La Taquicardia del Caracol

Autor: Fernando Ibárcena

El caracol así como la tortuga, son animales que por su lentitud han sido eternamente denostados por la imaginería popular. En contrapartida, la liebre ha sido ensalzada por su velocidad, por llegar primera.

Velocidad, ser el primero, correr más rápido, ser ágil, son conceptos que están ligados al éxito personal en nuestros días. El que mucho hace, el que actúa rápido y reacciona con velocidad es, sin lugar a duda, más apreciado que el lento. Me pregunto ¿para que sirve, donde nos lleva esa velocidad? ¿Dónde llegamos cuando llegamos primero?
La velocidad en la vida es una característica ciertamente engañosa. Nos permite adelantarnos a otros (¿contrincantes tal vez?), estar a la vanguardia, pero, ¿que perdemos por el camino? La velocidad no nos permite ver, nos permite hacer y mucho pero, ¿que hemos perdido al ser tan rápidos? La liebre cuando corre no puede fijarse en nada más que los tramos próximos en su carrera, en los próximos pasos. Todo lo que y quien la rodea durante el camino pasa desapercibido, no hay detalles, árboles, flores, personas, palabras ni sonidos. No hay nada más que la carrera y el llegar primero. Es la liebre, sólo la liebre y su carrera, el resto no importa, no existe. Al llegar, al ser la primera, la liebre estará agitada por la carrera y por el esfuerzo, estará agotada pero satisfecha por haber llegado a la meta. ¿Y el caracol? El caracol avanza a velocidad mínima, casi estática. El caracol percibe los menores detalles, es capaz de ver las carreras del resto pues es más “lento”. Aprende de los errores de los otros pues los ve pasar, caer y equivocar el rumbo. Su carrera es intensa pues, no se centra en la carrera en si, se centra en todo lo que le rodea. No quema energías, las utiliza para asimilar toda la información y todas las sensaciones que lo alcanzan. Y claro, es capaz de sortear baches modificar la dirección y enmendar el paso pues está atento a todas las señales que le llegan.

Cuando el caracol alcanza al final la meta (que para él es pura ilusión) es consciente que su camino ha sido tremendamente rico, que ha aprendido mucho y que lo que suceda en la meta, lo que alcance o haga cuando llegue será de un valor y calidad únicos. Ha llegado y ha llegado bien. Todo lo aprendido lo habrá emocionado, lo habrá hecho vibrar y habrá conseguido una cantidad de conocimientos y sensaciones que lo habrán cambiado. El valor del camino habrá sido más importante que lo conseguido al final del mismo pues el final, la meta, no será importante será un lugar más en el camino; y cuando llegue será plenamente consciente de lo obtenido pues tendrá el corazón lleno de todo lo vivido hasta el momento. Y en ese momento, al saber que ha llegado, al sentirse lleno de las sensaciones, percepciones y experiencias, se sentirá feliz por que sabrá que ha hecho las cosas a su manera, llevando él el ritmo, y le dará un vuelco el corazón al ser consciente de la forma en que ha recorrido el camino, tendrá taquicardia pero no por cansancio ( a diferencia de la liebre) sino por la sensación de plenitud que experimentará y por la satisfacción resultante de haber vivido su camino de forma plena sin importarle el valor de la recompensa pues la recompensa la recibió mientras llegaba.

Seamos conscientes de que nos provoca taquicardia, del uso que le damos a la velocidad en nuestra vida y si somos liebre o caracol. Busquemos dentro nuestro la forma en la cual queremos recorrer nuestro camino y la importancia que le damos a la meta. El ser primero y obtener el premio es una falacia común en un mundo que nos acostumbra desde pequeños a competir y a dar jerarquía y orden a cada actividad que emprendemos. Nos califican desde que nos empiezan a educar y luego nos ordenan según nuestras calificaciones. Nos seleccionan, debemos acabar estudios, graduarnos, sacar las mejores notas y luego competir con otros para conseguir un puesto de trabajo. Luego en el trabajo debemos dar los mejores resultados para “progresar”, y así entramos en la rueda de la meta y la velocidad. No somos culpables (¡¡la culpa no existe!!) pues no nos quedan alternativas aparentes. Por ello creo que es bueno asimilar al caracol como paradigma de vida. El caracol, como figura imaginaria, sabe en todo momento estar alerta a los cambios e influencias que afectan su camino. Es tremendamente efectivo, ahorra energía y la usa de forma selectiva, la enfoca en lo necesario. Está siempre lleno de todo lo que lo rodea, es multidireccional y es capaz de detener el tiempo para gozar de un pequeño instante que lo inunda de placer o para asimilar de forma correcta y completa la información relevante y necesaria para su carrera. La meta no es relevante porque la meta es cada instante, la meta es él. La diferencia radica entre el hacer de la liebre y el ser del caracol. Quien es no necesita hacer nada pues el simple hecho de ser lo llena y le abre nuevas puertas hacia si mismo. Las metas son instantáneas y se suceden sin percibirse pues al no ser relevantes llegan solas, sin buscarlas. Una liebre podrá conseguir muchas metas, tendrá muchos trofeos y siempre buscará conseguir más trofeos pues es su sino, lo único que sabe hacer. Una liebre sin una meta no existe pues su único fin es llegar primero a la siguiente y agitarse, vaciarse para llegar. El corazón le explota por el esfuerzo y el cansancio pero cuando descansa está vacía, extenuada, buscando la próxima meta para poder cansarse. El caracol se alimenta de cada esfuerzo pues cada esfuerzo tiene significado en si mismo. No pierde energía, la transmuta. No se cansa, se asombra y abruma por la belleza que lo rodea y que integra.

Tomemos este ejemplo como un simple juego, pero como juego preguntémonos a quien admiramos y a quien queremos poner como paradigma de nuestra vida, de nuestros hijos, de nuestra sociedad. Llevamos siglos aumentando la velocidad de nuestras acciones, aumentando el número de metas y sólo deseando tener más metas. Pongamos el freno y démosle una oportunidad a nuestro caracol. Cambiemos la sensación de agotamiento por la de plenitud. Veremos que la efectividad de nuestras acciones se maximizará y que la plenitud de nuestros actos nos permitirá vivir situaciones que pasaban a nuestro lado sin nunca haber sido conscientes de ellas. Seamos valientes para detenernos en cada detalle que nos pasa por delante, que intuimos pero al que no le damos la atención suficiente por falta de tiempo y dedicación a nuestro camino. Así experimentaremos plenitud en el corazón y la taquicardia del caracol.

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