auxiliar -el hombre mayor, los niños, la monja y la niñera-. La indefensión aparece en casi todos los sueños, representada por el arrugamiento, achicamiento, arrastrarse, esconderse, caída de dientes, o como imposibilidad de ser escuchado. Pasillos, ruinas, casas se convierten en peligros.

Sin ni siquiera haberlos expuesto en toda su extensión, ni mucho menos entrar en la riqueza que evidentemente guardan, podemos ver en los sueños reflejadas las mismas dificultades saturninas que Castilla experimenta en la vida de vigilia. Y en su progresión temporal, revelan las tareas psíquicas de cada época. Muy al principio, evitar la muerte física y psíquica (sueños 1 y 2). Después, al decidir permanecer en Córdoba cuando pensaba que sería una ciudad de paso (sueño 3), buscar un lugar (sueño 4) y enfrentar las renovaciones que suponen el matrimonio y la paternidad (la serie del sueño 5 y sueño 6). Tras el abandono de su anterior proyecto vital, aceptar su soledad para torear la vida (sueño 7) y atender vigilante al desmoronamiento de las edificaciones del pasado (sueños 8 y 9).

En efecto, tal como se desprende de esta autobiografía, Saturno, con las limitaciones y aflicciones que impone , ha estado presente a lo largo de la vida de Castilla (orfandad, guerra, miseria material y moral, represión, muertes, destrucción) y él, llevado por la determinación a resistir y desarrollar su vocación, ha ofrecido una obra científica fundamentada en la claridad y el orden que llevan la marca de Apolo.

Si bien sabemos que, a pesar de la buena voluntad moral y científica, es cierto para toda autobiografía lo que Castilla dice en la cita que encabeza este escrito, esto es, que se escriben para "la exhibición de sí mismo", ya no es tan cierto que el lector considere la suya "sencilla y llanamente, mentira". Por el contrario, creo que constituye un ejemplo de una muy verosímil constancia para este mundo actual, indisciplinado e indolente, y revela cómo su determinación es un acto de libertad en los grises tiempos de una dictadura. Recordemos cuál es su victoria: "Miro hacia atrás y reconozco el privilegio de haber vivido una vida en la que me ha sido posible sobreponerme a tremendos sinsabores, y superar esos cuarenta años de la etapa más dramática de la historia contemporánea de España, una etapa oscura, cruel, opresiva, de una mediocridad sin límites impuesta a la fuerza". Su victoria es para los demás no sólo estímulo para vivir la propia vida, sino que su obra científica constituye una vía para la comprensión objetiva de la psique, lo que hace de ella una adquisición de primer orden. Por todo eso, creo que merece nuestro agradecimiento.

Salud, don Carlos.
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